Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 13 de 77

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Mala suerte

Capítulo 12

 

 

Durante las últimas dos semanas, Rafael Pichón había pintado cuarenta soldaditos de plomo, el doble de lo habitual. Era relajante. Pequeños figurines mates que iban cobrando color, personalidad, vida, gracias al pincel compulsivo de Pichón, reconcentrado en su labor durante horas en la pequeña habitación ordenada y pulcra; invadida la pared por las estrías de la humedad.

Estaba a punto de terminar un legionario francés, pero recordó que había quedado con Fabio Cotta a las cuatro en el Café Comercial. Iban a hablar de la obra, de El Mafioso Sirelli, iban a dirimir sus diferencias de las últimas semanas. Fabio Cotta iba a pedirle perdón, seguro.

Concentrado en sus soldaditos, a Pichón se le iban los minutos, las horas, y ahora se daba cuenta de que se le hacía tarde. Debo ser puntual para que no me reproche nada. Aunque él ha sido impuntual muchas veces y yo nunca se lo he reprochado…

Lo vio ya sentado mientras cruzaba la puerta giratoria. Fabio Cotta tomaba café en la barra y Pichón pensó que estaba más interesante que nunca.

Su primer impulso fue sonreírle, pero forzó la mueca de enfado que había ensayado frente al espejo, la mueca que requería una reunión donde finalmente aceptaría las disculpas de Cotta no sin antes recriminarle uno a uno el cúmulo de agravios que le habían ofendido en las últimas semanas.

—Qué tal —saludó.

—Bien —respondió Fabio Cotta con fastidio.

—Bueno, tú dirás —dijo Pichón sin relajar el ceño.

—Te he llamado para dejarte clara una cosa —⁠dijo Cotta incómodo, esperando a que Pichón tomara asiento en el taburete⁠—: no cuento contigo para la cabina… Voy a contratar otro técnico de luces… Así que… Lo siento.

Pichón sonrió como si escuchara un chiste. Luego las facciones de su cara se comprimieron, como si acumularan toda la tensión y el dolor de una noticia tan trágica, que no era capaz de digerir.

—¿Q-q-qué? —tartamudeó.

—Lo siento, Rafael.

—¿Qué?

—Lo siento.

—Yo una vez te regalé cuatro soldados…

Fabio Cotta se movió impaciente en el taburete.

—No tengo por qué aguantar tus chifladuras —⁠dijo⁠—. Ya son muchos meses. Lo siento. Has ido de mal en peor. Necesitamos alguien que no cause problemas y sea competente.

—Yo nunca le he dicho a Áurea que te acuestas con otras mujeres —⁠decía Pichón con la mandíbula y los párpados temblorosos⁠—. Lo que pasa es que tú tienes celos de que yo hable mucho con ella y temes que le cuente todos los cuernos que le pones…

—Rafael, estás mal de la cabeza. Hazte mirar la azotea. Es mi consejo. Suerte —⁠se despidió Fabio Cotta.

Pichón agarró el vaso de café que abandonaba Fabio Cotta sobre la barra, pero lo soltó por miedo a hacer añicos el cristal. Volvió la vista para ver cómo el actor se alejaba y desaparecía en la puerta giratoria ante la expectación sonriente de varias jovencitas, que lo habían detectado desde la calle, y no pudo impedir una lágrima lenta y llena de rabia, que lamió cuando rozaba la comisura de sus labios.

Lo había llamado loco una vez más.

Estaban locos ellos, todos ellos estaban locos. Toda esa gente que lo rodeaba. Señoritos de Chamberí tomando chocolate con churros, cañas, vinos; señoritos de Chamberí servidos por camareros de pantalón negro y camisa blanca y pajarita negra. Seudointelectuales de mierda. Camareros vendidos a la burguesía. Yo soy hijo de obrero, de portero, mi madre es una mujer muy inculta, pero muy buena persona. Siempre me ha contado que cuando yo era pequeño la vecina del tercero le preguntó qué carrera iban a estudiar sus hijos y mi madre no supo qué contestar. No sabía lo que significaba la palabra carrera. Pobre madre tengo. Se lo debo todo a ella. Mi padre es un idiota. Se cree alguien importante. No es más que un portero. Se cree alguien porque trabaja de portero en el barrio de Salamanca. Solo es un portero. Yo soy el responsable de luces de la Compañía de Teatro Fabio Cotta y no me lo tengo tan creído… Yo soy el técnico de luces.

Pidió una caña.

No era capaz de llevarse el vaso a la boca sin que el temblor de la mano derramara líquido sobre la pana de sus pantalones. Lo habían despedido. Su mejor amigo, por quien él había dado casi todo, lo había despedido. Canalla, canalla, envidioso, mentiroso. Yo soy el técnico de luces. Yo soy el técnico de luces.

Él es un burgués. Yo soy de la margen izquierda, pero voy a resistir. Voy a ganar la batalla. Yo soy el técnico de luces. Nací en La Elipa, ahora vivo en Vallecas. Soy auténtico como Joaquín Sabina. Eso nadie lo sabe, pero Sabina y yo somos casi iguales. Si un día nos encontramos, él verá que somos almas gemelas. Somos idénticos.

A los 37 años todavía hay tiempo de triunfar. Se lo debo a mi madre. Se lo debo a mi gente de la margen izquierda. Con ellos hasta la muerte.

La mano de Pichón volvía a temblar como su mandíbula, sus párpados y sus pensamientos. Yo conocí a Fabio cuando no era nadie. Cuando destacaba más como alcohólico que como actor. Yo lo he ayudado a ascender. Es famoso por mi culpa. Yo le he ayudado a dejar el alcohol. Yo le ponía los focos de la forma que más le favorecieran. Y eso él nunca me lo ha agradecido. Yo he ayudado a su ascensión. Más de lo que él se cree. Lo que pasa es que tiene celos de mi relación con Áurea. Cree que le voy a contar cosas. Porque él siempre ha ligado mucho, pero yo me llevo muy bien con Áurea. Cualquier día le puedo contar ciertas cosas. Él sabe que yo aconsejo a Áurea. Él sabe que yo soy su confidente. Es un egoísta. No le gustan los hijos. Ha dejado a Áurea sin hijos por puro egoísta que es. Y encima se enfada conmigo. Yo no necesitaba más ayudantes en la cabina y él me trajo a un pícaro que quería quitarme el puesto. Si le hice el vacío a ese pícaro fue solo porque se lo merecía. Quería quitarme el puesto. Con las cosas del comer no se juega. Iba de simpático. La gente le reía las gracias. A esos tan graciosos me los conozco. Son pícaros de la burguesía. Seguro que ese pícaro es el que me va a sustituir. Eres un falso, Fabio Cotta. Mentiroso. Envidioso. Mala sombra.