Los grandes libros misteriosos
La «Misión de la India»: revelaciones increíbles
ellos están dispuestos[15].
Esta obra tupida constituye la mejor exposición de la Sinarquía histórica. Señala, sin embargo, en Saint-Yves d’Alveydre el anuncio de un cierto giro hacia el iluminismo. Este giro se producirá en los libros siguientes y, más concretamente, en el más extraño de ellos, el más maldito en todo caso, aquel del que hablábamos al comienzo del capítulo: La Misión de la India.
La Misión de los judíos hablaba ya del Oriente y del Extremo Oriente, de la China, la India y el Japón, pero el tema versaba esencialmente sobre el territorio cubierto por la Biblia. Al parecer, un sabio indio se interesó en ella y vino, acompañado de otros asiáticos, a visitar oficialmente a Saint-Yves en 1884.
Llegamos aquí a uno de los aspectos más secretos de esta obra y su génesis. El sabio en cuestión se llamaba príncipe Hardjij Scharipf, nacido en 1838 en Bombay. Permaneció seis meses en París, enseñó el sánscrito a Saint-Yves y le reveló ciertos misterios iniciáticos de la India. Nada se sabe acerca de este misterioso personaje excepto por un retrato fotográfico que se ha conservado y por lo que nos dice el propio Saint-Yves d’Alveydre. Según éste, Hardjij Scharipf había sido enviado por el Gobierno mundial oculto con la misión de revelarle la existencia de un mundo desconocido: la Agartha.
La «Misión de la India»: revelaciones increíbles
De esta manera instruido, Saint-Yves se puso inmediatamente al trabajo y, en el mismo año 1884, inició la redacción de su Misión de la India en Europa. Misión de Europa en Asia. La cuestión del Mahatma y su solución.
Renunciando al secreto, entregaba así las revelaciones que había recibido del brahmán indio. La Agartha sería una ciudad iniciática subterránea que agruparía millones de personas. A la vez iglesia primitiva conservada y centro científico moderno, todos los estudios, todos los conocimientos se habrían acumulado allí durante siglos. Por ejemplo, se habrían llevado a cabo experimentos sobre la selección animal y zoológica. Asimismo, se estaría trabajando allí sobre las diferentes formas de sueño, los regímenes alimentarios, la educación de la voluntad y todas las ciencias espirituales.
La situación geográfica de la Agartha es un secreto que Saint-Yves se negaba a revelar antes de la instauración final de la Sinarquía. Esencialmente subterránea, esta ciudad tendría también partes de ella al aire libre. En todo caso, algunos de sus ciudadanos estarían autorizados a salir de ella y mezclarse con nosotros. La población total llegaría a quinientos millones de hombres.
¿Saint-Yves juega aquí con la alegoría y quiere simplemente hablar de la India entera, significando a través de su imagen de ciudad subterránea que la realidad india no debe ser solamente apreciada en la superficie?
Esta sociedad tan numerosa que nos describe parece estar dividida en clases, lo cual vendría a confirmar nuestra hipótesis, aunque estas clases no sean las castas que el etnólogo puede descubrir. Saint-Yves habla primero de millones de dwijas («nacidos dos veces») o yoguis («unidos en Dios»), que forman el gran círculo o más bien el hemiciclo al cual pretende arrastrarnos. Luego, ascendiendo en la jerarquía («avanzando hacia el centro», según Saint-Yves), se encontrarían los cinco mil pundits («sabios»), que se dedican a las tareas organizadoras: enseñanza, policía interior, policía de las Cien Puertas. Este número de cinco mil no sería una casualidad, sino que correspondería al de raíces herméticas de la lengua védica. La Agartha entera sería, por lo demás, una imagen fiel del Verbo eterno a través de la Creación.
Después de los pundits vendrían trescientos sesenta y cinco bagwandas («cardenales»), tantos como días tiene el año. Existiría después un centro misterioso de doce miembros que representan la Iniciación Suprema y corresponden a los doce signos del Zodíaco. Cada uno de esos bagwandas o gurus («maestros») llevaría siete nombres. Tendría la ocasión de trabajar en la más fantástica de las bibliotecas: varios miles de kilómetros de obras, verdaderos archivos de la Humanidad. Sólo el soberano pontífice y sus asesores tendrían el catálogo y, por supuesto, el conocimiento total de estos preciosos expedientes.
El punto culminante de esta pirámide estaría en el Brâhatma («soporte de las almas en la mente de Dios»), asistido por el Mahatma («que representa al alma universal») y el Mahanga («símbolo de toda la organización maternal del cosmos»). Después de su viaje a Europa, parece que el sabio que se
entrevistó con Saint-Yves, Hardjij Scharipf, se convirtió en Brâhatma[16]. ¿Qué pensar de esta Agartha, pura invención del iluminismo de Saint-Yves, o imagen de un simbolismo a fin de cuentas bastante fácil de penetrar? La cuestión ha sido larga y muy seriamente discutida, como podremos advertir —aunque no sea ya nuestro tema— al referirnos a las obras de René Guénon
y de Ferdinand Ossendowski[17]. Este último, explorador polaco, pretendió haber llegado, en el curso de una de sus misiones en 1922, ante la presencia del propio rey de la Agartha, es decir, el Rey del Mundo.
La Misión de la India no se limita, en cualquier caso, a estas asombrosas revelaciones, y el iluminismo de Saint-Yves, aunque es realmente la tesis a conservar, va acompañado seguramente de un don profético extraordinario.
En todas partes la Agartha le permite añadir a sus anteriores estudios detalles nuevos, pruebas inesperadas. La Agartha, evidentemente, es también para él una explicación fácil. Los residuos de conocimiento de que disponemos, pues estamos muy lejos del saber universal, son simplemente revelaciones técnicas o científicas hechas en ciertas épocas por habitantes de la Agartha llegados por un tiempo a vivir entre nosotros. El origen de los bohemios encuentra aquí su solución. Esos arios son una de las tribus expulsadas de la Gran Universidad subterránea. También los faquires son antiguos discípulos de la Agartha, «que se detuvieron en la entrada de los grados elevados» y se dedicaron a lo temporal, a una vida análoga a la de nuestros monjes mendicantes de la Edad Media. Sus ciencias, o más bien sus artes, no son por desgracia más que las migajas de un saber infinitamente más profundo y para nosotros siempre inaccesible.
La Misión de la India pide a la Agartha que acepte revelarse a nosotros. Por contra, les pide a los europeos el inmenso esfuerzo de revisar sus nociones sobre Oriente, de renunciar a la fuerza y de ir al encuentro de los que saben.
En uno de los textos más proféticos de este libro, leemos estas líneas perturbadoras que podrían parecer el anuncio del triunfo del comunismo chino, con la espiritualidad además:
Si no fundáis la Sinarquía —dice Saint-Yves d’Alveydre a los europeos— veo en el plazo de un siglo vuestra civilización judeocristiana eclipsada para siempre, vuestra supremacía brutal dominada para siempre por un renacimiento increíble de Asia entera, resucitada, en pie, creyente, sabia,
armada de los pies a la cabeza[18].
Saint-Yves precisa a continuación que esta Asia a la que no habríamos sabido tender la mano tendría proyectos de justicia y cumpliría, en contra nuestra, «las promesas sociales de los abrahámidas, de Moisés, de Jesucristo y de todos los cabalistas judeocristianos».