Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 50 de 77

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Mala suerte

Capítulo 49

 

Esteban se había quedado con el café a medio camino, muy cerca de los labios.

Sus seis subordinados esperaban que siguiera hablando, que despertara del ensimismamiento repentino en que había entrado hacía ya casi un minuto sin justificación aparente.

Los había llamado uno a uno, los había reunido en su despacho.

—Quiero que charlemos un poco para conocernos mejor —⁠les había dicho⁠—. Pero aquí no. No me parece la atmósfera más adecuada para entablar una conversación tranquila. No me gusta este color granate que lo impregna todo.

Los seis subalternos lo habían seguido en silencio por el largo pasillo hasta desembocar primero en el amplio ascensor y luego en la calle. En fila india, habían desfilado por la acera como seminaristas comandados por un sacerdote neurótico, Esteban, quien varias veces había frenado para mirar hacia atrás, hacia los lados, hacia el cielo, como si se sintiera perseguido o acosado por un mal invisible. Finalmente habían entrado en una cafetería enorme decorada con grandes espejos, cuyos ventanales espléndidos daban a la calle y permitían la visión de la tarde, declinante pero soleada y alegre.

Se habían sentado a una mesa y Esteban había empezado a hablar muy inquieto, siempre pendiente del exterior. De pronto había callado. Tenía la impresión de haber visto a Pichón cruzar los ventanales y mirarlo con un centelleo inquietante en los ojos. Los seis subalternos esperaban una reacción que no llegaba —⁠los dos cincuentones, algo más alejados de la mesa, con las piernas y los brazos cruzados como si disimularan o, por el contrario, evidenciaran la desconfianza y el rencor; los cuatro jóvenes volcados hacia su nuevo jefe, acortando las distancias⁠—, y Esteban aún mantenía la taza de café a escasos centímetros de su boca, petrificado y pálido.

—Perdonad —dijo al fin—. Se me ha ido el santo al cielo.

Una ráfaga de expectación conmovió a los seis subalternos, que volvían a estar alerta.

—Os decía que no estoy acostumbrado a trabajar con mucha gente y así es —⁠continuó Esteban, sin desviar la vista de la calle⁠—. En mi bufete prefería trabajar solo, porque me gusta trabajar a mi aire y no que me impongan los horarios. Tengo entendido que aquí hay que fichar entradas y salidas, luego tendré que acostumbrarme a eso, no me queda otro remedio, pero no me importará que algún día, o varios, o cientos, lleguéis tarde a la oficina, en la medida en que luego compenséis esa tardanza.

«¿Era él o no era él?».

—Creo que seré un mal jefe para vosotros en el mejor de los sentidos, pues odio dar órdenes. Intentaré utilizaros en la medida de vuestro talento y vuestras posibilidades, que es así como funcionan los norteamericanos y, queramos o no, nosotros estamos dentro de ese sistema, solo que aquí en España se aplica de forma imperfecta.

«¿Me está siguiendo o estoy paranoico perdido y son figuraciones mías?».

—Me gustaría que cualquier duda o cualquier queja, o lo que sea, sobre vuestra labor profesional, sobre el desarrollo de vuestro trabajo conmigo me la hagáis llegar con plena confianza, casi como si estuvierais ante el sicoanalista, que es una cosa de los argentinos que está muy bien y que os aconsejo si queréis volveros locos y perder dinero muy rápido.

«¿Por qué no me puedo fiar de lo que he visto? ¿Era él o no era él?».

—Os diré también lo que no me gusta nada: no me gustan los vagos. Yo mismo soy un vago vocacional, pero en la medida en que no nací millonario no me queda más remedio que trabajar, por tanto aprovecho el tiempo y trabajo. Pasar las ocho o las diez horas de la jornada laboral mirando al techo es absurdo, por muy coñazo que sea el tema de las pólizas…

«No, no puede ser, ¿por qué habría de seguirme?».

—Supongo que ya sabréis que este mundo de los seguros es, aparte de un asco, tan sencillo como dos y dos son cuatro, y a nosotros nos toca casi siempre la parte más ingrata de esta matemática elemental. Nosotros somos quienes denegamos indemnizaciones, somos como un pequeño dios de la injusticia. Nuestra misión es rechazar las indemnizaciones a pobre gente que firmó la póliza, pagó toda la vida religiosamente, y cuando les ocurre el accidente que el seguro cubre, les decimos que una condición especial del contrato excluye la indemnización que esperaban y merecían.

«No, no puede ser él: la imaginación me traiciona».

—Bien, yo os digo que nunca olvidéis que detrás de esa póliza hay personas. Si hay que rechazar la indemnización se rechaza, pero valorando mucho el componente humano. Normalmente estos casos son de poca monta y el rechazo arbitrario y caprichoso de indemnizaciones no reporta demasiados beneficios para la compañía, y además repercute en su imagen y en futuros contratos.

»Cuando se trata de luchar contra otra compañía de seguros, contra una reaseguradora o contra cualquier otra empresa, ahí sí que hay que ir a muerte, hay que vencer a toda costa, olvidando incluso si llevamos o no razón. A muerte. Porque las empresas son personas, pero solo personas jurídicas, y a mí lo único que me interesa son las personas físicas, que además de NIF tienen carne y tienen hueso. También os digo que siempre os pondré a vosotros por encima de la compañía de seguros en mi escala de valores, aunque tal vez no sea lo que se espera de mí… ¿Queréis decir algo?

—No.

—Bueno, pues por hoy ya es suficiente. Podéis ir a casa y mañana ya empezamos a trabajar fuerte.

—Es que no podemos irnos, tenemos que fichar.

—Eso dejadlo de mi cuenta. Idos a casa. Yo lo arreglo con los bosses.

Se quedó Esteban solo en la cafetería. Miró el reloj, pidió otro café que consumió muy rápido y pagó la cuenta.

«No. Nadie me sigue: es una tontería —⁠se dijo⁠—. El bigotes es un pobre paciente de don Fernando, un pobre hombre como otro cualquiera… ¿Por qué habría de seguirme…?».