Los grandes libros misteriosos
Historias de camelleros
En 1903, un tal Carlo Marre imaginó calentar un poco más los rollos ya en parte carbonizados. Quemó enteramente en las llamas el manuscrito 266. Un alemán, Sickler de Hildburghausen, propuso un método personal, cuyo único resultado fue destruir completamente siete nuevos rollos. Así, en menos de ciento cincuenta años, sucesivos chapuceros lograron separar en láminas mutiladas o convertir en polvo un tesoro procedente del siglo I después de Jesucristo, que unas condiciones excepcionales habían conservado hasta nosotros. Una verdadera biblioteca romana conteniendo un conjunto de escritos filosóficos, sobre todo de la escuela de Epicuro, fue lamentablemente explotada con un resultado casi nulo.
Historias de camelleros
¿Cuántos papiros egipcios también, a menudo encontrados en jarras, han sido dispersados en el curso de los tiempos por supuestos coleccionistas? El
admirable Flinders Petrie, que exploró el Fayum[11] desde 1887 a 1890, se dio cuenta un día de que ciertas bandas que rodeaban las momias eran en realidad hojas de papiros que llevaban huellas de escritura. Tragedias antiguas perdidas como la Antíope de Eurípides, un texto del Fedón de Platón procedente del siglo III o del IV a. de J. C. fueron así restituidas. Pero por un Petrie, ¡cuántos Paderni, cuántos Piaggio! La historia del descubrimiento de los libros está con frecuencia asociada también a su nueva destrucción o su dispersión en colecciones particulares en las que han acabado por perderse, como los libros aztecas enviados a España por los primeros conquistadores para diversión de los niños.
Verdad es que no siempre se ha tenido la suerte de dar con documentos en perfecto estado de conservación, como los famosos manuscritos del mar Muerto, obras que nada tienen de misterioso ni de maldito, pero cuya importancia para el conocimiento de los textos sagrados antiguos es conocida. Los rollos, descubiertos a finales de la Segunda Guerra Mundial en jarras almacenadas en las grutas de Qumran, no han planteado ningún problema grave en su desciframiento, y nos informan admirablemente sobre la naturaleza, las creencias y las reglas de una pequeña comunidad en la época de Jesucristo. Han trastornado la arqueología palestina.
La única cuestión que se planteó realmente fue la de su autenticidad. Estaban tan bien conservados, eran tan ricos en materia y tan numerosos, y su descubrimiento hecho por casualidad parecía tan sorprendente, que cabía preguntarse si no se trataba de un asunto preparado, de una simple fabricación moderna de seudo documentos antiguos.
La búsqueda de manuscritos antiguos choca en efecto sin cesar contra dos obstáculos: el comercio de las curiosidades arqueológicas y las falsificaciones estando ambas cosas a menudo ligadas. Hablábamos anteriormente de los coleccionistas que son la peste de la arqueología. Los documentos antiguos, como las estatuas, las momias y los bajorrelieves, son efectivamente materia de constantes transacciones comerciales. Los «aficionados» buscan los manuscritos y los «especialistas» se esfuerzan por procurárselos, incluso por fabricárselos. El dinero viene en este caso a estropearlo todo, e incluso a verter dudas sobre los descubrimientos haciendo incierto su origen.
Casi siempre ocurre la misma historia en Egipto. Se presenta un anticuario que tiene un manuscrito de hace 2.000 años para vender. Pretende haberlo comprado a un camellero que ha hecho casualmente el descubrimiento. No, no puede decir quién es el camellero, pero quizá podría volver a encontrarse con él y comprarle otros rollos. ¿Cuánto se pagaría por ellos? Todo termina con transacciones entre este «anticuario» y los museos, donde los créditos son raros. Los coleccionistas particulares entran entonces en escena. Se contentan con una sola adquisición y dejan perder una pista quizás fructífera... cuando no son timados pura y simplemente por unos estafadores. En todas las épocas ha existido este comercio de textos antiguos. Los propios Estados se han entregado a ello, ya que se ha visto a la URSS vender en 1933 al Museo Británico el famoso y auténtico Codex Sinaiticus, una Biblia del siglo IV, por la importante cantidad de 100.000 libras esterlinas, es decir, en aquella época medio millón de dólares. La joven República soviética privó a sus investigadores, en beneficio de Occidente, de un tesoro incomparable. Consideró que tenía más necesidad de tractores que de manuscritos antiguos.