Orión
Capítulo XXVII
Dal no pareció muy satisfecho cuando nos vio regresar de nuestro largo paseo y su enojo fue en aumento a medida que transcurrieron los días y pasamos más tiempo juntos.
Por la noche nos alejábamos de las hogueras del clan. Cada familia encendía un pequeño fuego frente a su cabaña en lugar de reunirse en torno a una única hoguera. A solas en la oscuridad mostraba a Ava las estrellas y le explicaba que las constelaciones formaban un vasto calendario y un reloj celeste. Ella comprendía rápidamente mis explicaciones y al cabo de algunas noches incluso advirtió que por lo menos una de aquellas estrellas parecía haberse desplazado ligeramente.
—Es Marte —le dije—, no es una estrella como las demás, es un mundo parecido a nuestro propio mundo, pero increíblemente lejano.
—Es rojo como la sangre —murmuró Ava entre las sombras.
—Sí —reconocí—. Su suelo está formado de arena roja, incluso su cielo es rosado a causa del polvo rojo, parecido al color de tus cabellos.
—La gente allí debe de ser colérica y belicosa —dijo—, por eso deben de haber dado a su mundo el color de la sangre.
Me dio un vuelco el corazón al comprender que estaba contribuyendo a la invención de la astrología, pero me consoló recordar que tales ideas no se producían una sola vez en un único tiempo y lugar. Conceptos tan evidentes como la astrología se inventarían repetidas veces, pese a lo ridículamente equivocados que pudieran ser.
Nos quedamos hasta casi el amanecer observando la rueda de las estrellas que giraban por los cielos en su majestuoso y cósmico mecanismo de relojería. Cuando Venus, la estrella de la mañana, apareció resplandeciente de hermosura, como jamás recordaba haberla visto en la oscuridad que precede al día, oí a Ava suspirar de placer.
En aquel momento sentí deseos de estrecharla entre mis brazos y besarla. Pero ella debió de adivinar mis pensamientos porque se apartó ligeramente de mi lado.
—Soy la mujer de Dal —susurró—. Preferiría que no fuese así, pero no puedo evitarlo.
Hubiera querido decirle que la amaba, mas de pronto comprendí que en su lenguaje no había palabras que expresaran tal concepto: aún no se habían inventado los romances. Era la esposa de Dal y en aquellas épocas primitivas las mujeres no cambiaban de compañero.
Regresamos al campamento, donde aún se encontraban los rescoldos de las hogueras. Dal estaba sentado delante de su cabaña con aire abatido, enojado, preocupado y soñoliento a un tiempo. Al vemos se puso en pie de un salto. Ava le sonrió, se cogió de su brazo y juntos entraron en la cabaña sin despedirse de mí.
Me quedé solo durante unos momentos y después di media vuelta y me metí en el refugio semisubterráneo que Dal había ordenado que construyesen para mí, a más de cien metros de sus cabañas.
Cuando me agaché para pasar, sumergiéndome en las sombras de la única pieza de que constaba, capté inmediatamente una presencia extraña. El amanecer comenzaba a teñir el cielo por el este y no habían practicado ninguna ventana en las paredes: la luz y el aire llegaban únicamente por el hueco de la puerta. Pero sabía que no estaba solo. Entre las negras sombras del interior percibía la presencia de un ser oscuro y amenazador, distinguía perfectamente una respiración trabajosa y profunda.
—¡Ahrimán! —susurré.
En el rincón más oscuro de la estancia percibí un ligero movimiento. Llevé instintivamente la mano al cuchillo que tenía en la cintura en un ademán pueril e inútil.
—Esperabas encontrarme, ¿verdad?
Su voz áspera y torturada me produjo un escalofrío.
Me aparté a un lado para que mi silueta no se recortara contra la luz cada vez más intensa que entraba por la puerta.
—Hace muchas semanas que nos persigues, ¿no es cierto? —Sí.
Apenas lograba discernir su cuerpo, que abultaba pesadamente entre las sombras.
—¿Te propones causar daño a esta gente? —indagué.
Se removió levemente.
—¿Qué daño podría causarles? Soy tan sólo un hombre. ¿Cómo podría enfrentarme a toda tu raza…?
—No te consideres un hombre —repliqué.
Profirió un sonido jadeante y entrecortado que recordaba una carcajada.
—Eres un necio, Orión. ¿También tú te crees un hombre?
—Soy un ser humano —dije—, no pertenezco a los individuos de tu especie.
—Desde luego que no perteneces a mi especie —repuso pronunciando dificultosamente cada palabra—. Soy el único superviviente de los míos. Tus cohortes asesinaron a todos los demás.
