Orión

Ben Bova · Capítulo 33 de 52

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Orión

Capítulo XXX

Con un escalofrío mortal abrí los ojos y descubrí que me hallaba en una caverna totalmente recubierta de resplandeciente, traslúcido y frío hielo. El suelo y las paredes eran lisos y pulidos, de un blanco azulado. El techo, muy alto, estaba cargado de estalactitas. Observé cómo se condensaba mi aliento en el aire y me estremecí involuntariamente.

Me encontraba en algún lugar subterráneo bajo la rocosa superficie del Ararat: un escondrijo muy natural para el Oscuro. Ahrimán se sentaba incongruentemente tras una ancha y pesada losa de madera, como una gruesa plancha arrancada de un árbol corpulento, cuya parte superior estaba pulida de tal modo que se distinguía en ella el reflejo de su cetrino y siniestro rostro y sus poderosos hombros.

Yo estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra un afloramiento de la roca. La cabeza me retumbaba a causa del golpe recibido, pero realicé un esfuerzo consciente para aliviar la tensión muscular del cuello y controlé la circulación de mis capilares a fin de reducir la hinchazón. El dolor comenzó a mitigarse.

Tras la amenazadora masa de Ahrimán se veía una caja que despedía un brillo amortiguado y que parecía hecha de madera, pero de una textura densa y negra que recordaba el metal. La parte superior estaba abierta por sus goznes y tenía todo el aspecto de un ataúd.

Ahrimán se sentaba silencioso tras la tabla del escritorio fijando la mirada en su brillante superficie como si pudiera ver en ella cosas no perceptibles para mí. Me moví ligeramente tratando de comprobar mis reflejos. No estaba atado, tenía libres los brazos y las piernas, que parecían responder a mi voluntad sin dificultades.

El Oscuro levantó hacia mí su centelleante mirada. Vestía un traje muy ajustado de fibra metálica que refulgía a la suave luz de la cueva y que se cerraba en el cuello con una piedra reluciente de colores cambiantes a simple vista. Levanté la mirada, pero no distinguí ninguna lámpara, sólo un resplandor que parecía proceder del propio hielo.

—Bioluminiscencia —dijo Ahrimán con un susurro que rechinó dolorosamente en mis oídos.

Le respondí con una señal de asentimiento, más para comprobar cuán dolorida tenía la cabeza que por darle alguna muestra de conformidad. El dolor desaparecía rápidamente.

—Tus amigos han apagado el fuego muy de prisa —prosiguió—. El grano estaba demasiado húmedo: debía haber esperado una semana más para encontrarlo más seco.

—¿Dónde encontraste a esos guerreros? —le pregunté.

Una torva sonrisa iluminó su boca de labios muy finos.

—No resultó difícil. Son muchas las tribus que desean tener la oportunidad de matar y saquear: se enorgullecen de ello. Regresan a sus miserables chozas con un puñado de cabezas cortadas y pueden jactarse ante sus mujeres e hijos de cuán poderosos son.

—¡Tú les incitas a obrar así!

—No necesitan demasiados estímulos: matar forma parte de su modo de vida. Es algo innato en ellos.

—En esta ocasión fracasarás —le dije—. Volveremos a encontramos.

—Sí, ya me lo dijiste. Dijiste que nos habíamos encontrado dos veces.

—Lo que significa que en esta ocasión te venceré: no lograrás evitar que esta gente desarrolle la agricultura.

Levantó su gruesa mano para interrumpirme.

—¡Estás muy seguro de ello! —susurró—. ¡Estás muy convencido de tu triunfo, de hallarte en posesión de la verdad, de que el Áureo representa la realidad y la victoria!

—¡Ormuzd es…!

—¡Ni siquiera ése es su verdadero nombre, como tampoco el mío es Ahrimán…! Son simples convenciones, mentiras, inventos. Simplificaciones necesarias porque tu mente jamás ha estado preparada para captar toda la verdad en sus infinitas facetas.

Sentí que volvía a encenderse mi ira.

—Conozco bastante la verdad para comprender cuáles son tus propósitos.

—Me propongo la aniquilación de tu especie —repuso Ahrimán—, aunque me cueste todo el tiempo del mundo conseguirlo, aunque signifique acabar con el continuo y destruir todo el universo del espacio-tiempo. No tengo nada que perder, ¿comprendes, Orión? ¡Nada que perder!

