Mala suerte

Juan Aparicio-Belmonte · Capítulo 63 de 77

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Mala suerte

Capítulo 62

 

Primero una mancha borrosa en el horizonte, luego la certeza de que esa forma de andar esforzada era la de su madre; que era ella quien se acercaba cargando un enorme bolso negro.

Pichón en seguida se impacientó y deshizo el abrazo.

—Deja de besarme, madre, aquí no estamos seguros.

—Pero, hijo mío, ¿qué has hecho?

—¿Le has dicho algo a mi padre?

—No, hijo, no. Pero ¿qué has hecho?

Subieron hasta la pensión, un cuarto desconchado y pequeño con una cama, una silla rota, y un ventanuco que estrangulaba la luz oscura del patio interior.

—¿Me has traído los soldados? —⁠dijo Pichón, hurgando el bolso negro.

—¿Qué has hecho, hijo?

—¿Y los soldados?

—No he podido, hijo, tu casa está llena de policías.

—Ha sido mi padre, lo sé. ¡Madre, esos soldados son mi vida! ¡Me relajan!

—Hijo, cuéntale a tu madre lo que has hecho.

—Ha sido mi padre, lo sé…, no me lo niegues.

La madre estaba pálida, parecía no saber qué decir ni qué hacer. Se llevó las manos a los ojos y se dejó caer sin fuerzas en el catre.

—Esos soldados son mi vida, madre, entiéndelo.

La mujer se reincorporó con una brusquedad imprevista, de modo que Pichón retrocedió unos pasos, intimidado.

—Cuéntale a tu madre lo que has hecho —⁠dijo la mujer, severa, recuperando la presencia de ánimo.

—Son mis soldados, madre.

La mano rápida y enérgica de la mujer impactó sobre el carrillo izquierdo de Pichón y, tras el bofetón, la habitación quedó en silencio.

—… Madre, me has pegado.

—Cuéntale a tu madre lo que has hecho, hijo.

—¿Quién te ha dicho que me pegues? ¿Ha sido mi padre o ha sido ese siquiatra?

—Lo siento, hijo. Ven aquí.

—No.

—Ven aquí, hijo. Dame un abrazo.

—No —gemía Pichón, con la mano en el carrillo⁠—. No.

—Ven, hijo. Lo siento, cuéntale a tu madre lo que ha pasado.

—Madre, apártate de la puerta que voy a salir.

—¿Adónde vas a ir, hijo?

—Apártate, madre.

—No me voy a apartar, hijo.

—Está bien.

Pichón se dio la vuelta, se dirigió hacia el ventanuco. Se apoyó en la pared desconchada como para descansar y así permaneció unos segundos. Con un giro repentino, esquivó a su madre y salió corriendo por la puerta.

—¡Hijo! —avanzó detrás la mujer.

Pero Pichón ya salía de la pensión, ya bajaba a toda prisa las escaleras del edificio, ya comenzaba a correr por la calle desierta y soleada del barrio de La Ventilla.