Los grandes libros misteriosos
Elogio fúnebre de una ardilla
Y declara a Berbiguier:
«Señor, acabo de extraer la bruja de vuestro cuerpo. No seréis inquietado más por ella, y dentro de poco recuperaréis la salud.»
Para proseguir la cura, otro día el doctor Nicolás lleva a Berbiguier al Jardín Botánico, y allí lo presenta a sus colegas. Se representa entonces una espantosa comedia. Apoyan la cabeza del paciente contra un árbol mientras una varilla gira como un torbellino a su alrededor. Esta varilla es templada durante diez minutos en un vaso de agua que Berbiguier debe beber a continuación. Esos curiosos remedios no carecen, por lo demás, de efecto. Se advierte una mejoría y Berbiguier se hace fabricar su propia varilla de metal con la que, durante muchos días, persigue a sus duendes a golpes gritando: «¡Bruja tunante, sufre tú ahora!»
Todo el mundo se ríe, excepto él, que no ve todavía que se burlan de él. Un día, comprende. Sorprende una conversación de Nicolás, que habla de su enfermo a un alumno.
«Tengo ganas —dice el doctor Nicolás— de hacerle bailar con la osa o con la Osa Mayor... ¡Ah! ¡Hay que entretenerle!»
Para Berbiguier es la luz. El doctor Nicolás es un duende, y más tarde lo denunciará como tal. Una vez hecho este descubrimiento, las crisis vuelven a empezar, y no son tampoco remediadas por la consulta con otras autoridades, el doctor Bouge y el doctor Moreau.
Elogio fúnebre de una ardilla
Berbiguier se ha visto en la necesidad de huir y se encuentra ahora en París cayendo cada vez más bajo y buscando siempre quién podría ayudarle en su lucha contra las potencias infernales que lo acechan. En esta búsqueda se encuentra con una echadora de la buena ventura, una tal Madame Vandeval, que le propone curarlo.
Según ella, deberá comprar una vela de sebo en casa del primer comerciante cuya tienda tenga dos salidas. Deberá hacer que le devuelvan un cambio que contenga dos dineros. Saldrá por la segunda salida y lanzará al aire los dos dineros.
Dicho y hecho, pero cuando Berbiguier lanza los dos dineros, lo que cae son dos escudos. Prosigue, sin embargo, el experimento, siempre según los consejos de Madame Vandeval. De regreso a su casa, enciende su fuego y le echa sal. Envuelve la vela con un papel en el que ha escrito el nombre de su
primer perseguidor[8]. Pincha el papel con varias agujas y enciende la vela. Pero al ejecutar esas instrucciones oye un ruido violento en su chimenea: es la sal que ha provocado una explosión. Decididamente, no hay nada que hacer. Todos son duendes, el doctor Moreau, el doctor Bouge, el doctor Nicolás, y ahora también la Vandeval. Está sitiado.
En 1816, Berbiguier consulta a la eminencia de la época, el gran Pinel padre,
médico de la Salpêtrière[9]. Hace ya veinte años que sufre y él mismo teme que lo tomen por loco. Pero sus sufrimientos son demasiado atroces. Pinel estudia seriamente su caso y le prescribe baños calmantes. Ningún resultado: Pinel también es un duende. Un sacerdote se atreve asimismo con el problema: «Visite usted cuatro iglesias diariamente», le recomienda. Pero tampoco esto produce resultado.
Centenares de páginas, escritas por Berbiguier, nos cuentan su calvario. Los acontecimientos que relata son extraordinarios. Un día, su espejo es remplazado por un paisaje pintado al óleo. Pinel trata de introducirse en su casa por el conducto de la chimenea. Al menos, Berbiguier reconoce su voz aplicando la oreja al conducto. Nuevos conocidos, los hermanos Prieur y su primo Lomini, se revelan a su vez como satélites de Satán.
Duro golpe para Berbiguier. Sus enemigos logran matar a Coco su ardilla. Hay que decir que adoraba a aquel animal, su única compañía, que corría en libertad por su apartamento y le gustaba refugiarse en su gorro de algodón. Este solitario escribía: «Deseo que cuando se hable de mí, se diga siempre Berbiguier y su Coco.» Y he aquí que él mismo aplasta al pobre animal.
Un día, vuelve del campo, y siempre preocupado por sus desgracias no advierte que Coco no sale a su encuentro. Se desnuda, se lava, se dispone a acostarse, sin pensar en la ardilla.
Los implacables duendes la habían colocado entre la sábana de la cama y el colchón. Cuando quise acostarme, y en el momento en que ponía una rodilla sobre la cama, un duende me cogió por los hombros y me hizo tambalear con violencia. ¡Ay, todavía no he podido recuperarme de mi dolor! Sentí que al colocarme en el lugar ordinario aplastaba a mi pobre ardilla. ¡Júzguese mi desesperación! ¡Coco ya no existía! Me vi privado del único ser viviente que me consolaba en mis penas... Los duendes lo habían elegido como víctima.