Orión

Ben Bova · Capítulo 11 de 52

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Orión

Segunda parte. ASESINO

Segunda parte

ASESINO

CAPÍTULO IX

Abrí los ojos y descubrí que me encontraba en medio de una vasta y despoblada extensión de tierra. El suelo era arenoso, con achaparrados matojos de hierba esporádicamente diseminados. En el cielo no se veían nubes, aunque a lo lejos, a la derecha, un penacho de humo ascendía por el horizonte remontándose en el claro azul y difundiéndose a modo de sucios dedos. Por aquel lugar se producía un incendio y, a juzgar por la enorme nube de humo, se diría que era una ciudad la que ardía.

El sol caía con fuerza sobre mis desnudos hombros. Vestía una corta falda y calzaba sandalias, nada más. Ni por un instante me maravilló seguir con vida. Recordaba haber muerto en el reactor de fusión. Comprendía que no había sobrevivido a aquel infierno: aquélla era otra vida. Me sentía fuerte, con absoluto dominio de mí mismo, aunque me temblaban las rodillas al recordar los sufrimientos que había tenido que soportar durante aquellos últimos segundos que viví en el siglo XX.

¿Que viví en el siglo XX? De algún modo estaba convencido de encontrarme en una era distante, en un tiempo anterior. Ahrimán me había dicho que yo me trasladaba hacia atrás en el tiempo, desde el Fin a la Guerra. Aunque me constaba que era el Príncipe de las Mentiras, en cierto modo había dado crédito a sus palabras.

¿Dónde me encontraría? Entre la maleza que me rodeaba no descubría ningún indicio que pudiera revelarme mi paradero. El único signo de actividad humana era aquella inmensa pira que se levantaba en el horizonte. Emprendí la marcha hacia la columna de humo durante horas interminables, de espaldas a aquel sol abrasador que proyectaba una sombra alargada ante mí.

Me resultaba difícil controlar la sed. Si retenía el sudor, la temperatura interna de mi cuerpo ascendía hasta tal punto que me sentía a punto de desmayarme. Pero si dejaba funcionar mis glándulas sudoríparas para refrescarme, comenzaba a sufrir deshidratación. Hasta cierto punto me era posible extraer humedad del plasma sanguíneo y del agua almacenada en las células de mis órganos viscerales, pero era aquél un juego peligroso que podía producirme una deshidratación fatal. Como cualquier ser humano sometido al implacable calor del desierto, necesitaba agua cada vez más desesperadamente a medida que transcurrían las horas.

A mi izquierda volaban unos pájaros describiendo amplios círculos en el cielo abrasador. Eran buitres: algún ser, animal o humano, habría muerto o estaría muriendo en aquella dirección. Se tratase de uno u otro, fuese lo que fuese, acaso tendría agua o podría obtenerla de su cadáver. Soy tan aprensivo como cualquiera, pero el desierto acaba con todas las delicadezas. Cuando un hombre muere de sed, olvida todo prejuicio con tal de salvar su vida.

Los buitres volaban cada vez más bajo mientras yo avanzaba tropezando con las rocas calientes como pan recién horneado. Tanto ellos como yo éramos carroñeros en el implacable horno del desierto. Por fin me encontré ante aquello que los pájaros habían descubierto antes que yo: una familia de viajeros yacían muertos sobre el polvo. A pocos pasos se encontraba un carro de bueyes volcado. Un buitre se encaramaba en el borde de la inútil rueda, sin apartar sus ojos de su esperado alimento. Los restantes pájaros se precipitaban hacia abajo extendiendo las alas, tomaban tierra profiriendo groseros graznidos y avanzaban torpemente hacia los cadáveres.

