Los grandes libros misteriosos
Un adolescente en busca de sí mismo
El propio Saint-Yves d'Alveydre hizo destruir su libro La misión de la India.
Un adolescente en busca de sí mismo
Este curioso personaje tenía ya una larga vida de pensador, de sociólogo y de escritor detrás de sí, vida colmada e iluminada por la publicación de otras obras, si no menos proféticas, al menos igualmente asombrosas. Hijo de un médico alienista, había nacido en París en el seno de una familia bretona, el 26 de marzo de 1842, a la una de la madrugada. Su juventud parece haber sido una especie de martirio.
El padre y el hijo no se entendían, pues el primero sólo concebía la educación en sus aspectos más represivos. Decidido a sofocar la independencia del niño, tras una serie de enfrentamientos, el médico imaginó hacerlo encerrar en una especie de colonia agrícola en Mettray (Indre-et-Loire).
Saint-Yves ingresó en la colonia con un corazón que rebosaba odio y rebeldía, decidido a escaparse o morir. Pero esta colonia estaba dirigida por un hombre inteligente, Monsieur de Metz, que supo amansar al niño por la
bondad, despertar su mente y orientar su agresividad hacia el estudio[1]. Esta estancia, temida como si se tratara de una cárcel, se convirtió en un encantamiento de dos años de duración. Luego se produjo el regreso al liceo, pero otra vez bajo la tiranía del padre. Un nuevo incidente entre Saint-Yves y un profesor llevó al médico a nuevos rigores que no fueron atenuados por el logro del bachillerato. El adolescente voluntario y ya excepcional, aunque siempre menor, fue enrolado por la fuerza en un regimiento de estricta disciplina, el de la infantería de Marina.
Monsieur de Metz intervino nuevamente y Saint-Yves fue autorizado a dedicarse a la medicina naval en la escuela de Brest. Después de este episodio sin consecuencias, Saint-Yves cayó enfermo y fue liberado a los veintidós años del destino que se había fabricado para él y pudo finalmente orientarse a su antojo. Monsieur de Metz sabía que su alumno escribiría libros, y había comenzado a apasionarlo por el estudio. Le había indicado sus primeras lecturas, Joseph de Maistre, Bonald y Fabre d’Olivet. Este último, sobre todo, sedujo al inteligente joven, aunque le había sido presentado como «una mente
descarriada, lejos de la fe cristiana, y entregado al paganismo»[2].
Para vergüenza mía debo decir —escribió más tarde Saint-Yves— que esa indicación, lejos de enfriarme, me había inflamado de interés por ese autor. ¡Un pagano religioso en pleno siglo XIX! Esto respondía a mis curiosidades aventuradas, a mi sed de libertad y de estudio. Por eso, prestando poca atención a Joseph de Maistre y de Bonald, tenía un insaciable deseo de leer a
D’Olivet [3].
Emplearía una parte de su vida comprobando y ampliando la filosofía de la Historia de ese primer maestro, intentado, no obstante, integrarla dentro de unas perspectivas más cristianas. En todo caso, la suerte estaba echada. Saint-Yves no sería ni soldado, ni médico, sino que se consagraría únicamente a una reflexión en profundidad sobre la historia y el destino de la Humanidad. Por lo demás, había que vivir, y para ello comer.