Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 67 de 77

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Mala suerte

Capítulo 66

 

—… Abro los ojos y veo la carona gris del director general, con su papada colgando hacia mí, como una gelatina bien afeitada que fuera a caerme encima. El tío se comportó de forma increíble en el peor de los sentidos. En vez de llamar al médico o a la enfermera para informar de que por fin yo había despertado tras quince días en coma, me muestra orgulloso un folio con el logotipo de la compañía de seguros, y comienza a leerme con toda solemnidad y sin borrar su sonrisa un comunicado del puñetero Mister Robertson. Creí entender que el presidente manifestaba que él y su familia rezaban por mi pronto restablecimiento y que la compañía entera estaba pendiente de mí para volver a recibirme con los brazos abiertos.

»Recuerdo que luego vino la enfermera, recuerdo que le pidió al director general que saliera de la habitación. Recuerdo la sonrisa de la enfermera, muy distinta a la del director general: sincera, como si no se creyera del todo que hubiera despertado y realmente lo celebrara. La escuchaba decir que tenía suerte de estar con vida, que tenía un corazón de hierro, y recuerdo la angustia de no poder hablar, como si aquel mago me hubiera quitado de nuevo la voz, de sentirme incapaz de preguntar quién era el hombre que gemía en la habitación contigua, cuya voz me sonaba.

»Recuerdo que seguía mudo cuando Layla y Guillermo aparecieron radiantes en la habitación.

»Layla me contaba que había estado a mi lado día y noche, velando permanentemente por mi sueño forzoso, y me sentía culpable de haber despertado justo cuando ella había bajado a tomar un bocado a la cafetería. No podía comunicarlo, pero sentía el remordimiento de que la recompensa de mi despertar la hubiera malgastado el detestable director general por pura casualidad, y no Layla y mi hijo, que habían permanecido allí la mayor parte del tiempo.

»A pesar de que necesitaba calmantes porque la bala seguía causándome fuertes dolores (entró por el omoplato y recorrió el brazo hasta frenar y quedar incrustada en la muñeca de forma increíble), aunque estaba convencido de mi Mala Suerte y sabía que ya nunca me recuperaría de ese miedo, yo disfrutaba como nunca de Layla y el niño, los tenía cerca, les hacía sitio en mi cama para tenerlos más cerca, recibía sus besos y sus cariños y se los devolvía, muy consciente de que ese amor podía, si no vencer, al menos menguar la Mala Suerte.

»Le dije a Layla que, en cuanto pudiera regresar al trabajo, me daría de baja en la empresa, y ella estaba de acuerdo y me acariciaba el pelo y la mejilla, y el niño jugaba por la habitación con esa naturalidad increíble de los niños, que se adaptan con tanta facilidad a los cambios por adversos que sean. Había tanta alegría, tanta despreocupación en la actividad de Guillermo que yo también sentía ganas de vivir como nunca, de que me contaran qué había pasado durante esos quince días de ausencia.

»Uno es capaz de saber quién y cómo era a partir de los 16 o 17 años. Pero todo lo anterior, esa otra vida que fue la niñez, solo se comprende al observar a tu hijo viviendo, jugando, riendo, señalando un helicóptero que cruza la ventana volando demasiado bajo y haciendo mucho ruido. Ver a tu hijo es comprenderte como niño, cerrar el círculo del autoconocimiento, doña Luisa.