Los grandes libros misteriosos

Guy Bechtel · Capítulo 104 de 133

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Los grandes libros misteriosos

Víctima de dos brujas de Aviñón

Fue cuando perturbaron el reposo público con sus visitas nocturnas. Fue cuando destruyeron todas nuestras cosechas, provocaron tormentas y tempestades, desencadenaron la influencia de los planetas, hicieron caer el granizo, invirtieron el orden de las estaciones, sobornaron a mujeres y muchachas, llevaron la desunión a los matrimonios y produjeron muertes secretas, cuando yo habría sido culpable si no hubiera revelado sus criminales empresas (...). Es en interés del género humano como yo actúo, quiero que todos los duendes sean puestos en razón, y mi objetivo se

cumplirá[5].

Y en seguida Berbiguier denuncia por sus nombres a los lugartenientes de Satán a los que ha podido encontrar en carne y hueso...

Moreau, mago y brujo de París, representante de Belcebú;

Pinel padre, médico de la Salpêtrière, representante de Satán;

Bonnt, empleado en Versalles, representante de Eurinomo;

Bouge, asociado de Nicolás, representante de Plutón;

Nicolás, médico de Aviñón, representante de Pan;

Baptiste Prieur, de Moulins, representante de Pan;

El primogénito Prieur, su hermano, droguero, representantes de Lilith;

Etienne Prieur, de Moulins, representante de Léonard;

Papon Lominy, primo de los Prieur, representante de Baalberith;

Janneton Lavalette, la Mansotte y la Vandeval, representantes de la

archidiablesa Proserpina, la cual quiso poner a tres diablesas pisándome

los talones, etc.

Pero para comprender cómo todas estas personas, vecinas y proveedoras de Berbiguier, y los médicos que él consultó, merecen la calificación de duendes, hemos de reconsiderar todo el asunto desde sus comienzos.

 

Víctima de dos brujas de Aviñón

En 1796, primeras desgracias. Berbiguier abandona su ciudad natal de Carpentras para marchar a Aviñón, en donde conocerá una aventura decisiva: cae en manos de una bruja, la Mansotte, que le presenta su asistenta y pretende echarle las cartas. Todo vulgar, en este principio. Cogen un tamiz, como ordena El Pequeño Alberto ponen en él unas tijeras, y Berbiguier y la

Mansotte sujetan cada uno una anilla[6]. Se interroga al destino. ¿Será feliz el consultante? ¿Rico? La Mansotte coge entonces tres vasijas. En una de ellas deposita unas cartas de tarot; en la segunda, sal, pimienta y aceite, y en la tercera, laurel. ¿Se trata de un hechizo? En todo caso, la consulta se detiene ahí, pues la asistenta y la pitonisa se marchan. «Pretextaron, para retirarse, que su magia había producido ya lo que esperaban. El lector quedará pronto convencido de ello.»

En efecto, se acabó Berbiguier. Sin saberlo, ha sido farfaderizado. Por la noche se acuesta y pronto se oyen ruidos extraordinarios. Milagrosamente, las ventanas se abren. La luz de su vela no le alumbra. Duerme mal. Cuando se despierta, siente los huesos molidos. Precisamente, llega su asistenta y él le cuenta sus sufrimientos nocturnos. «Quería convencerme de que todo lo que siento no podía provenir más que de alguna mala posición que había adoptado durmiendo.» «Esta noche —me dice—, poneos mejor y veréis que no experimentaréis los mismos sufrimientos.» La medicación revela sentido común. Sin embargo, Berbiguier comienza a dudar de alguna cosa. Añade: «Bien sabía ella, monstruo, que de nada serviría, pero era preciso que

aparentara, bajo un exterior engañoso, darme consejos»[7].

Nueva noche, nuevo tormento, y en lo sucesivo el suplicio de Berbiguier no cesará. Lo que le impedirá reposar en paz son los maullidos de gato o ladridos de perro. Bajo la apariencia de estos animales se ocultan por supuesto las brujas que se transforman así para perjudicarle. Durante ocho días, Berbiguier no puede pegar ojo y, cosa extraordinaria, cuando se queja del estrépito nocturno, sus vecinos declaran no haber oído nada.

Lo que dará la prueba de que los duendes no me buscaban más que a mí es que yo preguntaba a mis vecinos y a las personas que vivían encima de mí si oían el estrépito que se hacía en la casa, y siempre me respondían negativamente.

Pronto Berbiguier no puede soportar más. Los animales corren, saltan y bailan sobre su cama, mientras retumban ruidos formidables. Una llama cae súbitamente a sus pies. En cuanto sale a la calle, las nubes se funden y el rayo descarga. Un día, tiene una visión del Paraíso. Todo esto le llevará primero ante los sacerdotes y luego ante los médicos.

Para curar lo que ellos consideran como alucinaciones, estos últimos le tratan con la débil terapéutica de la época. El doctor Nicolás, médico del Hotel de los Inválidos de Aviñón, juega el juego a fondo. Entra en las ideas de Berbiguier y trata de hacer huir a los duendes mediante contrahechizos. Hace sentar al enfermo y traza alrededor de él círculos con una varilla de acero, gritando a los espíritus malignos: «¡Ah, ahora ya os tengo! ¡No volveréis a entrar!»