Cogí una piedra gruesa como un puño y, pese a su abrasador contacto, la lancé contra el buitre que se apoyaba en la rueda. Le acerté en la cabeza, matándolo instantáneamente, como si le hubiera disparado un balazo. Los restantes pájaros casi no parecieron advertirlo hasta que lancé otras tres piedras contra ellos alcanzando a otros dos y espantando finalmente a los demás, que agitaron irritados las alas en el aire levantando una nube de polvo en su huida.

Los pájaros de la muerte siguieron revoloteando suspendidos sobre mí, esperando con paciente seguridad, mientras yo avanzaba tambaleándome hacia los cadáveres. Descubrí que no habían muerto de sed: el hombre estaba acribillado. La mayoría de heridas las tenía en la espalda, donde la sangre apenas se había coagulado. Parecía como si le hubieran disparado flechas que sus asesinos hubiesen arrancado después para volver a utilizarlas. A su mujer y a los dos hijos les habían rebanado el pescuezo. La mujer, que no parecía tener más de veinte años, estaba prácticamente desnuda.

Los útiles que pudieran haber llevado en el carro habían desaparecido y éste estaba completamente vacío. Tampoco se veían los bueyes. En el polvoriento suelo se distinguían las huellas de los animales. Quienquiera que hubiera sorprendido a aquella desdichada familia, había concedido más valor a las bestias de carga que a los seres humanos. No encontré agua ni ninguna clase de pertenencias entre los cuatro cadáveres. Y descubrí que, pese a mi anterior convencimiento, no podía seguir asaltando sus desdichados cuerpos para beberme su sangre, aunque de ello dependiera mi vida.

Inspeccioné el deslumbrante cielo protegiéndome los ojos y vi que los buitres seguían formando círculos, vigilando en silencio. Lamenté no disponer de los instrumentos y la fuerza necesarios para enterrar a aquellos desconocidos, mas carecía de ambos; los buitres ganaron la partida. Me volví hacia la columna de humo dando traspiés por el pedregoso despoblado y dejé que los asquerosos pajarracos se entregaran a su festín.

La jornada parecía interminable, el calor aumentaba su intensidad. Aunque anduve durante muchas horas, el humo parecía encontrarse siempre a la misma distancia que cuando lo distinguí por vez primera. En mi más profundo interior encontraba la situación tan ridícula que casi me resultaba divertida. Era evidente que Ormuzd me había enviado allí porque sin duda iba a suceder algo en aquella época y lugar que podía alterar toda la historia del universo.

Probablemente Ahrimán, fiel a sus propósitos de acabar con el continuo, realizaría otro intento de destrucción del espacio-tiempo. Tal como se desarrollaban los hechos, parecía que yo estaba inevitablemente condenado a morir ignominiosamente de sed antes de lograr siquiera enterarme de la tarea que me había sido encomendada en aquel lugar…

Y entonces los vi.

Eran cinco… no, seis jinetes que avanzaban lentamente por la maleza delante de mí. Sus caballos eran flacos y parecían cansados; los hombres eran esbeltos y musculosos. Llevaban puntiagudos cascos metálicos e iban armados con largas y delgadas lanzas, así como con un pequeño arco de doble curva y una espada también curvada que tintineaba en su costado.

Me vieron casi en el mismo instante en que yo los descubría. Detuvieron sus caballos un instante y se dirigieron hacia mí. Se aproximaron lentamente, no por precaución sino porque sabían que un hombre semidesnudo, desarmado y sin montura no podía escapárseles.

A medida que se acercaban, descubrí que eran orientales, de pronunciados pómulos y rostros achatados propios de los verdaderos asiáticos. Su piel, lo poco que asomaba de ella de su armadura de cuero y metal, era de un tono cetrino, semejante al color del tabaco. Tenían los ojos pequeños, pero no especialmente rasgados. Pensé que serían guerreros mongoles o que quizá pertenecieran a alguna tribu de los primeros turcos que invadieron el Oriente Medio procedentes de la alta Asia, desde las proximidades del lago Baikal.

