Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 43 de 77

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Mala suerte

Capítulo 42

 

Coges una piedra y la tiras contra el lago y un niño te sonríe. Su madre le acaba de reñir por hacer algo parecido (solo que él ha tirado la piedra hacia un pobre pato) y te ve como una madre rupturista o revolucionaria, que mola más que la suya, y además eres más guapa (aunque esto último tal vez el niño no lo sepa, y aunque lo supiera le importaría un rábano).

—¿Ya? —le dices a tu novio cuando llega hasta ti, todavía tocándose la bragueta.

—Qué gusto vaciar la vejiga. Te deja nuevo —⁠dice.

No hace tiempo para pasear por el Retiro, pero allí estáis: paseando por el Retiro.

Tu aureola, Sarita, está apagada, de un color azul pálido, como casi todos los domingos.

El domingo es la continuación del sábado y el sábado es para ti uno de los días más aburridos de la semana aunque nunca lo confieses; los sábados amaneces con la aureola roja pero a medida que pasan los minutos, las horas, el aburrimiento termina volviéndola azul, dejas de ser Sarita Lagos y te conviertes en una mujer del montón, guapa pero ya no tanto, que echa de menos su trabajo.

Las nubes grises y negras definitivamente arruinan tu aureola y escuchas tus pasos sobre el sendero de arena mientras piensas que tienes que decirle algo de una vez por todas. No puedes seguir así, esto es un aburrimiento, algo no anda bien entre vosotros y las cosas hay que hablarlas, lo que pasa es que tú quieres y no quieres solucionar el problema, porque la mayor parte del tiempo prefieres pensar en el asesinato de Cotta, que finalmente te entretiene mucho más. Lo otro te da pereza.

Pasáis bajo los árboles que se agitan un poco miedosos y ya escuchas un trueno cercano. Huele a tormenta, a esa tensión húmeda que preludia un estallido, y en este ambiente tu aureola gana un poco de color, eres Sarita Lagos, y tu novio te arropa con el brazo, lo pasa cariñosamente sobre tu hombro.

«Nosequién es un escritor impresionante», te dice. Y empieza a hablar de cosas que no estás dispuesta a escuchar; en el fondo todo ese rollo artístico o intelectual ha dejado de seducirte desde hace mucho tiempo, ya no tienes veinte años, eres una comisario, no puedes engañarte, te metiste en el Cuerpo Nacional de Policía poco después de tu divorcio, lo hiciste porque querías independencia económica, un poco a lo tonto, con cierta incomprensión de tu entorno, pero se te ha dado muy bien esta profesión y te identificas plenamente con lo que hoy día eres y representas laboralmente.

Este pobre chico te suelta el rollo y consigue irritarte. Tal vez ahora te das cuenta de qué te pasa, descubres dónde está el problema: en parte te aburre esta relación porque has cometido el error de atarte con un chaval que forma parte de tus gustos del pasado, cuando estabas menos definida y te impresionaban las ambiciones artísticas, literarias, todos esos pasatiempos que con el tiempo se relativizan e incluso se desdeñan. Ahora tienes otros gustos que empiezas a reconocer y asumir sin problemas. Ahora lo que te gustaría es conocer al ministro del Interior, o a un secretario de Estado importante y relacionado con lo tuyo, con tu pasión: la comisaría, los criminales, los delitos, esas cosas.

—La palabra —te dice tu novio— sirve para definir la realidad. Pero con la palabra es imposible describirlo y explicarlo todo, quedan huecos y esos huecos son precisamente los que nos incitan a querer saber más… ¿Entiendes? La palabra origina la curiosidad.

—Sí.

—¿Nos sentamos en el césped?

—¿Con este tiempo? Ni hablar.

—Te tengo que leer lo último que he escrito. Te he hecho caso en algunas cosas y he modificado bastante la novela.

—Ahora no me apetece.

—¿Qué te pasa?

—Hay cosas más importantes que tu novela.

—¿Por qué te pones así?

—Vámonos. No hace tiempo para pasear.

—¿Qué te pasa?

—No lo sé.

—Yo solo te he dicho que mi novela está mejorando.

—Estoy un poco nerviosa.

—¿Por qué?

—No dejo de darle vueltas a lo de Cotta —⁠encuentras la justificación más socorrida y dulcificas el tono duro de tu voz para eludir la discusión, que definitivamente prefieres dejar para otro día⁠—. Pienso que el asesino se escondió en el armario por una razón que no era exactamente la de matar, que nada tiene mucho sentido, que no sé por qué huyó al despacho del abogado… ¿Pura casualidad? ¿Es admisible la casualidad?

—Sí. ¿Por qué no? …En la vida las casualidades suceden continuamente. En la vida todo es posible, al contrario que en las novelas. En la literatura todo tiene que ser verosímil; en la vida real no. En la realidad los hechos que suceden están justificados por el simple hecho de suceder… Todo lo que sucede en la realidad es, por esencia, real…