Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 56 de 77

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Mala suerte

Capítulo 55

 

 

—… Después del apagón, qué impresionante apagón de dos horas, Sara Lagos y yo salimos del teatro. Era algo increíble ver cómo estaba la calle: no funcionaba nada, los semáforos eran como los restos de una civilización perdida, las alarmas de las joyerías chillaban desde todos lados, los coches se peleaban a bocinazos en los cruces. Pensé que era como el apagón de Nueva York, pero en plan provinciano. Algo alucinante, don Femando.

»Salimos con el resto de espectadores en desbandada del teatro y vimos al alcalde meterse a toda prisa en su gran coche negro, y yo me divertía pidiéndole la dimisión. La masa que salía del teatro estaba indignada, se mezclaba con los peatones y todos juntos increpábamos al alcalde con esa rabia que tenemos cuando estamos rodeados de gente por todas partes, apelotonados, casi sin margen de movimiento.

»Cogimos el coche de Sara Lagos y nos estuvimos riendo un buen rato porque no todos los días un apagón fastidia una obra de teatro, no todo los días se puede gritar al alcalde, que visto de cerca tiene una cara de monja que no puede con ella, más que en televisión, aunque parezca mentira.

»Yo suponía que ese teatro era autosuficiente, que podía funcionar independientemente de apagones o de contingencias exteriores de cualquier tipo, y Sara Lagos, que estaba muy guapa mientras manejaba el volante, me dijo algo que me hizo pensar que era una mujer interesante. Me interrumpió para reflexionar sobre algo que no venía a cuento, que no entraba en la lógica de la conversación que manteníamos.

»Como si a veces matara el ocio en disquisiciones estúpidas pero interesantes, como si a veces reflexionara por la mera necesidad de hacerlo, dijo: “Este país se derrota a sí mismo, no podría soportar una guerra, la perderíamos de antemano”.

»Fue un comentario dicho así, a bote pronto, casi sin querer, que humanizaba a Sara Lagos. De pronto detrás de todos esos fuegos de artificio que eran sus ojos, sus labios gruesos, sus movimientos de manos y de caderas, había un ser humano conmovido por sus propias obsesiones, por esa estupidez que finalmente maneja la vida de los más inteligentes, entre quienes desde luego tú no te encuentras, don Fernando.

—Por favor, Esteban.

—Me respondió como lo haría cualquier policía cuando le pregunté en qué guerra temía que entrara España, pero no me decepcionó que mencionara de inmediato el peligro de Marruecos, pues por encima de aquel temor de manual estaba la forma en que describió un país que conocía de arriba abajo, para mi sorpresa. Dejaba de ser la Sara Lagos que yo conocía y se transformaba en una tía que fascinaba también por la facilidad para narrar con originalidad y detalle un viaje de juventud a Marruecos. Joder, Sara Lagos era capaz de proyectar en mi imaginación su visión de aquel país, una mezcla de sudor, agobio y remilgo, como no lo habría hecho el mejor charlatán del mundo. Qué capacidad para ironizar sobre el relato horrible de un viejo marroquí, al que había conocido durante el viaje, y que había servido en el frente de Aragón al lado de las tropas franquistas, que había violado a mujeres y hombres, y que echaba de menos España precisamente por la nostalgia de sus atrocidades…

»El barrio de Salamanca, esa ciudad española de provincias en el corazón de Madrid, con todas esas niñas pijas (todas iguales, todas apetecibles, todas uniformadas como Sarita Lagos), estaba iluminado como siempre y no había sufrido ningún apagón, al menos no cuando nosotros llegamos.

»Envié un mensaje a Layla diciéndole que tardaría en llegar a casa. La imaginé pintando. Y así la dejé estar, tranquila y concentrada frente a sus cuadros eternos, porque me apetecía seguir la noche al lado de Sara Lagos, quien estaba cada vez más tentadora, cada vez más misteriosa en su extraña decisión de no desvelarme por qué me había invitado al teatro.

