Los grandes libros misteriosos
Dos libros de una belleza eterna
de prisión[3].
Todos esos buscadores más o menos malditos de la época contemporánea, tanto los iluminados como los falsarios, presentan un punto común: trataron de dar un aspecto científico a la alquimia. Apartándose deliberadamente de las oscuridades alegóricas de los maestros del pasado, se situaron en el terreno del laboratorio, el de la reacción química. Y hay otra cosa que los une: la ausencia de secreto, ya que todos quisieron o pretendieron trabajar a la clara luz del día.
Dos libros de una belleza eterna
Con Fulcanelli, sin duda el único grande y verdadero alquimista de comienzos de siglo, encontramos, por contra, la vieja canción: el misterio, la ausencia total de referencia química y el retorno al pensamiento tradicional que se presenta a la vez como magistral y esotérico. Fulcanelli es y seguirá siendo un caso aparte.
Nada se sabe de él, ya que el nombre que tomó era evidentemente un seudónimo y se dio a conocer solamente por dos publicaciones, El misterio de las catedrales, en 1926, y Las moradas filosofales, en 1930, dos obras de las que se tiraron trescientos ejemplares en casa de un pequeño editor, Jean Schemit, 45, rue Laffite, en París. La calidad del estilo, la abundancia de referencias que muestran una cultura clásica considerable y la originalidad de los puntos de vista sitúan inmediatamente a Fulcanelli en otro nivel. No se trata de una mente sólo científica que trata de mezclar elementos en una retorta con la esperanza de ver producirse lo inimaginable, sino de un filósofo fecundo, dedicado esencialmente a recorrer el camino de las ideas que podrían conducir el descubrimiento. Se sabe, por otra parte, que Fulcanelli escribió sus dos libros antes de haber logrado él mismo una transmutación.
El propósito de ambos libros es un poco el mismo. Consiste en mostrar que unos arquitectos —llamémosles simplemente así— introdujeron un saber alquímico en el plano, la composición y las esculturas de algunos grandes monumentos del pasado.
El misterio de las catedrales analiza bajo este enfoque la capilla de santo Tomás de Aquino, la Sainte Chapelle, la catedral de Amiens, el palacio Jacques-Cœur en Bourges, y sobre todo Notre-Dame de París. Su edición original, igual que Las moradas filosofales, iba acompañada de unos dibujos admirables de Julien Champagne, un pintor oscuro que murió en la miseria en 1932 y que algunos confundirán con el propio Fulcanelli.
Un dibujo de Julien Champagne El alquimista de Notre-Dame de París.
En las ediciones más modernas, algunas muy bellas, esos dibujos han sido
remplazados por fotografías[4]. Se cree, de este modo, ganar en precisión. Pero seguramente se pierde en comprensión, ya que la fotografía lo capta todo y no destaca lo esencial, aquello mismo que quería valorar Fulcanelli, por el rasgo del dibujante.
No analizaremos aquí en detalle esta obra que hay que leer desde la primera línea hasta la última para entender plenamente su mensaje, reteniendo aquí sólo la idea central, bien resumida en este párrafo:
Santuario de la Tradición, de la Ciencia y del Arte, la catedral gótica no debe ser considerada como una obra únicamente dedicada a la gloria del cristianismo, sino más bien como una vasta concreción de ideas, de tendencias, de fe populares, un todo perfecto al que podemos referirnos sin temor en cuanto se trata de penetrar el pensamiento de los antepasados, en el terreno que sea: religioso, laico, filosófico o social.
Demostrando esta idea con el ejemplo, Fulcanelli revela sin dificultad el significado que se quiso inscribir en las piedras, se trate de los medallones del
pórtico central, como de ciertas estatuas, o del clásico plano en cruz[5]. La conclusión es doble. En primer lugar, Fulcanelli aporta la comprobación de una de sus primeras afirmaciones:
La catedral está para nosotros basada en la ciencia alquímica, investigadora de las transformaciones de la sustancia original, de la Materia Elemental (lat. materea, raíz: meter, madre).
Luego, en la última página, da su consejo al alquimista moderno:
La Naturaleza no se abre a todos, indistintamente, la puerta del santuario (...). Nadie puede pretender la posesión del Gran Secreto si no ajusta su existencia al diapasón de las investigaciones emprendidas.
Fulcanelli recuerda así que nada ha cambiado desde los trabajos de los alquimistas pasados: sin pureza de corazón, nada de descubrimientos. Y repite, después de haberlo hecho otros, las cuatro grandes reglas: saber, poder, atreverse y callar.
El neófito debe ejercitar constantemente sus facultades de observación y razonamiento, debe meditar para llegar al Saber. La imitación ingenua de los procedimientos naturales (usando las mismas palabras de Fulcanelli) añadido a la habilidad y la experiencia le darán el poder. Que sepa atreverse entonces, ya que a las virtudes de paciencia y voluntad hay que añadir las de la audacia y la decisión. Finalmente, llegado a Sabio, se acercará a los humildes. Discípulo anónimo y mudo de la Naturaleza Eterna, apóstol de la eterna Caridad, permanecerá fiel a su voto de silencio. En la Ciencia, en el Bien, el adepto debe CALLARSE siempre.