Los grandes libros misteriosos
La «Misión de los Obreros»: una denuncia de la política
3.º) Un Consejo Internacional de las Iglesias Nacionales, que se pronunciaría sobre los problemas del culto, y también de la enseñanza, de las ciencias, las artes, etc.
Sólo sorpresa puede causar esta lectura por el carácter una vez más premonitorio de Saint-Yves. Su Consejo Europeo de las Comunas no se aparta mucho de lo que nosotros hemos construido bajo el nombre de Mercado Común. Su Consejo Europeo de Estados Nacionales tiene tanto de nuestro Tribunal Internacional de la Haya como de la Asamblea Europea de
Estrasburgo[9]. Pero si bien hemos podido construir la Europa de los comerciantes y la de los juristas, sabemos que no se ha logrado todavía crear ese tercer Consejo que quería Saint-Yves: el de la espiritualidad, de las ciencias y de las artes. Para él, éste era, sin embargo, el esencial. Para nosotros también, por lo demás, ya que todos los europeos sienten claramente hoy que a Europa le falta unos cimientos más nobles que los del dinero y el derecho.
Por último, una anécdota. La Misión de los Soberanos por uno de ellos se presentaba, pues, como una obra anónima. La gente se preguntó quién sería el autor y, naturalmente, lo encontraron. La crítica virulenta del papado en ciertas épocas, y el áspero juicio del reino de Nápoles hicieron recaer las sospechas en los soberanos protestantes de Europa septentrional. Se atribuyó especialmente esta Misión al rey de Suecia.
La «Misión de los Obreros»: una denuncia de la
política
La Misión de los Obreros (1882), publicada casi al mismo tiempo, iba firmada por Saint-Yves, lo que aclaró rápidamente a los especuladores.
Simple folleto, esta nueva [10] Misión puede ser leída aún hoy con provecho.
Mucho antes que Marcuse, Saint-Yves mostraba cómo las actitudes y las situaciones revolucionarias pueden ser «recuperadas» por unos partidos. Recalcaba que la cuestión del pauperismo, o si se prefiere la cuestión social, quedaba por resolver. Por una parte, los partidarios liberales del «laisser-faire, laisser-passer» no aportaban ninguna solución. Por otra parte, los teóricos socialistas partidarios del «todo a través del Estado» no tenían más éxito, como tampoco el sistema mixto de los proteccionistas. Ante semejante fracaso de la teoría, los obreros se habían visto llevados a tratar de resolver el problema de su salario a través de congresos, huelgas y la proposición de un cierto colectivismo. Y Saint-Yves les decía:
La razón de vuestra impotencia es que los políticos han absorbido vuestro movimiento como anteriormente absorbieron todos los intereses nacionales. Ahora bien, su política no es una ciencia. No es más que un empirismo puesto simplemente al servicio de sus propios intereses, no de los vuestros. Son ellos quienes han producido este falso dualismo, en el que vosotros os extraviáis, de capital y trabajo, como también el del conservadurismo frente a la destrucción. A esta política conduce el sufragio al nombrar diputados
encargados de todo y, a través de ellos, un Estado que lo hace todo[11].
Sin pretender en absoluto que Saint-Yves fuera un libertario, cabe sentir asombro de verle, por otra parte, denunciar el estado de Europa con el pretexto de anarquía, cuando lo que él enuncia aquí se vincula, al menos en la crítica, con ciertas tesis anarquistas de la época, totalmente hostiles a las elecciones y, por supuesto, al Estado.
Su crítica, en todo caso, no carece de fundamento. Denuncia al Estado como una oligarquía incompetente en materia económica. Sostiene que las cámaras parlamentarias son insuficientes ante la multiplicidad de las cuestiones modernas. Expone esta idea cuya prueba el mundo moderno nos ha aportado desde entonces con gran frecuencia: el Estado es a la vez despótico e impotente.
La solución sinárquica se apoya entonces en tres Asambleas. Igual que en el terreno internacional, cree en la virtud de tres Consejos. En el plano nacional, se imagina tres cámaras con funciones comparables a las de sus grandes hermanas: Cámara económica, Cámara de legislación civil, y, sobre todo, Cámara de enseñanza. Esta última parte, esencial para la teoría de Saint-Yves, parece faltar en nuestras sociedades modernas y que, según él, sólo ella permitiría a la inteligencia más elevada velar por la dicha y el equilibrio simultáneo de los Estados y de los hombres.
Se advertirá la extraña interdependencia de lo nacional con lo internacional en el esquema de Saint-Yves, en el cual se descubren ciertos elementos de su formación ocultista, sin duda a través de Fabre d’Olivet. La nación así construida representa el microcosmos de la sinarquía frente al macrocosmos de la Sinarquía General. Obedecía a la vieja ley de Hermes Trimegisto, según