Los grandes libros misteriosos

Guy Bechtel · Capítulo 130 de 133

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Los grandes libros misteriosos

La Inquisición a la tarea

Sin embargo, la maldición se encarnizaría con ella. En el año 285, el emperador Diocleciano emprendió el asedio de Alejandría y después de su victoria mandó efectuar destrucciones sistemáticas para destrozar los marcos de la nación egipcia e impedir que se reconstruyeran. Para ello, era preciso la ruina del patrimonio cultural. Entonces se quemaron, pues, los libros egipcios.

En el año 390, el patriarca de Alejandría, Teófilo, al que Gibbon[8] califica de un «hombre audaz y perverso, enemigo perpetuo de la paz y la virtud, siempre hambriento de oro y sediento de sangre», decidió acabar con el paganismo de su diócesis e hizo destruir el templo de Serapis cuyo anexo contenía una biblioteca. También aquí, millares de manuscritos fueron saqueados y dispersados.

El último golpe fue descargado por los árabes. El historiador Abd al-Latif escribe que «la Biblioteca de Alejandría fue quemada por Amr ibn el-As, con el permiso de Omar». Según otro historiador árabe, Abulfardge, Omar dio estas instrucciones precisas: «En cuanto a los libros, si lo que contienen es conforme al Libro de Dios (el Corán), este libro los vuelve inútiles. Sí, por el contrario, lo que encierran se opone al Libro de Dios, no los necesitamos.» Por ello, Amr ibn el-As habría hecho distribuir los libros en cuestión por los baños de Alejandría para que sirvieran de combustible en los fogones. Fueron necesarios seis meses para agotar el stock.

Todos estos hechos deben ser acogidos, en lo que concierne a los detalles, con la mayor prudencia y no debemos olvidar lo que Occidente debe a los árabes, gracias a los cuales hemos podido recuperar gran número de textos clásicos perdidos entre nosotros.

A fuerza de incendios y de invasiones, pues, la magnífica biblioteca que había comenzado a amasar Demetrios de Falera dejó de existir en el año 646 después de Jesucristo, al menos como conjunto organizado.

 

La Inquisición a la tarea

La ruina de las bibliotecas es de todas maneras una constante de la Historia, en todos los pueblos y todas las civilizaciones. ¿En qué se convirtieron la biblioteca tan célebre de Nínive y la de Babilonia? Las excavaciones muestran que los conquistadores no se preocupaban apenas de ciencia y de literatura cuando no añadían la voluntad deliberada de hacer que todo volviera a empezar con ellos.

Ya en el año 747 antes de nuestra Era, Nabonasar, rey de Babilonia, quiso hacer desaparecer todas las historias de los reyes, sus antecesores. En el año 213 a. de J. C., el emperador chino Chi Hoangti ordenó destruir todas las obras que no se refirieran a lo único que a él le interesaba: la medicina, la astrología y la genealogía de su familia. En Roma, los incendios fueron causa de muchas desapariciones, cuando fue quemado el palacio de Tiberio en la época de Nerón, y el Capitolio en la de Cómodo. La lucha entre el cristianismo y el paganismo fue causa de otras ruinas. A cada victoria de uno de los campos, se producía la quema de los libros del otro. En el año 476, un incendio accidental destruyó la biblioteca de Constantinopla, fundada por Teodosio el Joven: 120.000 manuscritos se evaporaron en forma de humo.

La Edad Media y la Era Moderna contemplaron los mismos desastres. La famosa «disputa de las imágenes», para determinar si se podía o no representar a Dios, fue una causa importante de destrucción de libros. Bajo el emperador griego León III, la librería imperial, asolada ya por un siniestro anterior, perdió 36.000 volúmenes. León III, partidario de los iconoclastas, hizo voluntariamente devorar por el fuego la biblioteca, los manuscritos... y los bibliotecarios. En el siglo XI, los turcos saquearon la biblioteca de los califas de El Cairo, en la que se contaban más de un millón de obras. Los francos la tomaron, en 1105, con la de Trípoli, una verdadera maravilla, un tesoro de comentarios de todo tipo sobre los textos islámicos.

En el siglo XVI y en el XVII fueron quemadas, voluntariamente o por accidente, las bibliotecas de Buda en Hungría, del convento de Megaspileon en Grecia, de Heidelberg en Alemania y la de los agustinos en Maguncia en 1649, del Escorial en 1671 y de los canónigos de San Antonio de Venecia en 1685. El gran incendio de Londres de 1666 no perdonó tampoco los libros de las casas. En todas partes, la historia de las bibliotecas se confunde con la de su ruina final.

Millares de obras en principio acusadas de herejía fueron destruidas por el fuego.

Una hoguera de la Inquisición.

En 1490 se quemaron en Sevilla varias admirables biblias judías y

diversos libros compuestos por judíos[9]. En Salamanca, 6.000 obras llamadas «de superstición» conocieron una suerte parecida. El 21 de marzo de 1521, el Papa escribía una carta para pedir la destrucción de las obras de Lutero. Erasmo conoció los mismos anatemas en España a instancias del Inquisidor General. Carlos V y Felipe II tomaron medidas para reducir la difusión de ciertos escritos en los Estados de América. En 1558, un nuevo edicto del Inquisidor General recomendaba proseguir los Autos de Fe. Los Papas Pablo III y Pablo IV proclamaron bulas de prohibición. En 1558, 1559, 1584, 1611, 1630 y 1792 aparecieron catálogos impresos de los libros prohibidos. Eran quemados los manuscritos de las brujas, las actas de su proceso, pero también cuentos, novelas e incluso obras salidas de la pluma de ciertos religiosos, como las obras del cardenal Noris o del venerable Juan de Palafox y Mendoza.