Los grandes libros misteriosos
Los códices aztecas y mayas
El 18 de febrero de 1519, Hernán Cortés se embarcaba en Cuba para ir a conquistar un imperio en el continente americano. Para esta fantástica aventura no llevaba en sus diez barcos más que cien marineros, quinientos dieciocho soldados, dieciséis caballos, treinta y dos balistas y algunos cañones. Después de un primer contacto con los indígenas (desde el principio se hizo aliados), penetró en las tierras. El 16 de agosto se ponía en camino hacia Tlaxcala y Tenochtitlán, la capital azteca construida en el emplazamiento del actual México. Le quedaban sólo cuatrocientos soldados, quince jinetes y seis piezas de artillería. El 8 de noviembre hacía su primera entrada en México-Tenochtitlán tomando por la calzada de Iztapalapa que unía la villa con la orilla sur del lago. Entonces se daba cuenta de la grandeza y el poderío de la civilización que estaba atacando con un puñado de españoles.
Los indios ofrecen sus libros
Los «salvajes» que se alzaban delante de él lo habían intentado todo para evitar el combate. Su primer reflejo, al descubrir aquellos hombres blancos llegados de otro mundo, aquellos caballos desconocidos en su territorio y que los aterrorizaban, aquellas bocas de fuego que mataban a distancia con un ruido de trueno, había sido desviar a los invasores hacia otras regiones. Habían llevado magníficos regalos a Cortés, con la gentil invitación de que fuera a cabalgar a otros lugares. Entre aquellos regalos suntuosos, había dos libros.
Cortés hizo embarcar inmediatamente todos los objetos para Carlos V, su rey. Nadie prestó gran atención a los libros. Había, en efecto, motivo para asombrarse con los demás regalos: una máscara de serpiente incrustada de
turquesas, un collar hecho de plumas de quetzal[1], un escudo con bandas de oro y nácar, un espejo adornado de piedras preciosas, un brazalete de cascabeles de oro, sandalias de obsidiana, y también collares, almohadas, un yelmo, una diadema, etcétera. Los libros, que no se parecían evidentemente a los de Europa ni en la forma, ni por la materia, ni por lo escritura, el mensajero los tomó por modelos de bordado. Pero Pietro d’Anghiera, el historiador del mar, al verlos en la Corte de España, los identificó adecuadamente. ¡Así, pues, aquellos salvajes sabían escribir!
Los compañeros de Cortés no tardarían en encontrar otras pruebas de ello. Bernal Díaz del Castillo señala, en su historia de la conquista: «Hemos encontrado las casas de los ídolos y los sacrificios, y numerosos libros en su
papel, plegados en forma de paños de Castilla»[2] (es decir, en acordeón).
Mientras en Europa se sigue discutiendo la humanidad de los indios, para reconocerles finalmente y no sin vacilaciones, un «alma», los españoles que están en México comprueban que los aztecas saben en definitiva muchas cosas y conservan sus conocimientos, sus mitos y sus anales en una forma escrita.
Pronto todo el mundo debe reconocerlo, y un texto de Antonio de Herrera, historiógrafo oficial de Felipe II, lo atestigua. Lo citaremos, a pesar de su extensión, ya que concreta algunos puntos capitales:
Las naciones de la Nueva España conservaban el recuerdo de sus tiempos antiguos. En el Yucatán y en Honduras había libros foliados y unidos en los que los indios consignaban el desarrollo de sus anales y sus conocimientos en materia de flora, de fauna, y otras realidades naturales.
En la provincia de México tenían su biblioteca, sus historias y sus calendarios. Así representaban los objetos dotados de forma pintando su imagen y empleaban otros caracteres para aquellos que no tenían forma particular. De este modo representaban todo lo que querían.
Y para fijar el recuerdo de la época en que había tenido lugar un acontecimiento disponían de aquellas «ruedas» tan conocidas, cada una de las cuales constituía un ciclo de cincuenta y dos años, y junto a aquéllas, siguiendo al año en que se producían ciertos acontecimientos memorables, alineaban, pincel en mano, figuras y caracteres. Así representaban a un hombre tocado con un sombrero y vestido con una casaca roja, con el signo de la Caña, cuya estación era entonces, para señalar el año en que los castellanos hicieron su entrada en su país y procedían igualmente por lo que se refería a todo lo demás.
Y como sus figuras no tenían todas las virtudes de nuestra escritura, no podían coincidir en las palabras literales, sino en el fondo de los pensamientos. Sin embargo, tenían por costumbre aprender de memoria arengas, discursos y cánticos. Daban mucho valor a que sus hijos los grabaran en la memoria, y con este fin tenían escuelas en las que los ancianos enseñaban a los jóvenes aquellas materias, que por tradición se han mantenido siempre en toda su integridad.
Y apenas hubieron entrado en aquel país los castellanos enseñaron el arte de la escritura a los indios, consignaron por escrito sus arengas, sus cánticos, conforme a la tradición oral que se remonta a la más alta antigüedad y es con aquellos caracteres y figuras como trascribían estos discursos, y así es como los usan todavía para el Pater noster, el Ave María y
todo el catecismo[3].
Diego de Landa, obispo de Yucatán, escribe a su vez en el 1560 a propósito de los mayas que «escribían sus libros sobre una larga hoja plegada, cerrada por dos planchas muy decoradas y que escribían de un lado y del otro, en
columnas, según las hojas»[4].
Los españoles quedaron incluso sorprendidos por la abundancia de tales manuscritos adornados de dibujos de colores vivos. Los encontraban por todas partes, en el Norte y en el Sur, en los palacios, en las tumbas y en los templos. Los robaban, y los enviaban a sus amigos de España, como objetos de curiosidad, sin preguntarse demasiado lo que contenían. Contaba más el objeto que el libro.
La escritura era lo que constituía un obstáculo, no la lengua. Desde el comienzo, Cortés pudo conversar con los aztecas gracias a sus intérpretes, Jerónimo de Aguilar y Malintzin. Esta última, una esclava, formaba parte de los regalos ofrecidos a Cortés con ocasión de su desembarco. Hablaba a la vez maya y la lengua de los aztecas, el nahuatl. Jerónimo de Aguilar, por su parte, era un español que había naufragado en 1511 y había permanecido mucho tiempo en la isla de Cozumel, donde había aprendido el maya. Cortés lo recuperó a su paso, efectuado a principios de 1519, y pudo, por tanto, a partir de sus primeras andanzas en suelo mexicano, mantener conversación con los enviados del rey azteca, Moctezuma. Él hablaba en español y Jerónimo de Aguilar traducía al maya que Malintzin traducía al nahuatl. Pero ni Aguilar ni Malintzin sabían escribir las lenguas indias. Su ayuda fue, sin embargo, inmensamente preciosa. Fueron las primeras claves del Nuevo Mundo, las claves de la inteligencia, y no sólo las de la vista, del espectáculo. Y había mucho para comprender.