Sus ojos enrojecidos me miraban ardientes. Sentí la furia de su ira, su odio, y algo más, algo que no podía identificar, que me pareció la expresión de un pesar interno y perdurable. Pero haciendo caso omiso de aquellas impresiones, le espeté:

—¡Jamás te saldrás con la tuya! ¡Hagas lo que hagas, serás destruido!

—¿De verdad?

—En esta ocasión fracasarás, al igual que fracasaste en otros tiempos. No podrás detener el progreso de la especie humana.

Apoyó sus poderosos brazos en el escritorio y se inclinó hacia delante, ante mí, como una amenazadora nube de tormenta.

—¡Insensato necio! Aún no comprendes la naturaleza del tiempo, ¿verdad? —Sin darme tiempo a responder, prosiguió—: El hecho de que nos hayamos encontrado anteriormente, en otros siglos y lugares, no significa que vayas a derrotarme aquí. El tiempo no es como una vía férrea que se tiende por tramos en un lugar y se fija constantemente, de modo inmutable. El tiempo es como un río o, mejor aún, como un océano. Se mueve, se desplaza, aparta un poco la tierra en un punto y forma una nueva isla más allá. No es inmutable. Si yo triunfase en esta época, aquellas en las que tú y yo nos hemos enfrentado se desintegrarían en un primitivo caos, como si nunca hubieran existido.

Le miré en silencio, fijamente, durante largo rato.

—No te creo —dije por fin—. Estás mintiendo.

Movió lenta y pesadamente la cabeza.

—En esta ocasión venceré yo, Orión. Venceré y se desorganizará todo el espacio-tiempo. El continuo se derrumbará, y aquellos tiempos y lugares donde nos encontramos dejarán de existir.

—No puede ser cierto.

—Lo es. Y te consta que es así. Os destruiré a todos vosotros, los homo sapiens sapiens, a vosotros que sois creación de Ormuzd. Tú y él os desintegraréis en la nada y los míos triunfarán por fin.

—¡Jamás! —exclamé, pero tan quedamente que apenas pude percibir mis propias palabras.

Ahrimán ignoró mi exclamación y siguió recreándose.

—Esa pequeña banda de salvajes no realizará la transición de la caza a la agricultura, como tampoco la llevará a cabo ninguna de vuestras tribus. Tu pueblo seguirá siendo una pequeña, débil y famélica colección de tribus cazadoras dispersas… dotadas de instinto bélico.

Acentuó esta última frase, la saboreó, la siseó como si fuera una justificación de cuanto había hecho, de las existencias que había exterminado, de las perversidades que había cometido.

—Bastaría con dejar que vuestras tribus sedientas de sangre se exterminasen con el tiempo —prosiguió—. Sólo sería necesario enfrentarlas en sangrientos encuentros, reunir a dos tribus inesperadamente, y vuestros instintos salvajes harían el resto.

—Los clanes no luchan cada vez que se encuentran —protesté—. En este valle están colaborando.

—Únicamente porque se conocen y porque aquí abunda la comida, pero son unos necios despilfarradores. Han reducido notablemente la caza y extinguido algunas especies animales. Te aseguro que en breve escasearán sus recursos.

—Si no se dedican a la agricultura —murmuré.

—No lo harán. Y cuando una de vuestras bandas errantes de cazadores se encuentre con un grupo extraño, se aniquilarán unos a otros.

Moví la cabeza con obstinación, negándome a creerle.

—Son demasiados para que puedas destruirlos a todos. Se extienden por todo el mundo…

—No es cierto —repuso—, los glaciares cubren buena parte del hemisferio norte. Y aunque no fuese así, ¿qué diferencia representaría para mí? Tengo todo el tiempo del mundo para aniquilar a vuestras salvajes tribus errantes. ¡Piénsalo! Significan siglos, milenios, eones, un largo y delicioso festín de víctimas.

Sus ojos, de un rojo hiriente, brillaban de excitación. Yo seguía sentado en silencio e inmóvil, calculando las oportunidades que tenía de saltar sobre la mesa y estrangularlo antes de que pudiera detenerme.