Cuando se encontraban a unos veinte metros refrenaron sus monturas y se detuvieron a observarme con tanta curiosidad como yo les había examinado. El jefe del grupo, segundo jinete de la izquierda, cambió unas palabras con los otros y, con cierta sorpresa, descubrí que podía entender su idioma.

—No parece como los otros.

—Quizá era uno de sus esclavos, procedente de otra tribu.

—Nunca he visto a nadie igual. Fijaos qué estatura… y su piel es rosada… como la de un cerdo.

El jinete que estaba a la derecha del jefe profirió una seca carcajada.

—Opino que deberíamos conducirlo ante el orkhon. Quizá nos recompense por encontrar algo tan extraño.

—Semejante fenómeno, querrás decir.

—Si exceptuamos su extraño color, parece casi humano.

—¡Apuesto a que su sangre es roja!

Y el jinete que había pronunciado aquellas palabras, el que estaba a la derecha del jefe, espoleó los flancos de su escuálido caballo y se lanzó al galope hacia mí blandiendo su lanza que apuntaba contra mi corazón. Los restantes jinetes permanecieron impávidos en sus monturas observando sonrientes aquel deporte.

El color de mi piel podría recordarles a un cerdo, pero yo no tenía ninguna intención de dejarme ensartar como si lo fuese. Permanecí absolutamente inmóvil mientras que caballo y jinete, lanza en ristre, arremetían contra mí; traté de hacer acopio de las escasas fuerzas que me quedaban. Sentí que una oleada de adrenalina se extendía por mi cuerpo poniendo todos mis sentidos en extrema tensión. Jinete y caballo parecieron retardar su marcha y tuve ocasión de advertir que los grandes ojos del bruto me miraban asustados y sus belfos se dilataban mientras aspiraba profundamente. La punta de la lanza avanzaba sin vacilaciones apuntando directamente a mi corazón; el bárbaro guerrero estaba encorvado en su silla sosteniendo las riendas con la mano izquierda y entreabriendo la boca en algo parecido a una mueca o sonrisa de expectación.

En el instante preciso le esquivé hábilmente con la pericia de un torero y la punta de su lanza resbaló inofensivamente por mi costado. Así el mango del arma y derribé de su silla a mi sorprendido atacante que aterrizó penosamente sobre su hombro mientras el caballo, que había torcido repentinamente la cabeza al sufrir la sacudida de las riendas, tropezaba y caía al suelo levantando una densa polvareda. La lanza se hizo astillas y me quedé sosteniendo casi un metro de su extremo.

Transcurrieron unos momentos de absoluto silencio. El polvo se disipó y el caballo consiguió levantarse y se alejó unos metros con un trotecillo arrastrando las riendas por el suelo. Advertí que los otros jinetes observaban preocupados al animal, y sólo cuando hubieron comprobado satisfechos que había resultado ileso, fijaron su atención en su compañero, que se levantó mucho más lentamente.

Aunque el brazo izquierdo le pendía inerte del hombro, el guerrero desenvainó su curvado sable y se lanzó contra mí gruñendo, sin darme tiempo a abrir la boca. Rechacé su estocada con el mango de la lanza que seguía sosteniendo, pese a que el sorprendente impacto de su ataque había partido casi por completo la madera. Levantó el brazo disponiéndose a asestarme otro golpe, pero repelí su agresión dándole un puntapié en el vientre que le obligó a doblarse por la mitad. Dejé caer al suelo el inútil mango de la lanza y le arrebaté la espada de la mano mientras mi enemigo caía al suelo esforzándose por regularizar su respiración.

El jefe del pequeño grupo no se anduvo con remilgos. Colocó una flecha en el arco, tensó después la cuerda hasta su pecho y disparó contra mí. Presencié todo aquello como si se produjera con movimientos retardados y, valiéndome de la espada, desvié el mortífero proyectil en el aire.

