Los grandes libros misteriosos

Guy Bechtel · Capítulo 107 de 133

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Los grandes libros misteriosos

Detalle del arsenal antifarfadeano

Advertido de la amenaza, Berbiguier ya no puede caer en el engaño. He aquí la segunda gran parte de su historia. Después de haber sido durante veinte años la víctima de los espíritus malignos, ha aprendido a derrotarlos, a aprisionarlos, a destruirlos. Los procedimientos que nos explica son aún más fantásticos que el relato de sus primeras torturas.

El mejor antídoto contra los duendes es el corazón de buey. Hay que procurarse uno en buen estado y ponerlo a hervir en una olla con dos pintas de agua. Acerca de este remedio, dejemos una vez más la palabra al propio Berbiguier, ya que la cita es de una precisión incomparable:

Cuando el agua empiece a hervir, prepararéis el corazón, que previamente debéis pinchar enteramente con alfileres y agujas, pronunciando al mismo tiempo estas palabras: «Que todo lo que te hago te sirva de pago: yo destruyo al obrero de Belcebú.» Templaréis a continuación este corazón así pinchado en el agua, y después de haberle dado tres cuchilladas, repetiréis las mismas palabras. Hay que tener cuidado, sobre todo, de que las puntas de los alfileres y las agujas sean muy finas y aceradas, a fin de que el dolor que debe experimentar el cuerpo del duende contra el que dirigís vuestra persecución sea herido más profundamente, y para que no escape al dolor y al suplicio que merece, hay que pinchar el corazón totalmente con los alfileres y las agujas. Este gasto no es grande debido al efecto saludable que

de él resulta[11].

 

Detalle del arsenal antifarfadeano

Así, Berbiguier se paseaba continuamente con varios miles de alfileres encima, para no ser cogido por sorpresa y poder defenderse en todo momento y hasta atravesar al enemigo.

Un testigo ocular de los combates cuenta:

Era cosa singular ver a Berbiguier interrumpirse en medio de una conversación importante, para sacar un alfiler de su estuche, aproximarlo suavemente a sus ropas y hundirlo en ellas estallando en una carcajada: «¡Oh! ¡Oh! —decía—, por más que te resistas y me muestres las garras, irás al pote con los otros. ¡Canalla maldito! ¡Ya te enseñaré yo a vivir!»

Luego, si se había interrumpido en medio de una discusión política, la reanudaba en el punto en que la había dejado, daba su opinión sobre las cuestiones del momento, apreciaba los hechos y deducía de ellos las consecuencias con mucha sagacidad. Esto duraba hasta que le embargaba de nuevo la fantasía de ensartar a un duende.

Alguien que quiso un día participar de su locura le dijo: «Veo que ha logrado usted una buena caza esta noche.» «¡Oh! ¡Eso no es nada! — contestó—. Voy a aparentar que estoy durmiendo en el vano de una ventana y las verá más hermosas.»

Se extendió, en efecto, en un sillón, cerró los ojos y al cabo de unos segundos acribillaba sus vestidos de alfileres con una rapidez tal que el estuche quedó vacío en pocos segundos. Esta ejecución fue seguida de una invitación graciosa para el día siguiente: «Venga a mi casa mañana, los desclavaré delante de usted.»

A la hora convenida, el invitado encuentra a nuestro maníaco de pie, vestido con una simple camisa a pesar de que hacía un frío muy vivo. «Le estaba esperando para comenzar», dice. Y lanzando una sábana blanca sobre el parqué, y colocando luego en medio de la sábana una percha cargada con sus ropas, quita todas las agujas golpeando frenéticamente con una varilla de hierro y gritando: «¡Ah, malvados, os lo tenéis muy merecido! ¡Tomad! ¿Veis ese pequeño negro? Es el más sinvergüenza de la banda... Y ese otro, con su cabeza de sapo y su cola de simio... ¡Oh, por más que pongas mala cara, no te

tengo miedo! ¡Chúpate ésa también![12].»

Si bien los duendes podían ser capturados «al vuelo» por así decirlo, la mejor arma contra ellos seguía siendo, sin embargo, el corazón de buey. Berbiguier desvalijaba a su carnicero para aprovisionarse suficientemente y cocinaba aquellos despojos en gran cantidad diariamente. Incluso invitaba a algunos amigos a su casa para practicar el ejercicio en compañía. Se hervían corazones con profusión, y se pinchaba, se pinchaba y él decía: «Esto resulta muy costoso, pero no debo tener en cuenta el dinero cuando se trata de hacer sufrir a los duendes.»