—Y, al final —continuó con una expresión de suprema felicidad—, cuando tus primitivos bebedores de sangre se hayan exterminado entre sí, la desviación que sufrirá el continuo será tan grave que la Tierra, el sol, las estrellas y las galaxias se desplomarán formando un agujero negro en el tiempo. Por fin habrá llegado el fin de todo.

Me abalancé hacia su cuello, pero por su maliciosa mirada de reojo comprendí que había previsto mi reacción situándose bastante lejos de mi alcance para tener tiempo de bloquear mi acometida. Apretó sus poderosos puños y arremetió contra mi rostro. El cerebro me estalló de dolor y volví a perder el sentido.

Me despertó el sonido del agua goteando. Estaba tendido en el duro suelo, sumido en profunda oscuridad. Tardé largo rato en detener las palpitaciones de mi cabeza, aunque tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para controlar mi sistema nervioso y aislar el dolor.

Intenté sentarme y mi cabeza chocó contra la dura roca. Traté de levantarme con ambas manos y descubrí que estaba metido en una estrecha hendidura. Comprobé que a mi derecha había un muro liso de piedra y a mi izquierda un acantilado de profundidad desconocida.

Comprendí que Ahrimán se había ido para llevar a cabo su misión de alejar a los clanes del valle o exterminarlos. Tenía que liberarme y evitar que consiguiera realizar sus designios.

La visión era inútil: me rodeaba la más profunda tiniebla. El sonido goteante del agua procedía de debajo de mí. Me volví cuidadosamente apoyándome en el estómago y tanteé por el borde hasta donde alcanzaba mi brazo sin encontrar el fondo. Busqué en tomo tratando de encontrar una piedra suelta, que dejé caer hacia abajo. Agucé el oído y concentré toda mi atención, pero no sirvió de nada. Aguardé durante un tiempo que me pareció interminable, mas no distinguí el ruido producido al chocar en el agua. Busqué otra piedra de mayor tamaño y volví a intentarlo. Los segundos transcurrieron lentamente… por fin oí un débil chapoteo que me hizo comprender que muy en el fondo había agua.

Inicié el avance centímetro a centímetro ignorando si me movía en dirección correcta. Aunque la roca parecía inclinarse ligeramente hacia arriba, aquello no significaba que se dirigiera a la superficie, pero no podía pensar en otra cosa, de modo que me arrastré como un topo, ciegamente, desplazándome con lentitud sin saber adónde me dirigía. Únicamente se percibía el sonido de mi respiración, el roce de mi cuerpo arrastrándose y serpenteando por el borde de la roca y el lejano murmullo del agua. La piedra se iba calentando, lo que me recordó el sótano en el que me había atrapado Ahrimán la primera vez que nos encontramos. Pero aquella era una cueva natural, no una burbuja de energía capturada. Comprendí que aquel calor procedía de una fuente natural, del magma del volcán. Acaso estuviera adentrándome hacia el fondo en lugar de desplazarme a la luz del día.

Me detuve jadeante entre la húmeda y densa atmósfera y traté de ordenar mis pensamientos, pero no me sirvió de nada puesto que carecía de la necesaria información, por lo que traté de ponerme en lugar de Ahrimán. ¿Qué se proponía?

La respuesta fue inmediata: destruir al clan de la Cabra.

Me pregunté cómo lo haría. La agresión sufrida por los clanes había fracasado y en aquellos momentos estarían en guardia. En lugar de hacerles abandonar el valle, aquella agresión probablemente les habría hecho comprender cuán valiosos eran los campos de cereales y quizá por entonces ya habrían decidido quedarse allí permanentemente y proteger el grano de posibles merodeadores.

Pero calculé que Ahrimán no era tan necio y que habría previsto que aquello podía producirse.

Por lo tanto, el único propósito del ataque debía consistir en convencerlos de que se quedaran en el valle. Pero aquello carecía de sentido, a menos que Ahrimán planease destruir a la gente y al valle simultáneamente.

¿Cómo lo haría? ¿Con un terremoto? ¿Podría el Oscuro controlar las fuerzas tectónicas? Lo ignoraba, pero mientras yacía tendido en mi oscura prisión rocosa, lo descubrí repentinamente al percibir un sonoro, rompiente y salpicante sonido procedente de las profundidades: en la corriente subterránea se estaba levantando una oleada que crecía por momentos entre la oscuridad.

