Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 27 de 77

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Mala suerte

Capítulo 26

 

Menudo revuelo. Menudo revuelo se ha montado por tu culpa. Los periódicos hablan mucho de ti. Dicen que eras buen actor. La gente te llora, Fabio. La gente no sabe nada. Yo te ayudé mucho a ascender. Era importante mi labor detrás de los focos. Yo leo lo que dicen de ti los periódicos y me río. Tú no eras tan buena persona. Yo sé que tú eras malo. He leído cinco periódicos y todos dicen que eras bueno. Los periodistas no tienen ni idea.

La policía quiere saber. Yo he hablado con un inspector de la policía. Ha preguntado a toda la compañía. Yo le dije que eras muy buena persona. He tenido que mentir por tu culpa, Fabio. Tú y yo sabemos que eres mala persona.

Voy a visitar a Áurea. Le voy a dar el pésame. No le comentaré nada de que tú le pomas los cuernos. Eso es algo que tú nunca has valorado. Yo soy discreto. Nunca lo has valorado. En mi boca cerrada nunca entraban moscas.

Yo hablaba con Áurea. Nunca le decía las amantes que tenías. Podía habérselo dicho. No lo hice. Nunca me lo has valorado.

No he ido a tu funeral. Yo no soy un hipócrita. Si hubiera aparecido por allí seguro que alguno habría pensado que soy más falso que Judas. Habrían pensado que yo pretendía quedar bien con la familia. No me gustan los funerales multitudinarios. Va la tele y se llena de políticos y actores. Yo estoy hecho de otra pasta.

Áurea sabe cómo soy. Yo soy buena persona. Yo siempre pensaba que tú, Fabio, debías tener hijos. Yo sé que Áurea estaba triste porque tú no se los dabas. Eres un egoísta. Ella me entendía. Ella sabía lo mucho que yo hacía por ti. Ella sabía que yo te cubría las espaldas desde la cabina de luces. Ahora apreciará mucho mi visita. Yo sé tratar a la gente. No tengo tanta vanidad como tú, tan pagado de ti mismo.

Qué cara tiene el portero. Me mira mal, siempre lo ha hecho. Pobre imbécil. Se cree importante y no es más que un pobre desgraciado de la margen izquierda. Es de la margen izquierda como yo, aunque me pregunte tan severo y tan digno adónde voy.

—Voy al 4.º C, a darle el pésame a doña Áurea.

Encogido, Pichón tembló antes de entrar en el ascensor, cuya puerta le sostenía el portero, campechano.

—Pase usted.

—Gracias —susurró Pichón, mirando al suelo.

Nadie nota el chichón, Fabio. Me pongo el pelo por encima. Yo no tengo mucho pelo, Fabio, pero no tenías derecho a llamar rejilla a mi pelo. No tenías derecho a reírte del peine cuando se me cayó aquella vez. Yo también tengo derecho a llevar peine. Yo también puedo ser coqueto. No tengo mucho pelo, pero no estoy calvo. Yo no soy como Anasagasti. Yo tengo más pelo. ¿Por qué te reías de mí? Yo te aprecio. Mentiroso. Mala sombra.

Una filipina gorda y baja abrió la puerta del 4.° C.

—¿Está Áurea?

—Sí. ¿Quién es?

—Soy Rafael Pichón.

—Pase usted.

Es lo que no me gusta de Áurea, pero ella no tiene la culpa. Eres tú el clasista, Fabio. ¡Una filipina de asistenta! Recuerdo que cuando estudiaba Imagen y Sonido en la facultad había una chica que, la muy imbécil, me hablaba de su chacha. Ni siquiera podía imaginar que yo no tenía chacha. Ni siquiera podía imaginar que mi madre podía ser chacha. Mi madre, tan humilde, tan buena… No como mi padre, un cretino. Mi padre se cree que por ser portero en el barrio de Salamanca es alguien importante. Yo soy técnico de luces y no me lo tengo tan creído. Yo no me las doy de nada.

—¿Señor Pichón?

—¿Sí…?

—Pase, por favor.

Pichón entró en la habitación. Saludó a Áurea, tumbada en la cama matrimonial con la cabeza recostada en una almohada doblada y una Biblia abierta sobre el pecho. Las ojeras, la postración depresiva convertían a la viuda en una mujer antigua, como si fuera su abuela más que ella misma, un fantasma con problemas para abandonar el mundo de los vivos.

—Leo la Biblia como si fuera una novela. Me entretiene. No te creas que me he hecho beata de golpe —⁠se disculpó Áurea, intentando una sonrisa.

Pichón permanecía de pie junto a la cama enorme, que ocupaba casi toda la habitación, miraba los pósteres de Fabio Cotta que llenaban las paredes de películas y obras de teatro que había protagonizado el gran actor.

—Siento lo de Fabio —dijo muy rápido.

—Gracias, Rafael. Lo sé…

—… Y… No sé… Si puedo hacer algo por ti. Lo que quieras…

—Nada. Gracias, Rafael —dijo Áurea muy débil⁠—. ¿Puedes acercarme el Frenadol? Tengo una gripe terrible. Estoy sin defensas.

—Sí. No te preocupes. Yo te lo acerco. Toma.

—¿Quién me lo habrá quitado? Nos queríamos mucho… Yo le quería mucho y él a mí. Éramos tan amigos… Era un hombre maravilloso… Todo el mundo le quería —⁠los ojos se le llenaban de lágrimas⁠—. Yo sé que últimamente vosotros no os llevabais bien, pero en el fondo él te tenía afecto… Y tú a él… Creo.

—No te preocupes, Áurea, descansa.

—Qué raro estás con ese bigote. No pareces el mismo.

Hablaron un poco más y cuando Pichón ya salía de la habitación retumbó el timbre de la puerta. La filipina abrió a una mujer rubia, alta, de ojos verdes y expresión amable que vestía pantalones de campana, botas altas, un cinturón ancho y bajo, una blusa oscura y un enorme abrigo de visón.

—Hola —sonrió Sarita Lagos al encontrarse de frente con la filipina y con Pichón⁠—. ¿Está la señora?

—No, digo… sí —se adelantó Pichón bajando la cabeza ⁠—. Yo soy un amigo. Venía a dar el pésame nada más… —⁠añadió, sintiéndose obligado a justificar su presencia.