Mala suerte
Capítulo 69
—¿Qué dice el bloc? —preguntó Pichón.
—Nada. Tiene anotaciones sobre pacientes.
—Lea alguna.
—No puedo, va contra mi ética profesional.
—Lea.
—Está bien, hombre. Pues mira, así, abriendo al azar…
—Lea.
—Leo: «Paciente X: desde el accidente del niño, él camina por la senda de un cierto cinismo hedónico o hedonismo cínico mal digerido; ella, al parecer, y por lo que él cuenta, pinta más que nunca. ¿Posible conflicto silente entre ellos que ambos evitan afrontar con esas actitudes?…» —don Femando cerró el bloc y miró a Pichón a los ojos—. Y ya no estoy dispuesto a leer más porque la ética es la ética; tú, que eres legionario, deberías saberlo…
No era fácil no irritar a Rafael Pichón, pero, en un esfuerzo agotador por mantener la apariencia de normalidad, don Femando lo estaba logrando. El siquiatra comprobaba que los halagos muy muy disimulados (porque si percibía un ápice de falsedad en ellos, Pichón, mal encarado, se crispaba) eran la mejor fórmula para apaciguar el ánimo del paciente, siempre suspicaz; la única forma de mantener distraído su complicado temperamento.
Aparentando una seguridad que no tenía, el siquiatra guardó el bloc en el primer cajón del escritorio.
—¿Por qué lleva siempre gafas oscuras? — preguntó Pichón.
—Porque me molesta la luz.
—Mentira.
—Porque me falta un ojo.
—Mentira.
—No pienso quitarme las gafas, Rafael. Me falta un ojo y me da igual si no lo crees.
Era un día soleado. A través de la ventana abierta, situada tras la espalda del siquiatra, subía el rumor de un transistor de radio perfectamente audible. Don Fernando ojeó el reloj y sintió un escalofrío al entender que muy pronto serían las cuatro de la tarde y ese transistor expulsaría las noticias del día, que Pichón protagonizaba sin remedio como presunto asesino de Fabio Cotta y por el intento de asesinato de Esteban Gómez Rescello, en coma en el hospital.
Si Pichón escuchaba la repercusión de su último acto criminal, de cuya gravedad era más o menos ignorante o desdeñoso, se pondría muy nervioso, con el consiguiente riesgo de violencia, así que don Femando se incorporó del asiento asumiendo el riesgo de levantar alguna sospecha estrafalaria en Pichón y cerró la ventana, cortando de golpe el sonido de las señales horarias de Radio Nacional de España.
—¿Por qué la cierra?
—Entra una brisa muy molesta.
—Mentira. Hace mucho calor.
—Recuerdo cuando eras niño…
—Abra la ventana.
—¿Por qué?
—Hace mucho calor.
—Yo tengo frío.
—Mentira. Hace mucho calor.
—Bueno, pues te culparé de la gripe.
Don Fernando volvía a incorporarse de su asiento, demorando al máximo sus movimientos. Llegó hasta la ventana, agarró la manija con ambas manos, y suspiró:
—Yo no tengo calor —dijo para ganar unos segundos —, yo tengo frío.
—Ábrala.
La abrió y al instante ascendió una voz de radio que se despedía hasta el próximo boletín de noticias. La garganta del siquiatra ahogó a duras penas el suspiro de alivio.
—Ya está —dijo.
—Gracias.
—¿Por dónde íbamos?
—No sé.
—Recuerdo que cuando eras niño eras muy callado y silencioso —dijo don Fernando al cabo de un rato—, pero estabas siempre en la calle y se te veía algo… Talento o algo así… ¿Qué recuerdas de tu infancia, Rafael?
—No repita mi nombre. Recuerdo cosas.
—¿Como qué cosas?
—Yo no era como los otros chicos del barrio. Yo sabía que yo era pobre y ellos ricos. Yo tenía menos oportunidades que ellos. Y mi padre se creía alguien solo porque era portero del edificio, que estaba lleno de ricos como usted.
—¿Te consideras marxista?
—Sí, pero tengo mis propias opiniones.
—¿Has leído El capital, Rafael?
—No repita mi nombre.
—¿Lo has leído?
—No.
—Pues deberías leerlo, teniendo en cuenta tu ideología.
—Yo no soy un ignorante. Yo leo mucho. Leo libros de Napoleón.
Don Fernando volvía a repasar de soslayo la hora que marcaba su muñeca. Desde la calle llegaba la música folclórica del transistor: Pi-chi, es el chu-lo que cas-ti-ga… El siquiatra calculaba que la mejor probabilidad de escapar residía en contener la tendencia homicida de Pichón hasta las cinco. A esa hora llegaba el primer paciente de la tarde, lo que le daría la oportunidad de excusarse ante Pichón para ir a abrir la puerta: en vez de recibir la visita, saldría del piso, cerraría con una vuelta doble de la llave y escaparía escaleras abajo hasta llegar a la calle.
Pero para eso todavía quedaba casi una hora y Rafael Pichón permanecía de pie, insignificante y peligroso en el escenario vertiginoso de las enormes estanterías de caoba y los cuadros rojos. Don Fernando sabía lo que tenía que hacer, debía fomentar conversaciones en las que Pichón viera reforzado su ego, por eso se vio sorprendido cuando, traicionado por su irresponsable vocación profesional, salió de sus labios una pregunta que de golpe hacía añicos el plan de escapatoria poniendo en serio peligro su vida.
—¿Por qué mataste a tu padre, Rafael?