Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 69 de 77

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Mala suerte

Capítulo 68

 

 

—También vino a verme Sarita Lagos. Se había rizado el pelo y le quedaba algo peor que el peinado antiguo, pero estaba tan buena como siempre. Estuvo jugando con el niño de verdad, sin que me diera la impresión de que se forzaba a hacerlo, era como una madre nostálgica de lo que nunca había tenido. Había mucho de melancolía en su trato con Guillermo. Había también cariño, un cariño natural y espontáneo.

»Sarita Lagos eludía cualquier conversación sobre lo que me había ocurrido. Supongo que los médicos le prohibieron que me hablara del individuo que había intentado asesinarme, que ahora ya sé que era el mismo que mató a Fabio Cotta y a Maitena House, el mismo que irrumpió en mi despacho aquella noche vestido del Mafioso Sirelli, el mismo que cada vez que me veía en el despacho de don Fernando comenzaba a toser como el loco compulsivo que era.

»Era una delicia ver a Layla y Sarita Lagos, las dos tan distintas y tan guapas, hablando de pintura y de otras cosas que yo no escuchaba.

»Disfrutaba más de los gestos, las miradas, las manos, las bocas, los detalles visuales de una conversación que me ignoraba y que yo también ignoraba.

»A las dos las llevo y las llevaré en mi corazón.

»Me pongo cursi, doña Luisa, para decirte que Layla es la única mujer real que podré amar y no digo más por pura timidez, no es lo mismo hablarte a ti que a don Fernando, con el cual ya tenía una confianza de cuatro años, una confianza tal vez excesiva, de esas que dan asco.

»De la comisario no me interesa su personalidad, no me interesa demasiado su conversación, ni su forma de ser, nunca sería capaz de amarla, pero de ella rescato para siempre aquella vez que estuvimos encerrados en un baúl durante un espectáculo de magia.

»No sucedió nada, no entramos en ningún baúl, pero la intensidad con que imagino y rememoro aquel episodio tiene la categoría del mejor de los recuerdos, de algo inolvidable que llevo conmigo para siempre.

»Me quedo con la hermosa fantasía de que la besaba, la acariciaba, recorría su cuello con los labios… Me quedo con esa fantasía y la convierto en un recuerdo llamado a perdurar, perfecto como solo pueden serlo los productos de la imaginación.

»También me visitó Marta, mi exsecretaria, y me pidió perdón por un incidente que no viene al caso, y me dijo que había dejado a su novio, lo cual me alegró porque era otro sicópata. Y vino a verme Gonzalo, el camello del Casa Húmedo, cuyo pelo rubio aún me cuesta creer que sea natural, y me dijo que lo sentía, y el tío me ofreció marihuana y unas pastillas negras de opio, y le dije que no era el mejor momento para ese tipo de trapicheos… Layla lo echó sin contemplaciones.