Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 47 de 77

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Mala suerte

Capítulo 46

 

Es una de tus fiestas, Sarita, este tipo de fiestas están hechas para ti. Seguramente ya no las disfrutas como cuando eras joven, pero siguen siendo tus fiestas, te mueves en ellas como pez en el agua, de un lado para otro, preguntando y dejándote preguntar, mostrándote más simpática que nadie, y tu aureola se viste de varios colores igual que la cola de un pavo real. Tienes esa actitud entre displicente y estupenda de quien nunca se sorprende de estos dispendios: el presidente de la Cámara de Comercio es capaz de alquilar una planta entera del casino para nada, entendiendo por nada el reparto de canapés y bebida por camareros de etiqueta que si no fuera por las bandejas se confundirían con algunos invitados —⁠qué rico ese canapé que acabas de probar⁠— y entendiendo por nada la mala leche con que se examinan unos a otros.

La educación en los saludos, las palabras amables, la sonrisa agradable es el barniz que maquilla ese placer superior que consiste en comentar aquel vestido, ese de allí, el otro, el de más allá, aquella corbata de flores tan estrafalaria que lleva el sobrino de no sé quién, los zapatos sucios de la mujer de tal, cómo se atreve a presentarse así. Todo lo que sucede en este casino donde tu exmarido y tú os dejabais la pasta cuando apenas tenías 22 años, todo lo que sucede aquí y ahora tiene mucho que ver con esa película de Buñuel, El ángel exterminador, antes de que a los protagonistas los paralice la abulia… Y en esta hoguera de las vanidades chuscas tú tienes motivos más que suficientes para sentirte orgullosa de la aceptación de tu vestido, puedes leerlo en las caras, en todo lo que ocultan las sonrisas. Gustas. Nada te denigra a los ojos del resto de invitados. Nada salvo tu profesión, algo que asumiste hace mucho tiempo y que ya ha dejado de ser un problema para ti, pues está claro que ser policía entre la reciente aristocracia está mal visto. Es como dejar de ser amo para ser perro. Pero a ti plin: tú eres una setter preciosa.

Gustas. Los hombres te miran, las mujeres también, es una mirada distinta, pero que destila la misma aceptación de tu presencia, el deseo, la admiración y la envidia. Te sientes bien.

Otra cosa es tu novio, demasiado joven, demasiado informal, demasiado inseguro de pronto entre esta gente; con un encogimiento de ánimo paradójico, comparado con la seguridad vehemente que demuestra en la intimidad cuando martillea tu cabeza con Arafat, Sharon, Bush o Putin, cuando habla de todos ellos como si fueran sus primos, sus hermanos, sus padres, su novia… El chico no solo ha perdido la labia sino que empequeñece por momentos, abrumado cada vez más por el acto social, y tu aureola palidece cuando busca tu mano y te la agarra sin ningún decoro. Te das cuenta de que te avergüenzas de él. Los años te han hecho demasiado egoísta para arriesgar tu aureola.

Sonríes todo lo que puedes, coqueteas como te enseñó a hacerlo tu padre, el más coqueto de todos los diplomáticos coquetos, y olvidas que es tu novio para sobrellevar su cercanía tan dependiente con el mejor ánimo posible, pues lo percibes con un complejo de superioridad física parecido al que te hace menospreciar al inspector Mariano cada vez que acudís juntos a algún trabajo fuera de comisaría y te ofende su poca presencia, que sea tan fofo y tan blando.

Una y otra vez te llueve la misma pregunta: ¿qué tal la comisario más guapa de España? Una y otra vez agarras una copa de champán o un canapé, que luego abandonas mordido en una bandeja distinta, y sonríes, olvidas a propósito que no presentas a tu novio. Prefieres que permanezca invisible.

—No soporto a esta gente —te dice él, huraño y acomplejado.

—Son mis amigos.

—No los soporto. Es la gente más superficial del mundo. Vámonos. No, no os vais a ir. Que se vaya él. Quién demonios se cree que es. Ni siquiera es capaz de pedírtelo como Dios manda, no es capaz de mostrarse sincero, tiene que disimular sus complejos y exigirte que os vayáis sin más. Al menos si expresara su debilidad tú te sentirías más sensible a sus ganas de abandonar la fiesta, pero no, no lo hace, te exige, quiere aparentar una seguridad que no tiene, como si estuviera por encima de toda esa gente, y es justo lo contrario, se siente por debajo, así que no le haces caso, acrecientas su tortura integrándote en una nueva conversación, mientras él, a tu lado, guarda silencio sin saber qué hacer, presente pero marginado del corrillo, donde es el único que no sonríe ni habla.

