Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 31 de 77

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Mala suerte

Capítulo 30

 

Eran las siete de la madrugada y, desde el movimiento suave de la mecedora, Sarita Lagos, arrebujada en el abrigo de visón, observaba el minucioso trabajo del pincel sobre el lienzo.

—¿Para cuándo cree que lo tendrá terminado? — ⁠preguntó.

—Este, pronto —respondió Layla con una sonrisa ⁠—. El que me llevará más tiempo es el otro, el que tengo guardado en el sótano. Este solo lo pinto para relajarme. Es un encargo de Esteban. Una playa italiana en la que estuvimos este verano.

Amanecía. Estaban en el porche del jardín. Al fondo, a los pies de la tapia cubierta de arizónicas, iluminada desde el interior, la piscina refulgía con un color azul cada vez más parecido al que iba tomando el cielo.

El ladrido lejano de un perro rompía de cuando en cuando el silencio.

—… Me hubiera gustado pintar… — ⁠dijo Sarita Lagos.

Layla se alejaba un poco para ver el cuadro.

—… Algunas veces me pongo a ello — ⁠prosiguió la comisario⁠—. En el colegio no se me daba mal… La pintura te desconecta de la realidad.

—Sí —corroboró Layla—. Es una sensación agradable.

—Hace un poco de frío, ¿no?

—Sí, pero a mí me gusta.

En el salón, el inspector miraba la televisión medio dormido en el sofá, al lado de un policía de uniforme que también cabeceaba.

Layla había llamado a la policía sobre la tres de la madrugada, después de que su hijo bajara desvelado por enésima vez para preguntar dónde estaba su padre, después de haber llamado demasiadas veces al móvil apagado de Esteban.

La prioridad con que se investigaba el asesinato de Fabio Cotta había canalizado rápida, eficazmente, la denuncia hacia el móvil de Sarita Lagos, que cuando escuchó la música de su teléfono hacía el amor con su novio en busca de una reconciliación, frustrada como de costumbre por el aviso.

Sarita Lagos telefoneó personalmente a Layla, sin saber todavía que se trataba de la pintora Layla Lorenzo, y lo que escuchó le gustó: una voz fina, que se expresaba con urgencia, como si quisiera terminar pronto las frases para ahorrar tiempo, directa en la descripción del hecho denunciado y sus antecedentes.

—El otro día alguien le tiró una piedra a la cabeza y hoy todavía no ha llegado a casa —⁠explicó Layla⁠—. Muchas veces llega tarde, pero siempre me llama o me deja avisos en el móvil y hoy no lo ha hecho. Estoy preocupada.

—Me tengo que ir —le había dicho Sarita Lagos a su novio, demasiado joven, demasiado pedante, demasiado iluso para comprender la llamada del deber profesional.

Se había reunido en comisaría con el inspector y en un coche patrulla habían desembocado en la carretera de La Coruña, donde habían reducido la velocidad por temor a pasar de largo el desvío hacia Majadahonda.

Ahora, en la mecedora del porche, Sarita Lagos se dedicaba a esperar noticias sin saber muy bien qué hacer, cómo excusar su incapacidad ante una mujer que seguía pintando sin descanso a punto de amanecer, expresando solo en contadas ocasiones su preocupación por el paradero de su marido, como si el refugio de la pintura tuviera entidad suficiente para aislar su ánimo incluso de las peores tragedias.

En el salón, el policía de uniforme roncaba y el inspector se resbalaba hacia el extremo del sofá más fofo que nunca, se transformaba definitivamente en un saco de patatas que resollaba como un eunuco, con una respiración chillona y asmática.

Eran las siete y media de la madrugada cuando Esteban apareció en el porche. Parecía un espantapájaros: el esqueleto delgado, los cabellos grises y rizosos, encrespados como un nido de cigüeñas, y el traje arrugado y húmedo.

—… Hola —dijo—. Hay dos policías durmiendo en mi sofá, cabeza contra cabeza y con la tele encendida.

Sarita Lagos, que dormitaba en la mecedora, abrió los ojos y volvió la cabeza para ver al abogado, que apenas había hecho ruido al abrir la puerta corredera para acceder desde el salón al porche. Layla dejó el pincel y la paleta en el suelo y fue a abrazarlo.

—¿Qué te ha pasado, carichi? He llamado a la policía.

—Lo siento. Me he emborrachado.

—¿Y por qué no me avisaste? Son las siete y media de la mañana.

—Porque me quedé sin batería.

—¿Y por qué no fue a una cabina? —⁠dijo Sarita Lagos, levantándose de la mecedora.

—Eso a usted no le incumbe, señorita. Le agradezco la molestia de venir hasta mi casa, pero la aventura ya ha terminado.

Los policías, medio dormidos y de mal humor, abandonaron el coqueto chalet, no sin antes dejar claro que llamarían en días sucesivos.

Con la nuca sobre el regazo de Layla, Esteban narró con detalle el trance en el maletero del Renault 19.

Dos o tres veces se incorporó para dramatizar las posturas, los miedos, las sensaciones de su cautiverio, la ira, la impotencia, los forcejeos y conversaciones con el novio de su secretaria hasta la liberación.

—¿Y por qué no se lo has dicho a la policía?

—Porque he dado mi palabra de que no denunciaría nada.

—¿Cómo que has dado tu palabra? Ese hombre quería matarte.

—Da igual. Le he dado mi palabra de que no lo denunciaré y la voy a cumplir por la cuenta que me tiene.

—Ni hablar —dijo Layla.

Fue hasta el teléfono y empezó a marcar.

—¡No! —dijo Esteban, arrebatándole el aparato.

A mediodía, mientras Esteban mojaba una magdalena en el café con leche, Layla apareció en la cocina.

—Acabo de contarle a la comisaría todo lo que ocurrió anoche.

La magdalena chapoteó en el café.

—¿Qué? —dijo Esteban.

—Lo que oyes.

—Ahora sí que la has hecho buena.

—Como comprenderás, no voy a permitir que ese individuo ande suelto por ahí. Ha intentado matarte.

—Ahora sí que la has hecho buena.

—Es lo que había que hacer.

—Layla, ¿te das cuenta de lo que has hecho? ¿Estás loca o qué? Esto no es Escandinavia, aquí la policía es tercermundista… Ahora sí que estoy en grave peligro… Te dije que no dijeras nada…

Pero Layla ya había desaparecido hacia el porche, recogía la paleta y el pincel y volvía a pintar.