Mala suerte
Capítulo 61
—… Creo que todo lo que me sucedió durante el desmayo, quiero decir, todo lo que sucedió en mi mente hasta que más o menos desperté, fue una pesadilla trascendente. Seguramente estuve en el vestíbulo del infierno esperando a que me tocara el turno de entrar para quedarme allí sufriendo por los siglos de los siglos, amén.
»Mi recuerdo de ese coma de quince días es el recuerdo de una pesadilla recurrente, de un círculo vicioso donde principio y fin se sucedían sin solución de continuidad, don Fernando… Perdón, ¿he dicho don Fernando? Mil perdones, a veces olvido que he cambiado de sicoanalista.
—No pasa nada, Esteban. Continúa.
—Gracias, doña Luisa, gracias… Yo ordenaba a mi gusto el despacho que me habían asignado en la compañía de seguros, buscaba una apariencia que lo despojara en la medida de lo posible de la sensación de abrir la puerta y verme rodeado de moqueta granate por todas partes, ese olor asfixiante de la moqueta. Me traía tres cuadros de mi antiguo despacho, los tres de Layla, y los colgaba de las paredes en sustitución de los retratos de Mister Robertson, llenaba la estantería con mis códigos y mis manuales jurídicos; también colocaba alguna que otra novela por el simple gusto decorativo, humanizador de todo aquello.
»Hojeaba los expedientes acumulados sobre mi nuevo escritorio y archivaba las carpetas por temas, y de pronto entraba sin avisar un hombre que al principio me aterraba, porque pensaba que era otra vez el Mafioso Sirelli con su calzoncillo en la cabeza, y sin embargo era el director general, mal encarado y gris como los fumadores compulsivos de tabaco negro, como los esclavos que han entregado su vida al rencor y al triunfo empresarial.
»Cuando abandonaba el despacho, el director general no solo dejaba la puerta abierta y me obligaba a cerrarla de nuevo, sino que el humo de sus cuatro o cinco cigarrillos negros quedaba en el aire, sucio como las colillas de mi cenicero, un humo denso que daba cuerpo a los reproches de su visita.
»Con ese tono suave de quienes están acostumbrados a manejar los destinos de sus subordinados con mano de hierro y una sonrisa, el director general me reprochaba haber concedido permiso a mis subordinados para salir de la empresa antes de la hora, me reprochaba también haberlos congregado en una cafetería cercana para intercambiar impresiones y me acusaba de haberlos aleccionado contra el mundo de los seguros y contra la propia empresa.
»—Mal comienzo es ese, Esteban — me decía—. Algunos de esos empleados llevan media vida con nosotros y, antes que a ti, son leales a la casa, que les ha dado todo lo que son. La política de la casa es motivar, nunca desmotivar. La política de la casa es que las cafeterías son para tomar café y no para trabajar.
»Abrí la ventana, pero ni el humo ni las palabras del director general desaparecían de la habitación ni de mi cabeza, más bien al contrario. El humo se espesaba en volutas lentas que dibujaban nuevas formas, igual que las palabras del director general cambiaban de significado, se hacían más inquietantes, se llenaban de nuevos contenidos a medida que las veía ascender oscuras y sinuosas hacia el techo, fundidas con el humo.
»Me dolía que alguno de mis seis subordinados hubiera reportado punto por punto la charla informal de la cafetería para denigrarme, que alguien aprovechara mi afán por resultar simpático para atacarme por la espalda, hacerme aparecer como un irresponsable a los ojos del director general. Sospechaba de unos y de otros, o de todos a la vez, y pensaba también que tal vez alguno de ellos era un espía interno con la misión exclusiva de informar sobre mis métodos de trabajo, con la capacidad incluso de juzgar la viabilidad de mi permanencia en la compañía de seguros.
»Lleno de tribulaciones, no me atrevía a llamar a Layla. Sabía que ella empeoraría mi humor con un reproche justo y razonable que prefería evitar: el de no entender por qué razón había abandonado mi bufete privado, donde yo estaba a gusto, para esclavizarme de un día para otro, sin meditarlo siquiera un segundo, a una empresa siniestra…
»No sé si logro proyectar la angustia de la pesadilla, doña Luisa, pero me sentía atrapado.
»La pesadilla continuaba con varias escenas que variaban muy poco de unas a otras. Todas coincidían en lo básico. Me veía llegando cinco minutos tarde a la compañía o yendo a la máquina de la entrada a por un capuchino o saliendo cinco minutos para respirar aire de la calle, y siempre, siempre ocurría lo mismo: en mitad del largo pasillo granate se abría la puerta del director general, que no sé cómo me detectaba, y asomaba su carona gris y me decía irónico: “Así me gusta, Esteban: dando ejemplo”.
»Llegaba a casa y no le decía nada a Layla, no me atrevía a quejarme, cambiaba de conversación cuando me preguntaba por mi nuevo trabajo; como un niño tonto prefería guardar para mí todo ese malestar que volvía a empezar en el mismo punto: yo ordenaba mi despacho y el director general irrumpía sin previo aviso…
»Una y otra vez, doña Luisa, una y otra vez…
»Por fortuna desperté de esa pesadilla larga como quince días, pero desperté solo a medias, porque todo lo que había soñado no era más que la repetición en sueños de lo que realmente había sucedido los tres días previos al disparo que sufrí en el brazo o en el hombro; no sé bien. Lo tengo todo escayolado y prefiero no recordar dónde me dio ese maldito Pichón, menudo apellido y menudo sicópata…
»O sea, es como si el coma me hubiera dado la verdadera dimensión de ese director general, esa moqueta granate que recorría el largo pasillo y desembocaba como un río en todos los despachos del edificio…