Los grandes libros misteriosos

Guy Bechtel · Capítulo 15 de 133

Páginas del PDF

Los grandes libros misteriosos

Geografía del paraíso terrestre

menciona especialmente[2]. Hallamos aquí el doble tema del presente trabajo, en primer lugar, la maldición, ya que si bien la Biblia oficial no fue perseguida, fue arreglada al perseguir otros textos, esos apócrifos precisamente, libros rechazados por la teología oficial y de los que será preciso decir algunas palabras, y en segundo lugar, el misterio, ya que algunos de ellos, como asimismo la Biblia oficial en algunos lugares, nos cuentan extrañas historias en las que se ha podido ver la prueba de la llegada a la tierra de extraterrestres. Un segundo capítulo estará consagrado a tratar de precisar objetivamente el sentido de esos textos oscuros.

3. Finalmente, queda el problema de las interpretaciones misteriosas de las que la Biblia, toda o en parte, ha sido objeto. También aquí había que escoger y nosotros hemos tomado los grandes textos de la Cábala. En un tercer capítulo, estudiaremos el más extraño de los comentarios bíblicos hechos en este sentido, aquel que encontramos en particular en una obra seguramente muy misteriosa, el Zohar, atribuido al rabino Simeón ben Yohai (nacido a fines del siglo I).

Así, de una manera seguramente incompleta, pero con unos puntos de vista variados en tres ocasiones, nos haremos al menos una idea de algunas direcciones de posibles búsquedas en el estudio de la Biblia.

Comencemos, pues, por la cuestión más concreta, cuando no la más simple, a saber, el análisis de los hechos materiales extraños relatados por la Biblia en el Pentateuco, y accesoriamente en otros lugares. Siete de ellos nos han parecido constituir especialmente un problema: El Edén, Adán y Eva, el Diluvio, Sodoma y Gomorra, las tinieblas de Egipto, el paso del mar Rojo y la estrella de los Reyes Magos.

 

Geografía del paraíso terrestre

En el segundo capítulo del Génesis encontramos la descripción del Edén:

Después el Eterno Dios plantó un jardín en Edén, en la parte de oriente, y puso allí al hombre que había formado. El Eterno Dios hizo crecer del suelo todo tipo de árboles, agradables a la vista y cuyos frutos eran buenos para comer, así como el árbol de la vida, en medio del jardín, junto con el árbol del conocimiento del Bien y del Mal. Del Edén salía un río para regar el jardín. Desde allí, se dividía y formaba cuatro brazos. El nombre del primero es Pisón y es el que rodea todo el país de Havilah donde hay oro. Y el oro de este país es puro. Hay también ámbar y piedra de ónice. El nombre del segundo río es Gihón y es el que rodea toda la tierra de Etiopía. El nombre del tercer río es Tigris, que fluye al este de la Asiria. Y el cuarto río es el

Éufrates[3].

Por supuesto, podemos ver en este texto una descripción puramente mítica, imaginaria. El Edén sería, en tal caso, un país creado enteramente por el autor del texto. Esta interpretación no es satisfactoria porque el texto incluye indicaciones muy detalladas. Así, está localizado, aun cuando vagamente («del lado de oriente»). Se nos da de él una descripción agrícola («toda clase de árboles»), hidrográfica («cuatro ríos»), e incluso geológica («oro, ámbar, ónice»). Por ello, podemos razonablemente plantearnos la cuestión de si el Edén existió realmente, si la descripción del Génesis corresponde a un país determinable.

Este estudio, aun cuando recibe nuevas luces debido al progreso de los conocimientos geográficos del siglo XX, nada tiene de moderno. En todas las épocas se ha planteado la cuestión, y muy especialmente a partir de los siglos XII y XIII. Las cruzadas tuvieron mucho que ver en ello, ya que abrieron el Oriente al conocimiento occidental. Con el tráfico comercial, informaciones o residuos de informaciones llegaron a nosotros, cada vez más numerosas. Entonces se buscó... y se soñó. En el siglo XII, el Papa recibió las cartas apócrifas del Preste Juan, ese misterioso personaje que habría sido jefe de un imperio cristiano en Oriente. Esas cartas decían precisamente que el paraíso se encontraba a tres días de marcha solamente del reino del Preste Juan.

Más tarde, muchas otras hipótesis vieron la luz. Se han enumerado aproximadamente un centenar, a cuál más absurda, aunque algunas fueron emitidas por apellidos célebres. El propio Cristóbal Colón, al descubrir la

desembocadura del Orinoco, creyó que aquel río salía del Paraíso[4]. Otro ejemplo. En 1924, Franz von Wendrin descubrió el Edén en Europa. Según él, los cuatro ríos confluían en una región situada en los confines de la Pomerania y el Mecklemburgo. Allí habrían vivido los primeros hebreos, expulsados más tarde por tribus germánicas. Albert Hermann, descubrió, por su parte, el Edén en el Hadramaut (Arabia).

No creemos que sea en estas direcciones donde se halla la verdad, si es que existe una, y si es alcanzable. Más propiamente, nos inclinamos por la Mesopotamia. A ese estudio se dedicó, entre las dos guerras, sir William Willcox, un auténtico sabio inglés que tenía la ventaja de conocer el país, pues su trabajo era preocuparse de los problemas de irrigación sobre el terreno.