Mala suerte
Capítulo 43
—… Entonces fui a casa y le expliqué a Layla que, lejos de darme la carta de despido, me acababan de hacer director de algo, pero no sabía exactamente de qué. Director de la asesoría jurídica seguramente, le dije.
Esteban respiró hondo. Cambió de postura en el diván para extraer el mechero del bolsillo de la camisa y encender un cigarrillo.
—No fumes, por favor, Esteban. Estoy constipado.
Encendió el cigarrillo.
—¿Y qué te dijo Layla? —preguntó don Fernando, resignado.
—Se reía, se reía mucho. Me dijo que cómo era posible que firmara algo que no sabía qué era, que cómo se me ocurría firmar un contrato sin leerlo y que, además, cómo es que no me había llevado copia. Yo me cabreé, le dije que ella, siempre pintando, sin apenas salir de casa (porque últimamente no hace más que pintar en el jardín, ya ni siquiera va al estudio que tenemos alquilado en El Vellón), no conoce el mundo real, el mundo en que vivimos la mayoría de hombres y mujeres. Vive en ese sueño permanente que es la pintura, pasar la vida delante de un Gingko biloba inacabado…
Esteban cerró los ojos.
—¿Y? —preguntó el siquiatra.
—Ella seguía riendo y entre carcajadas me volvió a decir lo mismo, pero añadió que estaba loco, que yo estaba loco, y eso ya me molestó. Le dije que ella no parecía humana (y es que es verdad: yo he vuelto a fumar y ella lo ha dejado sin decir palabra, sin quejarse ni manifestar malestar, y eso que ella antes se pasaba el día fumando). Y entonces ella dejó de reír. Adiviné ese principio de silencio en que se encierra cuando algo le disgusta de verdad y comenzó el círculo vicioso de siempre. Le pregunté si mi comentario le había molestado y ella respondió: «Hombre, claro». «¿Pero qué es exactamente lo que te ha molestado?». «Pues tú qué crees». «¿Te ha molestado que te llamara inhumana?». Y ella nada, sin abrir la boca. No lo pude soportar más y le expliqué que era solo una forma de hablar, que obviamente no quería decir que fuera inhumana…
—¿Y? —preguntó don Fernando al cabo de unos segundos.
—Y en seguida recobró el humor y me llamó «volcancito», que es como me llama cuando me pongo borde, y de nuevo se reía de todo lo que me había sucedido en la compañía de seguros: «¿Cómo se te ocurre firmar algo que ni siquiera has leído?, eres increíble»…
—¿Y?
—Y la verdad es que Layla no conoce el significado de la palabra sugestión. Ella nunca se habría dejado impresionar por el decorado, por la presencia de esos cinco idiotas con sus diez ojos, por la sonrisa Profident de Mister Robertson (el hombre del chupete granate), tétrico en la pantalla, como un actor decrépito que todavía pretendiera presumir de dentadura y bronceado. Yo soy todo lo contrario que Layla: tremendamente sugestionable. Soy la víctima propicia para cualquier placebo, me creo todos los trucos de magia y me suelen engañar todos los políticos (siempre quiero votarlos a todos) y también algunos telepredicadores. Y no es que Layla sea más desconfiada, el desconfiado soy yo. Es cuestión de sugestión, valga la expresión…
—¿Y?
—¿Y? ¿Y? ¿Y? Pareces un mono. ¿Y? ¿Y? ¿Y? ¿Y? ¿Y…? Qué estupidez es todo esto, don Fernando… Qué estúpidas son estas estúpidas sesiones de sicoanálisis que solo conducen a la mejora de tu bienestar económico, porque yo sigo padeciendo los mismos problemas, las mismas taras, que hace cuatro años. Antes al menos creía que estas sesiones me servían de alivio espiritual, por decirlo de alguna forma cursi, pero ahora pienso que todo lo contrario, que ya ni siquiera eso, como si me viera obligado a vivir encerrado en las minucias de mi carácter todo el santo día, dándole vueltas a lo mismo, precisamente por culpa de estas sesiones, que son un timo.
»Pero no te preocupes, don Fernando. Dudo que deje de venir. Tengo dinero de sobra para gastar y más ahora que entro en breve a trabajar en una compañía de seguros multinacional, cuyo olor a moqueta granate se percibe desde aquí, a varias cuadras de distancia. ¿Lo hueles, doctor, lo hueles…?
—Más bien lo imagino.
—Pues yo lo huelo…
—¿Sigues creyendo en la mala suerte?
—Presiento sin embargo que, por problemas ajenos a mi voluntad, terminaré por no venir a recibir el estúpido sicoanálisis, ese bálsamo de los narcisistas y los tontos. Seguramente un día entrará en mi despacho de la compañía de seguros (¿será grande?) un avestruz gigante que hablará un perfecto holandés y llevará sobre el pico a un sapo que me traducirá al español lo que me diga el avestruz, y entre los dos bichos me matarán a mordiscos después de un discurso brillante sobre la proactividad, la competitividad y todas esas chorradas. O tal vez un marciano con aspecto de mechero gigante me queme el pelo y luego el cuerpo entero…
Don Fernando se revolvió en el butacón.