—No soporto a esta gente —te repite al oído un poco más tarde.

—Es mi círculo de amigos.

—No los soporto. Vámonos.

—Te pueden servir para tu novela — ⁠dices tú, cada vez más puñetera.

—Yo me voy.

—Pues adiós.

Más aliviada que triste, ves cómo se aleja insignificante en el espacio amplio del casino, pequeño al lado de los corros de hombres altos y elegantes que ríen mientras él hace lo posible por sortearlos, por desaparecer tan insignificante como vino a la fiesta. Ha sido una venganza en toda regla.

Tu aureola brilla con su mejor esplendor, libre al fin de servidumbres, y te sumerges de lleno en el ambiente frívolo de la celebración y pasan los minutos y transcurren entre sonrisas al menos dos horas y ya todos están borrachos y tú, Sarita, también cuando extraes de tu pequeño bolso dos cartulinas del tamaño de dos tarjetas de crédito: son las invitaciones para ver la reposición de El Mafioso Sirelli. Has olvidado decirle a tu novio —⁠pero no pensabas hacerlo de todas formas⁠— que ya te han llegado las invitaciones, tal y como te prometieron los chicos de la Compañía de Teatro Fabio Cotta. Te refugias en el balcón para respirar aire y encender un cigarrillo (¿cuál? No sabes, has perdido la cuenta, tal vez el vigésimo segundo).

Tal y como recuerdas, tal y como te confirmó tu presencia en el ensayo, El Mafioso Sirelli es una obra mediocre, de esos dramas pretendidamente vanguardistas dominados por la histeria, donde el argumento es borroso y para colmo moralizante, donde una confusión de gritos, llantos y golpes transcurre parcialmente en el patio de butacas con una docena de actores emboscados entre el público que al final de la función irrumpen con disparos contra el escenario y acaban con la vida del protagonista, el malvado Mafioso Sirelli.

Recuerdas con desagrado el estrépito de los pistonetazos y, la verdad, no te apetece demasiado revivir aquella sensación. Pero no es el placer sino el deber profesional quien impone tu decisión de acudir a la reposición de tan temible obra.

Ya sabes con quién irás, lo tienes claro desde ayer, y mientras disfrutas del cigarrillo y de la brisa de la terraza te reafirmas en tu decisión. Primero pensaste en el inspector, y no fue imaginarlo a tu lado, medio dormido primero, asustadizo y temeroso después, cuando los pistones comenzaran a tronar, lo que te hizo desechar su compañía, fue que otra persona te pareció mucho más apropiada para la ocasión.

Entras en el salón para tomar otra copa de champán, que consumes muy rápido, y nada más regresar a la terraza marcas el teléfono de Esteban Gómez Rescello.

—Ah, hola, comisario —te dice—. Siempre es un placer escuchar tu melodiosa voz. ¿A qué actor he matado esta vez?

—A nadie —sonríes, pero sin que se te note en la voz⁠—. Tengo dos invitaciones para la reposición de El Mafioso Sirelli…

—El actor que sustituye al insustituible Cotta no me convence mucho.

—Pues me gustaría que me acompañaras…

—¿Ah sí? —ha adoptado un tono irónico, como si fueras detrás de él: qué absurdo.

—Sí —dices tragándote las ganas de darle un corte.

—Si me deja mi mujer, iré.

—Es dentro de tres días, ¿cuándo lo sabrás?

—Ya lo sé…, qué demonios. No todos los días se puede ir al teatro con una comisario… Iré.

Ha sido fácil. Con el abogado es mejor no coquetear en ciertos casos, a veces las cosas dichas de manera seca tienen más éxito. Tomas otra copa de champán. Celebras de antemano la resolución del crimen, porque estás convencida de que Esteban Gómez confirmará tus sospechas.

Solo falta que corrobore durante la obra que tu hipótesis no es errónea, que el asesino es quien tú sospechas y no quien todavía cree el inspector, empeñado en Áurea o en el camello del Casa Húmedo. «¡Será cenutrio!», habría dicho tu padre.