»El problema era encontrar un buen restaurante en el barrio de Salamanca, que es como Oviedo pero sin lugares para cenar, así que insistí en que rehiciéramos parte del camino y fuéramos a un restaurante argentino que hay en la calle San Bernardo, adonde según decía la radio tampoco había llegado el apagón.

»De entrada pedimos un queso fundido muy parecido a la mozzarella pero de sabor más fuerte y una especie de espárragos argentinos que saben a alcachofas. Como veía que Sara Lagos no comía mucho, yo tampoco probé el pan, porque temía con razón que acabaría pechando yo solito con la enorme ración de carne a la brasa que sirven en ese sitio.

»Me gustaba ver a Sara Lagos comer poquito a poquito, asombrada con la cantidad de carne que todavía quedaba en la bandeja, me gustaba el encuentro de nuestras miradas, lo suficientemente extenso y breve para saber que por ese camino terminaríamos traicionando a nuestras parejas respectivas. Me gustaba ver cómo la comisario bebía el Marqués de Riscal deprisa, deprisa, con la determinación de emborracharse lo antes posible. Y me gustó que me propusiera ir a un espectáculo de magia mientras hacía una pausa en la cena y fumaba muy coqueta un Winston Ultra Light. Miraba sus manos, miraba su escote, miraba sus ojos que a veces eran pardos y a veces verdes, evitaba mirar demasiado su boca —⁠vaya boca⁠— y poco a poco el vino también se me subía a la cabeza hasta lograr por fin que la imagen de Layla pintando y el niño durmiendo no estorbaran mi intención de fomentar la tentación y caer en ella.

»Cuando entramos en aquel lugar de la magia ya estábamos borrachos. Ella se pegaba a mí, se acercaba demasiado y yo intuía en el tacto del abrigo de pieles la calidez de lo que había debajo, mientras una camarera muy guapa nos guiaba hasta una de las mesitas más cercanas al escenario. Menuda taquicardia.

»El local era oscuro y la camarera, muy amable, nos sirvió dos rusos blancos por indicación de Sara Lagos, su copa favorita según me dijo, hecha a base de vodka, licor de café y leche en la misma proporción.

»El espectáculo comenzó. Salió un hombre vestido de pavo real y se puso a dar graznidos, y esta vez no he fumado ni bebido nada, don Fernando, cuento exactamente lo que ocurrió. Luego apareció desde detrás del pajarraco un tío vestido de cobrador del frac, o sea de frac, y con un toque de varita desintegró al pavo real con una pequeña explosión y con un horrible graznido que rompía los tímpanos como estertor.

»Era un espectáculo de magia como nunca habría imaginado, tal vez porque hasta entonces nunca había visto ninguno, salvo el de Tamariz por la televisión. El mago del frac hacía unas cosas que alucinabas. Nos pedía que nos levantáramos del asiento. “Usted. De pie, por favor”, y entonces ordenaba: “Váyase la voz”, y el espectador se quedaba sin poder hablar, gesticulaba y gesticulaba, arrugaba la cara, gritaba, pero no se oía otra cosa que las risas del resto de espectadores. “¿Qué le pasa, caballero? ¿Tiene algún problema para hacerse oír?”, se burlaba el mago.

»Yo mismo fui víctima de ese truco increíble.

»Sarita Lagos me golpeaba la pantorrilla muerta de risa, como si yo fuera parte del espectáculo, un falso espectador que simulara estar mudo…, un actor. Pero no era así… Realmente no podía hablar. Aquel tipo me había robado la voz. Ya podía gritar con toda mi alma que no era capaz de sacar el más mínimo sonido de mi garganta.

»Y eso no fue todo. Lo mejor estaba por llegar. De pronto me veo encima del escenario, con Sara Lagos a mi lado riendo avergonzada de las bromas que hacía a nuestra costa el mago, al que yo solo entendía en la medida en que me lo permitía la sensación de ridículo.

»Primero entró Sara Lagos en el baúl y luego yo. Los dos estábamos allí acurrucados, uno contra otro, viviendo un sueño o una pesadilla en la oscuridad más claustrofóbica. Sentimos el movimiento del baúl de un lado a otro, dando vueltas sobre sí mismo, nos abrazábamos mejilla contra mejilla borrachos de una hilaridad entre miedosa e histérica, con la sensación de compartir una situación absurda y peligrosa. El baúl paró. Nos llegaban risas del exterior.

