Mala suerte
Capítulo 44
Volcado sobre la taza del váter, Pichón sentía que su abdomen palpitaba extraño y descontrolado, como una gallina encerrada en el vientre. La presencia de su madre solo aumentaba su nerviosismo, la rebeldía del estómago, la compulsión de las toses cada vez que ella le acariciaba la nuca.
—Sal, mamá, por favor.
—Pero hijo… ¿Qué te pasa?
—Sal —pedía a duras penas entre toses—. Por favor, madre.
Pichón dejó de sentir la mano sobre el cuello y poco a poco las toses remitían, el estómago dejaba de golpear como un animal pequeño y asustado. Se relajaba.
Ahora sí que me ha reconocido. Ahora sí que sabe quién soy. Ese abogado me va a denunciar por tu culpa, Fabio. Por tu culpa. Te empeñaste en destruirme. Lo vas a conseguir… Lo vas a conseguir.
—Túmbate en el diván —le pidió don Fernando, cuando Pichón llegó al despacho.
—¿Dónde está mi madre?
—Le he dicho que se fuera a casa.
—¿Por qué?
—Túmbate, por favor, Rafael.
—No quiero tumbarme.
—Pues siéntate.
Pichón obedeció.
—¿Qué problema tienes con Esteban Gómez, Rafael? ¿Por qué reaccionas así cada vez que le ves?
—No sé de qué me habla.
—No te hagas el tonto, Rafael.
—No sé de qué me habla.
—Es solo un paciente, igual que tú. Un hombre con problemas como todo el mundo. Pero una buena persona, como tú, Rafael. ¿Por qué reaccionas así cada vez que le ves?
No es un buen tipo. Es un chivato. Es un canalla. Es un abogado. Es un enemigo. Es un canalla.
—No sé de qué me habla, ya se lo he dicho.
—Mira —dijo don Femando—. Voy a serte sincero. No me agrada tu actitud. Y no me refiero a tu actitud de ahora mismo. No me refiero a lo que acaba de ocurrir. Me refiero a que no me creo una palabra de esto —Pichón desvió la vista del suelo para mirar los folios que don Femando, admonitorio, agitaba enérgico en el aire—. Me atrevería a decir que todo esto es mentira de la A a la Z: llevo muchos años en esta profesión y es difícil engañarme.
—Me limité a contestar las preguntas — masculló Pichón, de nuevo con la vista humillada en el suelo.
Don Fernando se había levantado del butacón y se apoyaba en el borde del escritorio muy cerca del diván.
—Sí, Rafael, te limitaste a contestar las preguntas, pero debo decirte que dudo de la sinceridad de tus respuestas.
Pichón tiritó ante la presencia cada vez más cercana del siquiatra, que ahora lo miraba fijamente.
—Me limité a contestar.
—Mira, Rafael…
—Ese truco me lo sé.
—¿Qué truco, Rafael?
—El truco de repetir mi nombre para halagarme.
—Ya… —tardó unos segundos en reaccionar don Fernando—, ya. Mira, pues ahora sí que pienso que estás siendo sincero. Porque, Rafael, se trata solo de eso: de ser sincero con uno mismo…, es la única manera de que yo pueda ayudarte. Por eso es esencial tu sinceridad en estos test, para que yo pueda tener un punto de partida sobre el que trabajar contigo, para que yo conozca mejor tus problemas, si los tienes, y también tus virtudes, que seguro que son muchas.
—He venido aquí solo para que mi madre se sienta mejor. Es muy buena persona. Sé que mi padre la presiona. Yo he venido para demostrar que estoy bien, que son cosas de mi padre. Me tiene envidia.
—¿Tu padre te tiene envidia, Rafael?
—Otra vez lo ha vuelto a hacer.
—¿El qué?
—Repetir mi nombre.
—Perdona. Debo decirte que suelo hacerlo a menudo. No puedo evitarlo. Deformación profesional… ¿Me decías?
—No decía nada.
—Pues si no dices nada y tampoco eres sincero conmigo no vas a poder demostrarle a tu madre que estás bien, Rafael.
—Lo ha vuelto a hacer. Lo ha vuelto hacer.
—¿El qué?
—¡Repetir mi nombre!
Don Femando regresó a su butacón, abrió su bloc de notas, tomó la pluma de oro del bolsillo de la bata y apuntó: «Histérico y paranoico. Mucho peor de lo que pensaba. Asunto delicadísimo. Habla de su padre como si aún estuviera vivo».
—Bueno —dijo luego, cerrando el cuaderno con una sonrisa muy bien fingida—. Pues me voy a callar y ya está.
Rafael Pichón miraba al suelo.
—¿De quién son?
—¿El qué?
—Los cuadros.
—¿Te gustan?
—Me gusta el color rojo.
—¿Tienes novia, Rafael?
—Otra vez. Otra vez lo ha vuelto a hacer.