Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 42 de 77

Páginas del PDF

Mala suerte

Capítulo 41

 

Palmadas en la espalda, apretones de mano, un cava y luego otro. El director ejecutivo, el director comercial, el managing director, el director jurídico…, muchos directores felicitaban a Esteban por el último caso ganado en los tribunales para la compañía de seguros y el abogado se mareaba, sonreía, respondía mil veces «gracias» obsesionado con la moqueta que invadía todas las estancias; asustado, abrumado pero alegre por un recibimiento que no esperaba.

Moqueta aquí y allá, por todas partes, en todos lados. Los timbres de los teléfonos penetrando la atmósfera granate desde todas las habitaciones y todos los rincones. Desde este despacho y desde aquel. «Esta gente no sé cómo puede trabajar entre tanta moqueta granate —⁠se decía Esteban⁠—. Produce vértigo».

Escoltado por los trajes y las corbatas, las arrugas en las caras de los cinco directores, Esteban disimulaba su zozobra y entraba, después de atravesar un pasillo infinito, oscuro y granate, en una habitación iluminada en blanco por la luz destellante de varios tubos halógenos dispuestos en línea. Los directores se sentaban a la mesa redonda y Esteban permanecía de pie hasta que le ofrecían el asiento libre, tapizado también de granate.

—Gracias.

—Esteban Gómez Rescello —decía el más viejo de los directores después de aclarar la voz con varios carraspeos⁠—. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando como abogado externo de la casa?

—Tres años y medio.

El director había agarrado un maletín del suelo, lo había abierto sobre la mesa y extraía una carpeta con tres folios grapados, llenos de números. Se colocó las gafas y echó un vistazo a las cifras.

—Según nuestras cuentas has trabajado con nosotros cuatro años, dos meses, tres semanas y dos días. Has llevado 122 pleitos. Has sido derrotado en 54 ocasiones y has vencido en 68. Entre nosotros, y sin que salga de España, los pleitos que has perdido eran de poca monta: la cañería que se rompe…, el ascensor que se cae… Sin embargo, has ganado todos los contenciosos millonarios y eso es una honra para esta casa, porque no solo mejora nuestras cuentas sino que revierte en nuestro buen nombre. Dentro vídeo.

Del centro de la mesa brotó como una flor ultraplana una pantalla orientada hacia Esteban.

Una espiral granate sobre el fondo negro de la pantalla dejó paso al logotipo de la compañía de seguros, el célebre chupete, que se difuminaba, se transformaba en unos dientes muy blancos, unos ojos muy azules que llenaban la cara de un hombre sonriente y calvo.

—¡Sorpresa! —sonrió uno de los directores hacia Esteban.

El hombre de la pantalla comenzó a mover la boca y por los altavoces de la sala surgió unos instantes más tarde su voz, que se expresaba en inglés. Era el presidente de la división europea de la compañía: el norteamericano Martin Robertson. Subtítulos bajo su barbilla traducían un mensaje de felicitación genérico, grabado para complacer vanidades poco exigentes, según pensó Esteban.

Esteban se preocupaba por componer el gesto adecuado que reflejara una mezcla de sorpresa y agradecimiento ante los diez ojos que lo observaban y, concentrado en esa tarea, apenas atendía al discurso, del que únicamente captaba la reiteración de palabras como calidad, excelencia, proactividad…

—Bien, ¿qué te ha parecido? — ⁠dijo el director más viejo, cuando lentamente la pantalla volvía a incrustarse en la mesa.

—Muy bien —balbuceó Esteban.

—¿Solo eso?

—¿Tengo que decir algo más? —⁠se escuchó decir.

Se daba cuenta de que no se había enterado de nada. Los diez ojos lo miraban, inquisitivos.

—Tienes que decir —sonrió el director general, el más viejo, el más calvo, el más arrugado y más fumador de los directores⁠— si aceptas el puesto que te ofrece nuestro presidente…

—Ya… —dijo Esteban—. Me gustaría conocer más detalles —⁠acertó a decir.

—Por supuesto. Te lo repito por si aún no te lo crees: 50 000 euros anuales; las condiciones del seguro médico, del plan de pensiones y de las comisiones se detallan aquí.

La mano venosa del hombre empujó una carpetilla granate que se deslizó por la superficie barnizada hasta frenar exactamente a escasos centímetros de la corbata de Esteban.

Esteban abrió la carpetilla y el director que estaba a su derecha le puso una pluma en la mano.

Habría querido decir que necesitaba pensárselo, que deseaba consultarlo con su mujer, que no estaba seguro de querer un cargo que no sabía cuál era, porque en su aturdimiento no se había enterado de nada, que por ahora estaba a gusto con su profesión liberal y su condición de colaborador externo de la compañía; pero la presión de los diez ojos venció su voluntad, y con la mejor de las sonrisas firmó en el espacio que le reservaba el contrato.

Luego todo sucedió muy rápido. Ya no era él quien volvía a recibir apretones de mano y palmadas en la espalda, quien era invitado a otra copa de cava. Tampoco era él quien desandaba el largo pasillo oscuro y granate y sentía la náusea de la moqueta por todos lados, el sonido de los teléfonos incansables. Se quedó con una frase, «bienvenido a la casa», y solo en la calle la brisa fresca de la noche lo reencontró con su cuerpo, lo devolvió a la percepción de sí mismo desde dentro y no desde fuera.

—Luego me quejo de la Mala Suerte —⁠se dijo sin entender.