—Esteban… ¿Estás bien?
—Sí, ya sé —continuó Esteban—. Es un poco absurdo todo esto que digo, pero no deja de significar la sublimación del sicoanálisis, el logro supremo de liberar mi mente delante de un personaje que guarda silencio y que es un completo extraño para mí. Es un poco absurdo, pero no lo es más que un perro ladrando a un coche, o que una tele encendida cuando no hay nadie en casa. Es más absurda, más incomprensible la cicatriz que tiene mi hijo en parte de su cara y parte de su pecho por mi maldita culpa… Es más absurdo ir un buen día por la calle y recibir la pedrada de un hombre que tú no sabes que te odia, pero que ha ido alimentando ese odio fingiendo una sonrisa cuando su novia, mi secretaria, nos presentaba por enésima vez consecutiva.
»¡Es tan absurdo que ella le diera celos conmigo! O quizás esto es menos absurdo, no sé. Y lo más absurdo de todo es que ese novio odiante me encerrara en el maletero de su coche con el ánimo de terminar con mi vida; de matarme, que es un verbo que suena más fuerte, menos eufemístico, aunque la expresión terminar con la vida sea objetivamente más ajustada, parece definir mejor la atrocidad que pretendía cometer ese tío: terminar con mi vida, o sea, terminar con Layla, con mi hijo, con mi casa, con mi coche, con mi trabajo, con mi dinero, con mis esperanzas, con mis frustraciones, con mis recuerdos, con mis afectos…, con todo lo que representa mi vida, terminar de golpe con todo lo que amo y tengo, dejar de amar y tener para siempre, dejar de fumar esos porros que otra vez me pasa Gonzalo, definitivamente reconciliado conmigo… El negocio es el negocio, ya se sabe.
»Le prometí a Marta que no denunciaría al gorila de su novio, pero Layla lo hizo contra mi voluntad con esa confianza ciega en las instituciones que ya denunciaba Freud en las mujeres. Su novio está encerrado en Almería y por eso a él no le temo, pero sí temo la reacción de Marta cuando incumpla mi otra promesa de no despedirla. He firmado un contrato con la compañía de seguros que me obliga, qué remedio, a abandonar el despacho y por tanto a abandonarla a ella.
»Siempre me ha gustado sentirme irresponsable y ahora me siento responsable no solo de mi familia, sino de la secretaria, de su novio, de Gonzalo y hasta de un presidiario a quien prometí trabajar en favor de su libertad condicional, cosa que no he hecho ni haré, me atrevo a decir. Todo es muy absurdo y toda esta cosa absurda que es mi vida y la de todos (incluida la tuya, esquizoide don Fernando) me lleva a su aire, como si yo bajara el torrente de un río loco en una balsa sin remos ni asidero capaz de salvarme…
—Perdona, excúsame un momento —terció don Fernando—. Una duda me asalta: ¿en qué te basas para llamarme esquizoide? Te lo pregunto sin acritud.
—Maldito pedante, ya debo irme, te contestaré a esa pregunta en la próxima sesión. No me gusta que me hagas esa pregunta. Es (y ahora también estoy hablando como hablo en el horario de mi sicoanálisis, con casi plena libertad) como si me obligaras a sentirme también responsable de ti, como si me quitaras la libertad de expresarme como quiero, sin miedo a herir a nadie, esa diarrea verbal que empleo cuando estoy en este coto privado de la estupidez que es tu consulta.
—Bueno, vale —dijo don Fernando —. Ya está bien por hoy. Terminó la sesión.
Esteban se incorporaba del diván con dificultad.
—Joder con esta maría —musitó—: te tumba. Es muy fuerte.
Fue hasta la puerta y al abrirla descubrió del otro lado a Rafael Pichón, quien llegaba en ese momento, acompañado de su madre.
Se miraron apenas un segundo. Pichón enrojeció, se dobló llevándose las manos al estómago y, agachado, huyó en dirección al baño entre toses y extraños sonidos guturales. «¿Qué tienes, hijo mío? ¿Qué tienes?», salió la madre detrás.
Esteban cerró la puerta. Enfrentó su mirada a la de don Femando, oculta tras las gafas oscuras, quien permanecía detrás del escritorio sin inmutarse del alboroto que se escuchaba más allá del despacho.
—Es la segunda vez que este individuo —dijo Esteban—, este nuevo paciente tuyo, sale despavorido nada más verme la cara. Qué explicación tiene esto: ninguna. Todo es absurdo. ¿Qué clase de tara tiene? ¿Es un paranoico?
—Todavía no lo sé —respondió don Femando—. Pero es inofensivo.
La música ronca de las toses aún se escuchaba cuando Esteban bajaba la tortuosa escalera y llegaba al portal.
—De inofensivo nada…