Los grandes libros misteriosos
Las obras maestras de la estupidez humana
Al lado de los millares de libros así quemados por la voluntad de los poderes, se olvida a menudo otra causa de destrucción: la incompetencia, incluso la estupidez humana. Daremos un ejemplo de ello. En las ruinas de Herculano, la pequeña ciudad romana destruida por la erupción del Vesubio en el año 79 después de J. C., se encontró lo que un arqueólogo no se habría atrevido siquiera soñar: una muy importante y completa biblioteca de rollos antiguos. Las obras evidentemente habían sufrido mucho con la catástrofe y al comienzo no se supo siquiera reconocerlas. Se presentaban en forma de cilindros oblongos, más o menos regulares, comprimidos, quemados a medias, y fueron tomados por astillas de madera carbonizadas. Su primer destino fue el rechazo, y la denominación del lugar en donde habían sido
descubiertas fue «tienda del carbonero»[10].
Posteriormente, se advirtió que aquellas briquetas estaban en realidad formadas por hojas concéntricas, extremadamente desmenuzables y que se convertían en polvo en cuanto se las manipulaba. Una nueva hipótesis nació. Se trataba de «paquetes de ropa carbonizados» y se siguió echando las obras maestras a los escombros.
Finalmente, un día, en 1783, un tal Camilo Paderni, embadurnador romano sin grandes talentos, descubrió caracteres en los famosos paquetes. Paderni se jactó hasta el fin de su vida de haber salvado con su intuición millares de obras de la Antigüedad. Veremos lo que sucedió en realidad. Después de su genial descubrimiento, Paderni formó un depósito de «briquetas» y trató de leerlas. Para ello, inventó un procedimiento cuya eficacia se juzgará. Con un vulgar cuchillo, cortaba los cilindros en dos partes, en el museo de Nápoles, y rascaba los envoltorios sucesivos tratando de separarlos. Aun cuando hubiera triunfado con este método grosero, no habría obtenido más que fragmentos dispersos, difíciles de reconstituir, De hecho, convirtió sobre todo en cenizas los rollos (de los que se habían encontrado unos ochocientos) y se dedicó a ellos. Ciento cuarenta y dos fueron descuartizados por sus cuidados. El rey de Nápoles acabó por oponerse a la tarea de Paderni y le prohibió proseguir sus lamentables experimentos. Los sucesores del pintor no fueron más afortunados. El padre Antonio Piaggio, de Génova, construyó una máquina especial para desenrollar los documentos. Gracias a ella, separaba una a una, como si fuera una cebolla, las capas sucesivas, deslizando entre ellas un fino buril mientras las rociaba con una solución alcohólica. El procedimiento, poco seguro, tenía además el defecto de ser lento. En cuatro años, Piaggio logró copiar treinta y nueve columnas de un solo rollo. En toda su vida, se dedicó a dieciocho manuscritos solamente. Ninguno fue restablecido íntegramente y todos salieron de la operación más mutilados aún de lo que lo estaban anteriormente. En el siglo XIX, el químico Humphrey Davy intenta resolver el problema de los rollos que quedan. Veintitrés manuscritos fueron desenrollados por él a costa de nuevas mutilaciones. Restituyó algunos pasajes, pero fracasó en su intento de reconstruir conjuntos; todos los rollos salían más dañados de las manos de los investigadores. Otros aún sugirieron métodos más o menos serios: inyecciones de parafina, lavados con alcohol, con glicerina, despegamiento con vapor de agua. No se logró poner a punto ningún método eficaz.