Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 46 de 77

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Mala suerte

Capítulo 45

 

Acostumbrado a levantarse más tarde de las nueve para acudir al bufete, Esteban se asustó cuando a las siete menos cuarto de la mañana del lunes el timbre del despertador frustró su prometedor sueño al lado de Sarita Lagos.

Se despidió de Layla besándole la frente —⁠aún dormía y apenas respondió con un gemido⁠—, y lo mismo hizo con su hijo; salió de ambas habitaciones descalzo y de puntillas.

Después de una hora de circulación lenta por la carretera de La Coruña, entró en Madrid, y todavía tardó media hora en llegar a la sede de la compañía de seguros.

Le esperaban los cinco directores en el vestíbulo, sonrientes pero malhumorados por su tardanza. Los cinco escoltaron a Esteban por el largo pasillo hasta su nuevo despacho, un cubículo más pequeño de lo que Esteban había imaginado y deseado.

Una secretaria sonriente y seis empleados muy pulcros, con chaqueta y corbata, aguardaban su llegada comprimidos en la pequeña habitación decorada con una estantería, un escritorio pequeño y sobrio y varios retratos del presidente de la compañía colgados de las paredes, muy blancas, como recién pintadas con un gotelé que pinchaba.

—Os presento a Esteban Gómez Rescello —⁠dijo el director general (más viejo, más arrugado, con peor cara que el otro día, pensó Esteban)⁠—. Es el nuevo subdirector de la asesoría jurídica, y que su juventud no os llame a engaño: Esteban Gómez Rescello ha demostrado en cuatro años de servicios externos para esta casa una capacidad de entrega ejemplar, que ha sido alabada por el propio Martin Robertson en persona, y aquí está su recompensa: el servicio que a partir de ahora desempeñará con nosotros, ya no desde fuera como colaborador, sino desde dentro, codo con codo con quienes tenemos el honor de pertenecer a esta casa.

Cuando todos abandonaron el despacho, Esteban agarró el teléfono.

—Layla.

—Sí.

—¿Qué tal?

—Bien —respondió Layla—. Estoy desayunando con Guillermo.

—Ya sé qué cargo tengo.

—¿Cuál?

—Una mierda, subdirector de la asesoría jurídica.

—Pues renuncia. No te merece la pena.

—No puedo, ya he firmado el contrato.

—¿Te han dado copia?

—No, aún no la he pedido.

—Ah.

—No, no digas «ah», es que todavía no he tenido tiempo… ¿Está el niño?

—Sí, aquí está. Guillermo, es papá.

—Hola, hijo. ¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Vas a ir ahora al colegio?

—¿Qué estás?, ¿comiendo?

—Sí, una tostada.

—Bueno, pásame con mamá.

—Vale.

—Oye.

—Qué.

—Que eso. Que luego hablamos.

—Vale.

—Hasta luego.

—Hasta luego.