Los grandes libros misteriosos
Por la gloria de Dios y del Rey
He unido a mi nombre de Berbiguier el de Terre-Neuve du Thym porque no quiero que se me confunda con los demás Berbiguier que pleitearon contra mi tío. Sé que no puedo adoptar esta condición en los actos públicos. Obedeceré la ley, pero voy a recurrir cerca de Monseñor el guardián de los Sellos para poder, en toda circunstancia, añadir a mi nombre el de Terre-Neuve du Thym. Compraré para ello un pequeño trozo de tierra en donde
cultivaré siempre esta planta aromática[2].
Ante semejantes indicaciones, reconocemos ya a un personaje singular, a uno de esos hombres a los que se llamaba en el siglo XIX, cuando este término no había perdido nada de su fuerza, un original. Con seguridad que lo fue, y especialmente por su imaginación desbocada, por su estilo más que aproximativo y por su vocabulario desusado. Incluso el nombre que dio a sus enemigos es sorprendente. Ordinariamente los duendes son considerados no
como espíritus malignos, sino como «trasgos familiares, y niños buenos»[3]. Berbiguier desvió este término de su sentido tradicional para dárselo a unos seres nocivos, malvados, perseguidores de hombres, animales y cosechas. Fue más lejos todavía, haciendo derivar de ese nombre una diversidad de formas distintas:
He considerado necesario, para expresar el estilo de mi tema, declinar, conjugar y combinar de todas las maneras posibles la palabra farfadet (duende). Que nadie me reproche, pues, haber dicho farfaderismo, farfaderizar, farfadear, etc. He querido justificar mi título con todo tipo de locuciones.
Por la gloria de Dios y del Rey
Dejando de lado, en primer lugar, el problema de saber si Berbiguier era un enfermo, señalemos en seguida que nada en su obra ni en su vida nos autoriza a creer que era un bromista, sino que era profundamente sincero. Una persona se divierte un día, un mes, hasta un año, con una superchería literaria. Pero no se dedican a ello veinte, treinta años, una vida entera, como hizo Berbiguier. Realmente vivió y realmente sufrió lo que ha descrito, esa maldición obligada que le persiguió a todo lo largo de su existencia. Por lo demás, él creía en su misión, como lo demuestran el epígrafe, la dedicatoria y el prefacio de su libro.
El epígrafe no puede ser más claro:
Jesucristo —escribe Berbiguier—, fue enviado a la Tierra por Dios Padre a fin de lavar al género humano de sus pecados. Tengo razones para creer
que estoy destinado a destruir a los enemigos del Altísimo[4].
Creyente sincero, siempre listo para someterse a la divinidad, creyó que debía obrar contra el Mal. Por lo demás, Jesucristo en persona se le apareció y lo confirmó en su misión. Buen católico, era también ferviente realista. Lo veremos cuando tuvo que luchar contra los duendes el día en que éstos quisieron perturbar el aniversario del rey. Asimismo queda patente cuando ya en las primeras líneas de la obra, Berbiguier, en su dedicatoria, se dirige con palabras admirables «a todos los emperadores, reyes, príncipes, soberanos de las cuatro partes del mundo»:
Sires,
Padres de los pueblos, que representáis en la Tierra al Dios de Paz y de
Consolación que está en el cielo, reunid vuestros esfuerzos a los míos
para destruir la influencia de los Demonios, Brujos y Duendes que
asolan a los desgraciados habitantes de vuestros Estados. Tenéis a
vuestros pies al más infortunado de los hombres; los tormentos a los
que estoy expuesto desde hace más de veinte años son los mejores
títulos que pueda tener para una de vuestras miradas paternales.
Hace tiempo que las persecuciones diabólicas de los Duendes habrían
terminado sobre la Tierra si alguno de vuestros súbditos hubiera tenido
el valor de revelároslas. Es con objeto de desenmascararlos que yo os
dedico mi obra. Vosotros seréis insensibles a mis tormentos. Vosotros
los haréis cesar en cuanto os sean conocidos.
Tengo el honor de ser, con el más profundo respeto de Vuestras
Majestades, Sires, el más humilde, obediente súbdito y servidor.
BERBIGUIER DE TERRE-NEUVE DU THYM
El prefacio de los Duendes, por último, nos informa sobre el combate formidable, gigantesco que Berbiguier intentaba mantener. El autor explica tranquilamente las razones de su acción. Durante mucho tiempo, quiso guardar el silencio, aunque durante el mismo periodo, «fue perseguido por la raza de los duendes». No se decidió a romper este silencio hasta que sus enemigos extremaron sus acciones.