Mala suerte
Capítulo 64
Has iniciado tú la discusión y ahora no hay manera de concluirla, se te ha ido de las manos y duele, vaya si duele. Tal vez has tensado demasiado la paciencia de tu novio y de pronto él se revuelve y contraataca hiriente y sardónico como no esperabas, punto por punto rebate la argumentación de tus reproches, demostrándote que todos los defectos, tachas y carencias que atribuyes a su comportamiento son válidos para ti.
Te desarma. Y ese carácter fuerte que tienes se debilita tanto que escuchas en un silencio dolido primero, entregado y admirativo después, a tu novio fuera de sí, diciéndote que no está dispuesto a soportar más ambigüedades, que si quieres que todo termine, pues que adiós. El chico se pone muy inteligente cuando está enfadado, deja de ser el jovencito taciturno que solo quiere hablar de los grandes caciques del mundo político y literario, de su novela y de su ombligo, y pone los pies en el suelo y deslumbra con sus argumentos bien hilados que siempre desembocan en la contundencia de alguna conclusión que no solo reduce al absurdo el contenido de tus reprobaciones, sino que de algún modo clarifica tu opinión más oculta, te coloca frente al espejo de lo que sientes y quieres, y terminas sabiendo que no sabes lo que quieres, porque a veces quieres una cosa y otras, otra.
Desde algunas mesas del restaurante os miran, tu novio alza la voz más de la cuenta y tú crees que eso es lo que llama tanto la atención. Pero es otra cosa. Esos hombres de mediana edad te miran a ti, porque tú no eres consciente de lo atractiva que eres, ni siquiera tu novio lo sabe, tienes un atractivo especial que va más allá de tu físico, que debe de ser tu aureola, esa aureola que señalan para denostarte las cuatro feas burócratas de tu comisaría.
Providencial, la tonada insistente del móvil viene a rescatarte del jardín en el que te habías metido y tu novio deja de hablar, arroja su servilleta contra la mesa y dice que se va al cuarto de baño mientras tú buscas el aparato en algún lugar del fondo del bolso. Es el inspector.
—¿Qué pasa? —le dices.
—Creo que hemos localizado al sospechoso.
—¿Dónde está?
—Nos han llamado de El Corte Inglés de Princesa y nos han descrito a un individuo que se comporta de forma extraña y responde a las características del sospechoso.
—Que vaya todo el mundo para allá. Yo llego en veinte minutos.
Tu novio regresa del baño. Tiene el ceño fruncido.
—Me tengo que ir —le dices—. Tenemos localizado al asesino de Cotta. Pide la cuenta.
—Cuando lo interrogues cuéntame cómo se comporta, me interesa para la novela —replica tu novio irónico, exagerando ese defecto de su carácter del que te has quejado: que solo piensa en su novela.
—Eres increíble —le dices.
—Lo sé.
—Era una ironía.
—Lo sé.
—Me voy. Paga tú, que ya te lo devuelvo mañana.
—Lo sé.
—Hasta luego.
—Piensa en mí cuando interrogues a tu asesino —vuelve a ironizar tu novio—. Yo pienso mucho en ti cuando escribo mi novela.