Mala suerte
Capítulo 29
Es curioso lo tranquilo que estoy, pensaba Esteban, es curiosa esta inesperada serenidad que parece consecuencia de un fármaco que no he tomado y que tampoco tengo necesidad de tomar.
Estoy a oscuras, acorralado en este maletero sabe Dios dónde, en peligro de muerte…, y estoy tan tranquilo, esperando lo peor sin miedo…, con una expectación incluso placentera. Me repito la palabra muerte, conjugo el verbo morir en presente (estoy muerto), y esa palabra, ese verbo, esa conjugación carecen del barniz inquietante de antes, ya no significan nada que remita al temor o al sufrimiento.
El coche había dejado de moverse y Esteban se encogía como un feto en la negrura de su cautiverio, cerraba los ojos y disfrutaba y se sorprendía de la ausencia de miedo, de verse de pronto preparado para lo peor como nunca habría soñado.
En el frente de Aragón su abuelo se había rendido a los nacionales después de una desbandada general. Unos moros lo habían tomado como rehén y uno de ellos, encargado de trasladarlo hasta la prisión improvisada del frente, había hecho el ademán de fusilarlo en mitad del trayecto. Esteban se veía de niño cuando meditaba incrédulo el relato de su abuelo —esa serenidad que dijo sentir ante la inminencia del fusilamiento— y ahora entendía plenamente, ahora le parecía escuchar de nuevo la voz de su abuelo llena de sentido, revivía la bondad de ese hombre cuyo testimonio le resultaba más cercano que nunca veinticinco años más tarde, encerrado en un maletero.
El recuerdo se disipó de pronto y Esteban modificó la postura para escuchar lo que parecía una discusión.
Una voz de mujer y otra de hombre se confundían más allá de los límites negros de su prisión; pugnaban por vencer una sobre otra.
Era Marta, sí, era Marta, Marta autoritaria y dura, Marta reprochando a su novio el secuestro.
Las voces llegaban ahora más nítidas.
—Me voy a quedar sin trabajo por tu culpa —escuchaba Esteban aterrado—. Sácalo inmediatamente.
—Ya no lo puedo sacar. Me denunciará a la policía. Me meterán pa dentro. Es abogado.
—Sácalo, por favor. Manuel, sácalo.
—Tú le quieres a él. Tú le quieres a él. No pienso sacarlo.
—Sácalo —lloraba Marta—. Sácalo, por favor; se va a ahogar.
—No llores, por favor, no llores, ranita. Solo quería darle un escarmiento para que no te acose más. Solo quería que supiera que nadie me quita la chica, ni siquiera él.
—Manuel, yo te he dicho mil veces que él no significa nada para mí.
—Ya, ya —la voz grave del hombre perdía consistencia —, pero luego me hablas mucho de él y eso me da que pensar.
—Te hablo de él porque trabajo con él…
—Pero eso a mí me da que pensar… Y además, si ahora lo suelto me denunciará y yo no quiero ir a presidio… Allí te dan por detrás en cuanto entras.
—¿Pero tú estás loco? ¿Qué pretendes? ¿Matarlo?
—No. Yo solo quiero darle un escarmiento…, pero si ahora lo suelto puede que me denuncie y yo no quiero terminar en presidio…
Los puños de Esteban comenzaron a golpearlo todo.
—¡No! —gritaba—. ¡Te doy mi palabra de honor de que si me sacas de aquí no te denunciaré! ¡Te doy mi palabra de honor! ¡Te lo juro por lo que quieras! ¡Olvidaré todo, como si nada hubiera ocurrido!
La pareja había dejado de hablar. Ahora Esteban solo escuchaba el viento.
—… Te lo prometo. ¡Me oís! ¡Díselo, Marta! Díselo tú. ¡Siempre cumplo mi palabra!
Escuchó de nuevo el llanto de Marta.
—¡Marta! ¡Díselo tú!
—Eso es verdad —dijo al fin la secretaria —. Siempre cumple su palabra.
—¿Ah sí? —replicó el hombre—. ¿Y la subida de sueldo que te prometió?
—¡Ya le he subido dos veces el sueldo! Por favor, sacadme de aquí. No diré nada. Tengo un hijo de siete años y una mujer. Sacadme, por favor…
—Sal.
El maletero estaba abierto. Esteban sintió el alivio del viento frío y húmedo sobre el cuerpo. Olía a campo.
—¿Dónde estoy?
—Sal —repitió el hombre.
Esteban frunció los ojos como si la luna llena lo deslumbrara. Lentamente se incorporó y salió del coche. Le dolía la espalda, el cuello, los nudillos, las rodillas, los ojos.
—¿No me denunciarás?
—No —masculló Esteban.
—¿Seguro?
—¿Lo prometes?
—Sí.
Marta esperaba en el asiento del copiloto. Se escuchaba su llanto.
El cuerpo de Esteban, como un árbol torturado, se estiraba lleno de dolor.
—Ay. Mi espalda.
—¿No despedirás a Marta?
—No.
—¿Lo juras?
—Sí.
—¿Le subirás el sueldo?
—¡Déjalo ya, Manuel!
El coche arrancó. Se convirtió en dos luces rojas del horizonte oscuro, que se desvanecieron en seguida.
Esteban se encontraba en una carretera desnuda, sin iluminación, sin aparentes focos urbanos en el horizonte. Era un desierto de oscuridad y frío donde el viento soplaba enérgico, sacudía la maleza que se intuía en los límites negros de la carretera. Se tocó el brazo.
—Como poco me lo ha roto… — murmuró—. Cabrón.
Comenzó a andar sin dirección. No pasaban coches. No se veía nada.
—Menudo trago.