Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 73 de 77

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Mala suerte

Capítulo 72

 

Era la hora del recreo y los presidiarios salían al patio llenándolo de chándales grises y azules, de sandalias con calcetines, de alpargatas y de aburrimiento. Unos paseaban en círculo, otros con el rumbo desordenado, algunos fumaban en corros y hablaban en voz baja y bromeaban sobre cosas sin sentido.

El cielo estaba muy azul, muy claro, luminoso como un día radiante de verano, pero hacía frío y los presos se frotaban las manos, alzaban la vista para sentir el calor del sol en el rostro.

Rafael Pichón se quedaba en una esquina. Se frotaba las manos de manera distinta, movía los labios como si hablara con el suelo, donde fijaba la mirada compulsiva.

Pasaban los minutos y Pichón sabía que varios presos lo miraban, sabía que murmuraban, y se figuraba que envidiaban la sombra escueta que proyectaba la garita sobre su pequeño cuerpo agarrotado.

—¡Tú, el nuevo! —escuchó.

Se estiró sin desviar la vista del suelo. Ya no movía los labios: ahora apretaba la mandíbula.

—¿Te ha comido la lengua el gato?

Un grupo de siete hombres iba hacia él.

—Dejadme en paz. Esta es mi sombra.

—Solo queremos conocerte.

—Yo solo quiero estar tranquilo.

—Nosotros también queremos estar tranquilos, pero los sicópatas nos intranquilizan.

—Dejadme en paz.

Uno de los presos se colocó frente a Pichón, cuya mandíbula dio un chasquido.

El preso se agachó y enfrentó su cara a la de Pichón, que no quitaba ojo del suelo y se tocaba el estómago mientras tosía.

—Dejadme en paz —dijo.

El preso le puso la mano frente a los ojos. Le faltaban tres dedos.

—Que sepas que con esa actitud aquí no vas a ir a ningún sitio.

Aquí no tenemos miedo a nadie.

—Dejadme en paz.

—Fabio Cotta era un actor de puta madre y ese abogado al que has querido matar me va a arreglar el tercer grado, o sea que no me caes nada bien. ¿Entendido, sicópata?

—Déjale, Chuchi, por favor, no seáis malos.

Era la voz suave de un hombre con gafas, muy afeitado, peinado hacia atrás con gomina y vestido con un chándal rosa que parecía recién planchado.

—¿Qué quieres tú?

—Yo me comprometo a que se porte bien y siga las reglas.

Desde las garitas, los guardias miraban hacia la aglomeración más con hastío que con curiosidad, como quien ve la televisión porque no tiene otro remedio.

—¿Te vas a ocupar tú de él, Madre?

—Sí, idos, por favor —contestó el preso del chándal rosa.

—Que sepas, Madre, que como se pase un pelo de listo, tú también recibirás, por delante y por detrás.

—Ya lo sé. Dejadme con él.

El grupo de presos se alejó entre risas.

Los dedos finos del hombre pellizcaron la barbilla de Pichón, que se arrugaba entre toses a punto de caer en cuclillas.

—No me toques —decía.

—Cálmate. Solo quiero ayudarte.

Pichón alzó la vista.

—Solo quiero ayudarte —repitió el hombre del chándal rosa.

—¡Padre Matías!

—¿Cómo?

—¿Eres el padre Matías?

—No. Soy la Madre. Así es como me llaman.

—¿No eres el padre Matías?

—No. ¿Quién es el padre Matías? Yo soy la Madre.

—Mentira. Tú eres el padre Matías. Yo no robé el aguinaldo.