—¡Una inundación! —exclamé. Y mi voz resonó extrañamente ronca, sofocada entre los angostos confines de la roca.

Mis pensamientos se desbocaron. El calor subterráneo fundiría el hielo de las profundidades, el río que atravesaba el valle brotaría de las entrañas de la montaña en una marea incontrolable y los clanes allí instalados no tendrían ocasión de huir. El valle quedaría anegado con todos los que se encontrasen en él.

Y todo aquello había comenzado a suceder mientras yo me encontraba allí. El agua chocaba ruidosamente debajo de mí, aproximándose, remontándose hasta el lugar donde yacía atrapado en aquella prisión pétrea: yo sería el primero en perecer ahogado. Ahrimán lo había planeado muy bien.

Aunque me constaba que superaría la muerte y volvería a renacer, no por ello deseaba volver a enfrentarme al fin. Sabía que Ormuzd controlaba mi destino, pero cuanta más información recibía sobre él y sus poderes, más cuenta me daba de sus limitaciones. Si sus facultades hubieran sido tan vastas, se habría enfrentado directamente con Ahrimán sin recurrir a mí ni a ningún otro intermediario. Tenía bastantes poderes para arrancarme de la muerte y proyectarme en otros tiempos y lugares, por lo menos así lo había hecho en dos ocasiones, pero ¿qué seguridades tenía de que volvería a hacerlo, ni siquiera de que supiera dónde estaba y la situación en que me encontraba?

Me sentía totalmente solo ante la alternativa de esperar a que subiera el nivel del agua y me ahogase, o sumergirme en ella tratando de encontrar el medio de regresar a la luz del día. El tiempo era vital. Si lograba sobrevivir a aquella prueba, era de primordial importancia que me pusiese en seguida en contacto con Dal y Ava para advertirles a tiempo del desastre que se avecinaba.

Tomé, pues, mi decisión. Aspiré profundamente y rodé por el borde de la roca, dejándome caer como una de las piedras que anteriormente había arrojado en el agua. Tuve mucho tiempo para poder asustarme pues me había desplomado desde una altura considerable. Orienté mi cuerpo en posición vertical, del mejor modo posible para poder sumergirme, al tiempo que me preguntaba a qué profundidad se encontrarían las aguas y si correría el peligro de romperme la cabeza antes de morir ahogado.

Cuando finalmente choqué con el líquido elemento, lo hice como si hubiera entrado en contacto con cemento, y me hundí seguidamente como plomo en las heladas y negras aguas. Mis nervios quedaron paralizados y experimenté únicamente un doloroso borboteo en los oídos.

Al cabo de un instante que me pareció eterno, mis brazos golpearon contra sólida roca. El río formaba remolinos y se encrespaba contra un muro liso, pero por la contracorriente advertí que me arrastraba por un túnel más profundo, por el que seguía fluyendo. Comprendí que en aquel túnel no habría oxígeno, pero no me quedaba otra opción que seguir el curso del agua. Llené mis pulmones de aire y me sumergí dejándome llevar por la corriente.

En breve se me agotó el aire mientras que el río seguía fluyendo por aquel túnel natural. Comencé a extraer el oxígeno que pude de mi sistema muscular y de mis órganos, utilizando aquellas reservas para alimentar el corazón, el cerebro y los miembros, y empecé a morir poco a poco, como se apagan paulatinamente las luces de una ciudad cuando se produce una avería por sectores. Reduje desesperado mi ritmo cardíaco y me sumergí en una especie de trance catatónico, flotando pasivamente por las aguas subterráneas y pereciendo por falta de oxígeno, sin saber si volvería a ver la luz del día.

Parecía como si hubiesen transcurrido meses, pero finalmente la oscuridad que me rodeaba comenzó a aclararse y salí flotando a la superficie.

Aspiré con fruición y desesperación aire auténtico y vital. Me parecía maravilloso que mi cuerpo retomase a la vida mientras engullía en enormes bocanadas la más preciada sustancia de la tierra.

El río desembocaba en una enorme cueva que se convertía en una extensa cisterna subterránea. Me arrastré hasta alcanzar terreno seco, doloridas todas las partes de mi cuerpo por la falta de circulación sanguínea. Sobre mi cabeza, por una abertura del techo de aquella enorme cueva, se filtraba la luz del sol, pero me sentía demasiado débil para tratar de alcanzarla.