Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 58 de 77

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Mala suerte

Capítulo 57

 

—… La siguiente vez que fui con Sarita Lagos al teatro el alcalde no se atrevió a aparecer, escaldado por el papelón que había hecho en la primera reposición frustrada, supongo.

»Entendí en seguida por qué la comisario Lagos quería que yo asistiera a esa obra tan lamentable, tan mal interpretada para más inri por el sustituto del gran Fabio Cotta.

»Sara Lagos no dejaba de mirarme e íntimamente yo sabía que en ese escrutinio solo había un interés profesional, aunque mi vanidad prefería creer otra cosa.

»Apareció en escena el Mafioso Sirelli, después de que, esta vez sí, el escenario se iluminara, y mi respingo, mi sorpresa, la taquicardia de mi corazón fueron las reacciones que Sara Lagos buscaba desde el principio. Por eso sonreía mientras yo me asustaba. Aquel actor mediocre hablaba de que las ratas lo insultaban cuando era niño, establecía esa comparación tan burda y tan pobre entre vidas humanas y norias, proponía el asesinato de un hombre a cambio de dos millones de pesetas, ese Sirelli de pacotilla repetía frases enteras que había utilizado aquel visitante extraño que penetró en mi despacho, decía las mismas cosas o cosas muy parecidas y vestía igual, salvo que cubría la cabeza con una peluca rubia en vez de un calzoncillo. Era como si yo hubiera sido víctima de un guion de cámara oculta, la víctima ignorante de una comedia con sangre real que ahora se desvelaba ante mis ojos. La comisario, más profesional que nunca, me explicó entre susurros que aquel hombre del calzoncilio entró en mi despacho seguramente por azar, sintiéndose perseguido después de asesinar a Fabio Cotta y su amante, y que mi reacción confirmaba que debía de ser alguien de la compañía, alguien fascinado por el personaje del Mafioso Sirelli, porque aquel extraño no había hecho otra cosa que interpretar el papel frente a mí.

»Sarita Lagos me pedía calma y me agarraba del brazo como una madre buena, y volvía a pedirme tranquilidad bajando la mano hasta mi muslo muy cerca del paquete, como una madre incestuosa.

»Ya habían pasado dos horas y la obra llegaba por fin a su fin, y todavía tuve que escuchar otra llamada a la calma. “Calma —⁠me dijo Sara Lagos⁠—. Ahora se levantarán varios actores escondidos entre el público y comenzarán a disparar pistonetazos hacia el escenario. Prepárate para taparte los oídos. El estruendo es insoportable”.

»Estuve alerta, examinaba con todo el disimulo posible a los espectadores que me rodeaban para adivinar quiénes eran los actores emboscados que pronto empezarían a disparar pistones. “Ese que hay dos filas por delante seguro que es un actor —⁠me dije⁠—, y la mujer que hay tres filas por detrás, escorada un poco hacia la izquierda, seguro que es otra actriz”.

»Pero cuando comenzaron los disparos perdí la referencia de mis sospechas y solo veía fogonazos, aquí, allá, en todos sitios, solo escuchaba ruido, detrás y delante de mí, solo veía a Sarita Lagos agazapada contra su regazo tapándose los oídos. Pum, pum, pum.

»La calma regresó al escenario y nos dimos cuenta de que habían desaparecido muchos espectadores del patio de butacas, ninguno de los que yo había sospechado entre ellos.

»Qué sensación de haber asistido a una obra horrorosa, qué decepción la incapacidad como autor teatral del difunto Cotta. Qué diferencia entre su talento interpretativo y su lamentable, pretenciosa, ruidosa obra de teatro. “No me extraña que alguien lo liquidara después de esto”, bromeé con la comisario.

»Estaba tan decepcionado y tan aturdido (todavía retumbaban en mi cabeza los disparos, pum, pum, pum) que tardé en darme cuenta de que no podía mover el brazo izquierdo, de que lo tenía dormido desde el hombro hasta el dedo corazón.

»Joder, sangraba, estaba sangrando y me dolía el brazo de pronto como si tuviera clavada una cuchilla de hielo, y sentía la sangre caer como miel caliente por mi brazo frío.

»Todavía tuve tiempo para agarrar la mano de Sarita Lagos, que también estaba fría, muy fría, y decirle: “No me habías advertido de que los disparos eran reales: me han dado en el hombro”. “¿Cómo?”, frunció el ceño Sarita Lagos… Besé su boca… (al menos esa era mi intención).