»Desde algún lugar indeterminado una voz de mujer nos susurró que guardáramos silencio: “Chisss, ahora calladitos”, ordenó.

»Era mi oportunidad. La besé. Besé a Sarita Lagos. Sus labios eran mullidos y cálidos, y su lengua, que fui cercando poco a poco, ardía. Su cuello olía muy bien, y su pecho (creo que el que acaricié fue el derecho) era blandito, erecto, suave, buf…, me pongo frenético recordando…

»Nos volvieron a mover de un lado a otro como si estuviéramos encerrados en el baúl de un barco a la deriva. Cuando nos sacó de allí, el mago bromeó sobre la increíble capacidad que teníamos para sanar las heridas; el público, que era un cuerpo uniforme y oscuro detrás de los focos, reía como en las comedias de televisión norteamericanas, como un colofón de carcajadas programado. Luego entendimos el porqué de tanto jolgorio. Se suponía que mientras nos besábamos, mientras mi mano entraba en el escote caliente de Sarita Lagos, estábamos siendo atravesados por 22 catanas.

»¿En tu casa o en la mía? En la mía no puede ser porque tengo mujer e hijo. ¿En un hotel? ¿En qué hotel? Ni en mi casa ni en la suya, ni en un hotel ni en ningún sitio, don Femando; fuimos al Balcón de Rosales a tomar una copa antes de dividir caminos y marchar cada uno a su casa.

»Supe que Sara Lagos era por encima de todo comisario, y una comisario seria, una adicta al trabajo en cierto modo.

»Recuperó el sentido del deber, o dejó de disimularlo. Para quitarme toda esperanza de triunfo, me hizo saber con su comportamiento inesperadamente distante que era cierto que no buscaba un ligue, sino pistas para resolver el asesinato de Fabio Cotta, tal y como en el fondo me había temido.

»Seguía estando muy guapa cuando me explicó que me había invitado a ver El Mafioso Sirelli por puro interés profesional, y por más que insistí dejó en el aire el misterio de lo que pretendía con mi presencia en esa obra.

»Sigo sin saberlo. Lo sabré mañana, que se repone la obra, salvo que otro apagón lo frustre todo de nuevo.

»Pero lo peor no es eso, lo peor es que debo confesar, don Fernando, estrafalario esquizoide de gafas oscuras, que cuanto he contado del baúl es pura mentira, que, siendo cierto que acudimos al espectáculo de magia, no entramos en ningún baúl ni hubo besos ni por supuesto transgredí el escote de mi querida Sarita Lagos.

»¿O sí sucedió? Qué más te da a ti, don Fernando, si tú allí no estabas. ¿Sucedió? ¿No sucedió? Ay, amigo siquiatra, eso te lo dejo de tu cuenta, tienes a tu entera disposición tomarlo por verdad o por mentira.

»¿Sucedió que cuando llegué a casa sobre las cinco de la mañana Layla estaba muy enfadada?, ¿que me dijo que había estado preocupada?, ¿que estaba celosa de Sarita Lagos? ¿Sucedió? ¿No sucedió?

»Tú sabrás, don Fernando, tú sabrás, que eres el brujo, el gran brujo que cobra por escuchar las bufonadas de tantos bufones.

»Tú, brujo, tienes la oportunidad de contrastar versiones, escucha lo que te diga Sarita Lagos, investiga.

»Qué envidia. Tienes la capacidad de jugar a ser un pequeño dios del cotilleo, la posibilidad de llegar a donde yo (vulgar ser humano) no alcanzo: a las zozobras y los deseos mejor guardados de Sarita Lagos.

»¿Toqué el pecho de Sarita Lagos? ¿Llegué a besar su boca caliente? ¿Llegué a oler su cuello que olía a polvos de talco? ¿Qué te ha contado la comisario, don Fernando? Deja a un lado esa estúpida y falaz ética profesional y cuéntamelo.