—¿Y pretendes vengarte?
—Trato de hacer justicia.
—¿Aunque eso signifique destruir el continuo del espacio-tiempo?
—Ése es el único medio de conseguir la justicia que trato de alcanzar. Derribar los pilares que sostienen el mundo, acabar con todo, destruir a aquel que se considera a sí mismo el dios Aureo…
—Ormuzd.
—Sí, Ormuzd el matarife, tu amo, Orión, tu creador.
—No podrás tocarle: es demasiado poderoso para ti. De modo que aleja tu rencor de esos pobres e ignorantes salvajes —le espeté sintiendo hervir mi odio hacia él.
—Os consideráis humanos, creéis ser los dueños de este planeta — replicó.
—Y así es: éste es nuestro mundo.
—Provisionalmente —rugió Ahrimán—, sólo provisionalmente. Él te ha creado para que conquistes este mundo, pero yo procuraré por todos los medios destruirlo total y eternamente.
—¡No! —repuse—. Ya te he detenido en dos ocasiones y volveré a conseguirlo ahora.
Ahrimán vaciló un instante como si hiciera acopio de fuerzas.
—¿Dices que me has detenido dos veces? ¿Nos hemos encontrado ya dos veces?
—Sí.
—Entonces es cierto —murmuró casi para sí—. Estás retrocediendo hacia la Guerra.
Guardé silencio.
—El Áureo es muy inteligente. Te está enviando hacia atrás en el continuo. Todavía no has presenciado la Guerra, no sabes lo que sucedió entonces.
—Sé que mi misión consiste en perseguirte y matarte definitivamente, para siempre.
Advertí que movía pesadamente la cabeza.
—Para siempre… Me pregunto si comprendes con exactitud el alcance de esas palabras. Ninguno de nosotros, ni siquiera Ormuzd, puede abarcar todo el tiempo en sus manos.
—Es la misión que me han encomendado —dije.
Ahrimán produjo nuevamente aquel sonido que recordaba una risa sofocada.
—Entonces ¿por qué no realizas tu trabajo ahora mismo? ¡Mátame!
Vacilé.
—¿Tienes miedo?
—No —repuse sinceramente.
Nunca me abandonaba el temor. Estaba calculando cómo podría atacarle: sabía que era más fuerte que yo. ¿Cómo intentarlo siquiera si no disponía de otras armas que aquel rudimentario cuchillo de sílex?
—Me canso de esperar —dijo Ahrimán.
De pronto movilizó su enorme masa entre las sombras. Se abalanzó contra mí y me aplastó contra el muro de adobe de la choza hundiendo sus poderosos dedos en mi garganta. Atravesamos la endeble pared, y el improvisado techo de ramas y hojas cayó sobre nosotros. Mientras nos revolcábamos por el polvo le asesté salvajes e inútiles cuchilladas.
Su rostro, que se encontraba a escasas pulgadas del mío, exhibía una amplia y perversa sonrisa que descubría el brillo de sus dientes en una mueca brutal. Profería roncos gruñidos y sus ojos brillaban furiosos con triunfal expresión. Sentí que mis fuerzas se agotaban por momentos, que mis músculos y brazos se debilitaban en mis esfuerzos por repeler su ataque. Comenzó a nublárseme la vista y comprendí que iba a morir.
De pronto sentí un impacto en el suelo, a mi lado, y seguidamente un choque amortiguado, como si alguien hubiera golpeado con un duro objeto a mi enemigo, que se encontraba sobre mí. Al instante se alivió la presión que sus dedos ejercían en mi garganta y cayó rodando por el suelo lanzando un gruñido. Mi visión se aclaró un tanto y aspiré profundamente una bocanada de aire fresco mientras le veía de pie junto a mí con una lanza clavada en el costado, manando sangre de su herida, mas sin perder su aspecto desafiante.
Ahrimán detuvo con su mano otra lanza que cruzaba volando los aires. Me volví y descubrí que era Dal quien la había arrojado. Otros miembros del clan corrían junto a él también armados mostrando en sus rostros más sorpresa que temor: mientras que su jefe estuviera dispuesto a resistir a aquel salvaje intruso, ellos también lo harían… aunque a cierta distancia.
Ahrimán asió debidamente el arma y tomó impulso para enviarla contra Dal, pero le di una patada en las piernas y le derribé. Los hombres profirieron un grito que heló la sangre en las venas y cargaron contra nosotros.
Logré montar sobre el Oscuro, pero él me derribó propinándome un golpe tremendo con el dorso de la mano. Seguidamente se arrancó la lanza del costado y la envió contra sus atacantes. Pese a haber arrojado el proyectil totalmente al azar, acertó con él a uno de los hombres: le atravesó el pecho y lo levantó en el aire dejándolo inánime en el suelo.
