Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 19 de 77

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Mala suerte

Capítulo 18

 

Hojeas el Hola sin leerlo, Sarita, solo miras como aburrida las fotos en las que a veces te detienes, por ejemplo ahora ante el hijo mayor de Diana de Gales, que cada vez está más guapo. Este es casi tu único descanso en las últimas 48 horas, porque no has dejado de darle vueltas al crimen, has insistido una y otra vez en busca de la hipótesis que explique de antemano un asesinato que, por la polvareda mediática que ha levantado, crispa tu ánimo en la misma medida que lo motiva.

Repasas mentalmente el testimonio del anciano vecino del bloque que poco antes del asesinato coincidió en el portal con un hombre rubio. El anciano ha sido lacónico pero expresivo, dice que dejó entrar al sospechoso —⁠le sujetó la puerta del portal⁠— porque, aunque no lo conocía de nada, le pareció digno de confianza.

—Iba bien vestido y era rubio… —⁠se ha justificado.

—¿Era rubio o llevaba una peluca rubia?

—Podía ser rubio o podía llevar una peluca rubia —⁠ha sentenciado⁠—. Ahí ya no sé qué decirle.

Te habías propuesto no fumar más de media cajetilla al día, pero desde que sospechas que la relación con tu novio se extinguirá tarde o temprano excedes en cuatro o cinco cigarrillos ese límite y desde que te ocupas del reciente asesinato de Cotta lo rebasas en diez o doce, mandas todo a la porra con la esperanza de recuperar la contención que has perdido cuando las aguas laborales y sentimentales vuelvan a su cauce. Sientes una energía dispersa que no sabes cómo manejar, que se debate entre la ansiedad por resolver el crimen cuanto antes y las ganas de no volver a aparecer por comisaría y huir hacia algún lugar imposible en mitad del Pacífico. Empiezas a estar un poquito harta de que se te mire con una lupa distinta, de que se vigile permanentemente tu capacidad desde la delegación del Gobierno, cuando tú les das mil vueltas a todos los idiotas que te rodean en comisaría. Machistas son ellos, que nunca terminan de aceptarte del todo.

Finalmente te sabes optimista y acaban triunfando en ti las ganas de demostrar una vez más quién eres. Muy pocas veces te tomas en serio las ganas de abandonarlo todo, porque hay algo en ti que no te deja parar, que maneja tus actos con una determinación casi involuntaria, algo en ti que no sabes cómo denominar: instinto, ambición, afán de superación, competitividad o amor propio; o quizás una mezcla de todo eso.

«Allí va la comisario Sarita Lagos con su aureola», murmuran los policías cuando te ven pasar, y tú no estás dispuesta a renunciar a ese placer de saberte deseada por unos y envidiada por otras; pues son ellas, las cuatro feas asignadas al trabajo burocrático de los DNI, quienes han inventado lo de la «aureola» y lo dicen con retintín, lo repiten para introducir entre la admiración de sus compañeros policías y tú un elemento de altanería que os distancie, que convierta tu belleza en una cualidad sospechosa. Pero van listas. Jamás renunciarás a la seducción. Nunca dejarás de jugar a ser una especie de diosa de los deseos que de cuando en cuando condesciende a sonreír a quien acaba de sorprender mirándole el trasero.

Tu padre te enseñó que la seguridad que los demás ven en ti es la única que cuenta —⁠lo importante es lo que aparentas aunque por dentro tengas ganas de llorar, de gritar o de dormir⁠—, la única que condiciona los comportamientos de quienes te tratan. El pobre había soñado un hijo y le nacieron tres hijas (no se atrevió a probar más por temor a una cuarta), por eso recibiste una educación masculina, y pronto aprendiste a comportarte como si nada te asustara.

De manera que te obligas a ser fuerte, y ya forma parte de tu personalidad caminar con la cabeza alta y el dibujo de una media sonrisa en los labios como si fueras la mujer más feliz y segura del planeta Tierra y de parte del Universo, incluido el barrio de Salamanca y San Sebastián, adonde ibas a veranear cuando eras una niña rubia y graciosa.

Pero muchas veces te sientes realmente feliz, como en este momento en que hojeas el Hola y ciertamente logras desconectar de esa ansiedad que te devora últimamente, una ansiedad a la que también contribuye la insistencia con que los periodistas llaman preguntando por el caso Fabio Cotta. «No daremos datos, que llamen al juez», le has advertido por enésima vez al inspector, que es incapaz de tomar una decisión sin preguntar veinte veces.

Descansas la mirada en el Hola y dejas que fluya por tu cuerpo una envidia superficial y ociosa que apunta hacia Penélope Cruz.

Nunca la has valorado demasiado, te ha parecido una actriz del montón, su físico tampoco te llama mucho la atención y ni siquiera puedes recordar en este momento qué películas suyas has visto, pero la ves al lado de Tom Cruise y no te parece justo, crees que esa mano debería sujetar la tuya, esos ojos mirar los tuyos. Pasas página y la envidia se disuelve como un azucarillo en el agua y te sientes afortunada de no ser como Cher, porque tú estarás cerca de la cuarentena, tú tendrás un novio demasiado joven, demasiado inmaduro, al que no sabes por qué ya no quieres, tú no habrás logrado formar una familia como Dios manda, pero al menos sigues siendo guapa y te sientes a gusto con tu edad y no entiendes esa desesperación de Cher, demasiado estirada, demasiado parcheada, completamente desquiciada en su lucha contra las huellas improrrogables del tiempo.

