Los grandes libros misteriosos

Guy Bechtel · Capítulo 85 de 133

Páginas del PDF

Los grandes libros misteriosos

Profecías y predicciones

 

La más célebre pitonisa a comienzos de este siglo con el nombre de Madame de Thèbes no se dedicaba solamente a la clientela privada, muy rica, que se aglomeraba diariamente en su puerta. Se las daba también de escritora. Se le

debe, por ejemplo, una obra de quiromancia[1]. Es autora también de los Almanaques que publicaba cada año para información del planeta sobre las cosas futuras. De sus predicciones, entresacaremos sólo un ejemplo cruel. Al principio de la Primera Guerra Mundial, en el mes de septiembre de 1914 exactamente, Madame de Thèbes daba a conocer, sin ninguna escapatoria, lo que iba a ocurrir:

Muerte de Guillermo II, el 29 de septiembre.

Revolución en Berlín, el 2 de octubre.

Entrada de los franceses en Berlín, el 22 de octubre.

Fin de la guerra, el 7 de noviembre.

Duración de la guerra, 3 meses y 5 días.

Sabemos que fue necesario cuatro años y millones de muertos para que cesara el conflicto. Comparando la predicción con la realidad, se comprenderá una de las razones por las que los profetas o adivinos son a veces personajes malditos. El oficio es peligroso y ha ocurrido más de una vez que se les ha retorcido el cuello.

 

Los adivinos ejercen un oficio peligroso

La Antigüedad les reservaba una plaza especial en una época en que, a falta de máquinas electrónicas, el cálculo del futuro no podía efectuarse más que a través de la visión excepcional de algunos. Distingamos claramente, a este respecto, entre los profetas, es decir aquellos que anuncian el futuro por inspiración divina, y los adivinos, que practican la adivinación por medios más materiales, aunque todos dejarían entender que su don era milagroso. En todas las épocas hubo profetas religiosos, como los de Israel por ejemplo, clasificados, como se sabe, en primeros profetas (Moisés, Samuel, Elías y David), grandes profetas (Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, etc.) y pequeños profetas (Oseas, Habacuc, Miqueas, Nahum, etcétera). Pero hemos hablado ya de la Biblia. Al lado de esos profetas propiamente religiosos, pensamos sobre todo aquí en esos adivinos de la Antigüedad que estaban llamados a predecir el futuro en lo que éste tenía de cotidiano: suerte de las batallas, salvación de las ciudades, interpretación de los sueños y de los presagios. Éstos no parecían demasiado malditos, ya que gozaban de un status social (e incluso de una función social) digno de consideración, que los situaba en primera fila de la sociedad.

Recordemos también las grandes sibilas, de las que se cuentan una docena: sibila de Persia, sibila libia, sibila de Delfos, de Eritrea, de Samos, de Cumas, sibila helespontina, sibila frigia, sibila del Epiro y sibila egipcia. Esas

mujeres «entusiastas» en el sentido etimológico[2] escribían versos oscuros y profundos que les valían una gran consideración.

Nos acordamos también de Sócrates tomando como regla y fundamento de su pensamiento el famoso «Conócete a ti mismo» (gnoti seauton) inscrito en el frontón del templo de Delfos donde oficiaba una célebre pitonisa. De este modo, daría un sentido totalmente distinto a una exhortación que competía únicamente a la publicidad. El «conócete a ti mismo» del templo era una invitación a entrar a ver a la pitonisa. Significaba simplemente: «Conoce tu porvenir, ven a que te digan la buenaventura.»

Otros adivinos estaban situados cerca de los hombres de Estado o de los grandes capitanes y los acompañaban en los momentos peligrosos, pequeños brujos de las entrañas, que distinguían en vientres humeantes las voluntades del Olimpo y la suerte de los ejércitos. Todos ellos, hombres y mujeres, desempeñaban un papel esencial en una cierta forma de sociedad, papel a la vez médico, religioso y político, tal como lo encontramos aún entre los brujos africanos. Ninguno de ellos parece, por lo tanto, maldito.

Con todo, si se observa con más detenimiento la larga historia de la adivinación, percibiremos este peligro del que hablamos a propósito de Madame de Thèbes. El oficio puede comportar algunas ventajas, pero implica también bastantes riesgos. Se empezó por lanzar los pollos sagrados al mar, como aquel cónsul del siglo III que, advirtiendo que las bestias no tenían

hambre, pretendió «hacerlas beber»[3]. Posteriormente, fueron los arúspices mismos, los adivinos de todo tipo, a los que se amenazó o persiguió cuando sus predicciones no daban satisfacción.

La Historia rebosa de esos accidentes profesionales. Llegado el cristianismo, la predicción se convirtió en un arte sospechoso en la medida en que podía estar en relación con prácticas diabólicas. Miguel Psellos (1018-1078), da un ejemplo personal de ello en su obra De operatione daemonum. Un día interrogó a un adivino maniqueo. ¿De dónde procedía su don de profecía? El mago se negó al principio a responder; luego, obligado a hacerlo por la fuerza, confesó a Psellos que un vagabundo de Libia se lo había enseñado todo.

Ese vagabundo me llevó por la noche a lo alto de una montaña, me hizo probar una extraña hierba, me escupió en la boca, me untó los ojos con un cierto ungüento y me hizo ver una multitud de demonios, entre los cuales distinguí a uno que volaba hacia mí en forma de un cuervo; y, entrando por mi boca, penetró hasta el fondo de mis entrañas. A partir de este momento hasta el día de hoy, he podido leer en el futuro todas las veces que mi demonio lo ha querido así.

Como el visionario agravaba aún más su caso prediciendo a Psellos mil tormentos, el final de la historia se supone. La predicción era diabólica y el desgraciado terminaría su vida en las cárceles bizantinas.

La actitud de la Iglesia, causa de esta persecución y de la de muchos otros adivinos, ha señalado, no obstante, siempre una cierta incomodidad doctrinal. Leemos en la primera Epístola de san Pablo a los tesalonicenses: «No apaguéis el espíritu. No despreciéis las profecías. Examinadlo todo, y retened

lo bueno»[4]. Este texto parece legitimar al menos una cierta forma de escrutar el porvenir. Pero otros textos de la patrología griega y latina vierten el mayor de los descréditos sobre la adivinación. La incomodidad de la Iglesia procede de su preocupación por ceñirse rigurosamente a la doctrina de la libertad de santo Tomás. La predicción parece suponer un cierto determinismo. No se puede conocer más que lo que es seguro, lo que está escrito por anticipado. Ahora bien, es esencial para la moral católica salvaguardar la libertad. El hombre ganará su salvación o se perderá según elija o no el Bien. De ahí la incertidumbre de las posiciones ante las adivinaciones y profecías, habiendo sido inventada, no obstante, una puerta de salida por la Teología. Quizá no hay contradicción entre la libertad del hombre y la omnisciencia de Dios, que puede saber por anticipado lo que elegirá el hombre, sin influir sobre su decisión.