Aquello los dejó sorprendidos, aunque no por mucho tiempo. Eran guerreros consumados y no iban a permitir que se les escapase un enemigo, por muy buen luchador que fuese. Adelantaron poco a poco sus caballos y formaron un círculo en torno a mí: sabían tan bien como yo que no sería capaz de desviar las flechas que me disparasen desde cinco puntos distintos.

—¡Aguardad! —les dije—. ¡No soy enemigo vuestro! ¡He venido desde muy lejos para ver a vuestro Kan!

El guerrero que estaba a mis pies, y que por entonces ya había recobrado algo su aliento, se puso de rodillas aspirando todavía intensamente, con la boca muy abierta.

—No he matado a vuestro compañero aunque me hubiera sido muy fácil —dije a su jefe—. Vengo en son de paz: no soy un guerrero.

El hombre me observó, suspicaz.

—¿No eres un guerrero? ¡Pues Dios nos proteja de los guerreros de tu raza!

—Vengo en son de paz —repetí aunque continuaba asiendo con fuerza la espada.

—Hablas nuestra lengua.

—Es cierto. Y deseo ver a vuestro jefe, el Kan.

El hombre apretó aún más los estrechos ojos con expresión pensativa.

—¿Te refieres al Gran Kan?

—Sí.

—¡Este hombre es un diablo! —dijo uno de sus compañeros tensando su arco—. ¡Matémosle!

—¡No! —intervino el jefe—. ¡Aguardad!

Advertí que se debatía furiosamente consigo mismo tratando de tomar una decisión. Los guerreros bárbaros pocas veces deben enfrentarse a semejantes disyuntivas. Me pregunté si aquellos seis jinetes serían los mismos que habían asaltado y asesinado a la familia que había encontrado hacía unas horas, pero no parecían llevar consigo ningún botín.

—¿De dónde vienes, extranjero? ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Orión —dije—. Y vengo de muy lejos, del oeste.

—¿Del otro lado de las montañas del oeste? —preguntó uno de ellos.

Asentí.

—Y más allá de los mares que están allende las montañas.

—Entonces eres un emisario, ¿verdad? —preguntó el jefe.

—Sí, soy un emisario de un país lejano —repuse confiando que aunque fuesen bárbaros concediesen a los emisarios ciertos vestigios de inmunidad diplomática.

—Y deseas ver al Gran Kan.

Era una afirmación.

—Ésa es mi misión —repuse.

El guerrero que estaba a mis pies se levantó lentamente con las piernas aún vacilantes. Tenía inutilizado el brazo izquierdo: probablemente se le habría roto por el hombro. Sabía que la patada que yo le había asestado habría derribado a un hombre que duplicara su tamaño. Aún debía sentirse muy dolorido y era evidente que le costaba trabajo respirar. Me miró con fijeza un instante y luego tendió hacia mí su mano derecha. Dudé unos momentos y por fin le devolví su espada.

La cogió, la sopesó sonriente y seguidamente la volteó sobre su cabeza con el propósito de asestarme un tajo en el cuello. Permanecí impávido fijando mi mirada en la suya, sabiendo que me sobraba tiempo para bloquear la trayectoria del arma. Aquello podía ser simplemente una prueba o un intento de demostrar que no estaba acobardado ante mí.

Fijó sus ojos en los míos inquisitivamente tratando de descubrir algún indicio de inseguridad o temor, mas yo me mantuve impasible. El rostro del guerrero era flaco y duro y en su mejilla izquierda, cerca de la mandíbula, aparecía la línea blanca de una cicatriz. Su jefe apoyaba los brazos en lo alto de la silla de montar y se mantenía a la expectativa.

El guerrero bajó lentamente la espada hasta que su brazo quedó colgando a un lado, se volvió a sus compañeros y, haciendo un gesto significativo, les dijo:

—¡Es el diablo, no un hombre de verdad!

El jefe se echó a reír.

—Realmente es muy raro —repuso—. Lo llevaremos al orkhon y que sea él quien decida.