Te mereces un cigarrillo y sin dudarlo enciendes el decimocuarto del día y así te das ánimos (qué demonios, me lo merezco), y por enésima vez piensas en tu novio, que es demasiado joven, que tú eres demasiado mayor aunque te sientas bien contigo misma, que prefieres no pensar demasiado en la decisión que crees que has tomado, que tampoco sabes si lograrás soportar vivir sola, y en seguida piensas en los hombres que te rodean y recuerdas que basta hacer un comentario sobre el pene, la boca de una mujer hablando de un pene, para que todos se asusten, rían nerviosos… Piensas de pronto que a lo mejor basta con pregonar a los cuatro vientos que tu novio la tiene pequeña para que dejen de mirarte con lupa, de examinar cada paso que das, y te ríes con el disparate que acabas de pergeñar. Te ríes sin reír, con la mirada en el Hola, pasando las páginas tranquilamente, y esa risa resuena en tu cerebro como un eco amplificado, es una risa agradable, un ja, ja, ja de risas que está en tu cabeza, un ja, ja, ja que se transforma en alboroto, ruido, una voz gritando, dos voces, no es una alucinación, las voces aumentan el volumen, hay una discusión. Cierras el Hola, apagas el cigarrillo y abres la puerta de tu despacho. Sí; alguien protesta en el primer piso. Es un hombre. Se desgañita, grita que lleva dos horas esperando infructuosamente para interponer una denuncia, dice que alguien quiere asesinarlo y que la policía no hace nada por evitarlo, que es la segunda vez que viene y que nadie lo atiende, que paga sus impuestos religiosamente y que exige su derecho constitucional a la integridad física y a la protección del Estado…

La voz blanda, femenina, borrosa del inspector Mariano te irrita cuando la escuchas pugnar inútilmente por imponerse sobre la voz más decidida, mucho más poderosa y fuerte, del hombre que protesta fuera de sí.

Tendrías que verte, Sarita, estás preciosa en el vano de la puerta, tienes una carita tan guapa mientras escuchas un poco traviesa lo que pasa… Tendrías que verte cuando dudas si bajar y poner orden y finalmente prefieres regresar a tu despacho y continuar leyendo el Hola como si nada…

Más tarde, el inspector llama a tu puerta con un «toc, toc, toc» tan blando como él, un «toc, toc, toc» grimoso y débil.

—¿Qué ha sucedido abajo, Mariano?

—Un hombre que protestaba.

—¿Y por qué protestaba?

—Decía que la comisaría es un nido de burócratas.

—¿Qué quería denunciar?

—Parecía un desequilibrado. Traía la denuncia redactada de casa. Un intento de asesinato.

—Un intento de asesinato es siempre un intento de asesinato. Tráeme la denuncia, por favor, Mariano.

No te cabe duda de que el denunciante es abogado, lo notas al poco de comenzar a leer el texto escrito en dos folios con letra New York, dos folios que el inspector abandona con mucha delicadeza sobre tu escritorio para luego desaparecer cerrando con el mismo sigilo la puerta. Descubres al abogado en el estilo engolado, histriónico y moroso de la redacción, idéntica pedantería con la que fue escrita tu demanda de separación matrimonial varios años atrás; el mismo estilo en que fue redactada la sentencia que te dio finalmente el divorcio poco después, y que debes de conservar en algún rincón de tu apartamento, Dios sabe dónde.

Antes de continuar leyendo vuelves a los datos del denunciante: se llama Esteban Gómez Rescello, tiene 35 años, está casado, tiene un hijo y es vecino de Majadahonda.

El hombre narra, y tú sigues la narración con el dedo —⁠palabra por palabra, línea a línea⁠—, que hace quince días una piedra lanzada por alguien que no vio casi lo descalabra, menciona que a partir de entonces tuvo la «sensación esquizofrénico-paranoide» de estar siendo seguido o vigilado, sensación reforzada por una «mano negra» que días después desinfló una rueda de su coche. En mitad del relato subraya la visita de un excéntrico individuo a su bufete, y finalmente termina describiendo el presunto intento de asesinato acaecido anoche mismo: alguien le lanza otra piedra mientras camina desde el bar Casa Húmedo de la calle Amaniel hasta su coche, cae al suelo, se incorpora, intenta perseguir al agresor; pero, mareado por el impacto de la piedra, lo pierde de vista. Resultado: cinco puntos de sutura en la coronilla.

Te divierte la denuncia. Es al mismo tiempo curiosa y misteriosa, pero cuando la dejas a un lado para retomar el Hola te das cuenta de que la despachas demasiado rápido. Lees de nuevo el párrafo en el que el denunciante narra la extraña visita a su bufete, situado en el 53 de la calle Juan Bravo, de un hombre que lleva la cabeza vendada con unas bragas, un sujetador y un calzoncillo. Enciendes un cigarrillo porque apenas puedes contener la emoción mientras tus ojos recorren una y otra vez ese episodio. Despliegas un mapa del barrio de Salamanca y confirmas la cercanía del bufete del denunciante con el apartamento donde murieron Cotta y su amante… Aspiras varias caladas profundas y llamas al inspector.

—¿Sí, comisario?

—¿Ha leído usted la denuncia del abogado?

—Por encima, comisario.

—Mal hecho, Mariano.

—¿Por qué, comisario?

—¿Qué día fueron asesinados Fabio Cotta y Maitena House?

—El lunes 22 de febrero.

—¿A qué hora?

—Creemos que sobre las ocho de la noche.

—¿Qué ropa faltaba a los cadáveres?

—La ropa interior, comisario.

—Bien. Ahora por favor lee de nuevo esta denuncia: sobre todo este párrafo; fíjate en el día, la hora, el lugar en que sucede lo que aquí se narra.

Qué guapa estás, Sarita, cuando apagas el cigarrillo y enciendes otro para celebrar el inesperado y feliz hallazgo.