Aquello inmovilizó por completo a sus atacantes, con excepción de Dal; éste se abalanzó contra Ahrimán armado únicamente de su insignificante cuchillo. El Oscuro le apartó de un empujón, se levantó dificultosamente y marchó tambaleándose hacia las rocas.
Durante unos momentos permanecimos inmóviles. Yo me incorporé penosamente, apoyándome en manos y pies; Dal se sentó tratando de ordenar su confusa mente. En su mandíbula, donde había recibido un puñetazo de Ahrimán, aparecía un morado.
Sus compañeros, paralizados por el pánico, nos miraban a uno y a otro y contemplaban el cadáver de su camarada. Ahrimán había desaparecido entre las sombras de las rocas, donde aún no alcanzaba la luz del amanecer.
—¿Quién era? —preguntó Dal por fin acariciándose la mandíbula con una mueca de dolor.
—Un enemigo —dije.
En aquel momento se acercaron los demás hablando todos a un tiempo. Ava se abrió camino entre ellos y se arrodilló junto a Dal. Le examinó a la luz del sol y comprobó que no se había roto ningún hueso. Luego se volvió hacia mí.
—Estoy perfectamente —le aseguré levantándome aunque me ardía la garganta y tenía la voz ronca.
Los demás no apartaban su mirada de mí.
—Llevas las huellas de tu enemigo —dijo Ava observándome—. Se distingue perfectamente la marca de cada dedo. —Puso las manos en mi cuello y comentó—. Tiene unas manos enormes.
—¿Quién es? —quiso saber Dal.
—El enemigo de todos los hombres —repuse—. El enemigo de todo ser humano. Es el Oscuro, un ser cuyo único deseo consiste en aniquilamos totalmente.
Aunque todos habían visto a Ahrimán, le describí lo más fielmente posible: no quería que llegasen a creer que era un espíritu o un demonio, con una capacidad de resistencia sobrehumana. Les elogié por haberle obligado a huir, por haberle herido, salvándome así de una muerte cierta.
—Podemos seguir su rastro y encontrarle en su madriguera —propuso Ava señalando las manchas de sangre que había dejado sobre la hierba.
Los hombres se mostraron claramente contrarios a aquella idea. Incluso Dal, que hacía unos momentos había actuado tan valerosamente, pareció echarse atrás.
—No —dijo—, en estos momentos ya se habrá ocultado en la profundidad de alguna cueva donde nos sería imposible encontrarle. Incluso puede habernos tendido alguna trampa. Será mejor que nos quedemos aquí, a la luz del sol. Él no regresará.
«Al menos por ahora», me dije.
Los restantes miembros del clan se reunieron en torno a su camarada muerto y lo levantaron del suelo con delicadeza para trasladarlo a su cabaña. Mientras charlaban entre ellos exageraban continuamente el tamaño y ferocidad de Ahrimán, así como su propio valor y sus fuerzas para ponerse a la altura de las circunstancias.
Dal se encontraba cerca de mí; Ava estaba a su lado.
—Me has salvado la vida —le dije—. Te estoy muy agradecido.
Él movió la cabeza preocupado.
—Eres uno más de nosotros; hice lo que tenía que hacer.
—Hiciste mucho más que los otros.
—Soy su jefe.
Recordé el aforismo: de aquellos a quien mucho se da, mucho se espera. Dal era un auténtico jefe, un buen jefe. Pero aún parecía preocupado.
—Ahrimán no es un espíritu ni un demonio —le dije—, sino un hombre como yo.
—Se arrancó la lanza que tenía clavada en el costado como si fuera un insecto molesto.
—Tiene mucha fuerza —admití.
Dal, pensativo, se tocó el cardenal que tenía en la mandíbula.
—Es cierto. Atravesó a Radon con la lanza aunque estaba detrás de él.
—Pero huyó de nosotros —observé.
No quería que Dal temiera a Ahrimán más de lo necesario.
Fijó en mí una mirada preocupada.
—No me habías dicho que te persiguiera ningún enemigo.
—Ignoraba que él se encontrase aquí —le mentí—. Creí que estaba muy lejos.
Ava intervino intuyendo el inicio de una discusión.
—Ven a comer con nosotros. El sol ya está sobre las colinas: hará un hermoso día.
Aunque Dal me observaba con renovadas sospechas, yo sentía un nuevo vínculo de admiración y respeto hacia aquel hombre que había atacado al Oscuro desplegando extraordinario arrojo y valor y logrando salvarme la vida.