Orión
Capítulo XLIII
Yo había dejado de ser útil. Comprendí que si Ormuzd me había creado, si me había situado en todas aquellas eras distintas para perseguir a Ahrimán, si me había hecho superar la muerte muchas veces… también podía dar fin a mi existencia absoluta y eternamente.
Le miré con fijeza.
—¿Es ése el premio que merezco? ¿La muerte definitiva?
—¡Trata de comprender, Orión! —repuso en tono apaciguador—. Lo que deseas es realmente imposible. Anya no es un ser humano, como tampoco yo lo soy. Adoptamos esta figura para resultarte familiares.
—Pero Adena… Agía…
—Eran humanas —dijo Anya—. Adena fue creada en un tiempo muy lejano, en el futuro de todas las eras que has conocido.
—A cincuenta mil años en el futuro del siglo veinte —dije recordando la información recibida de Ormuzd cuando le vi por vez primera.
—Exactamente —repuso Anya—. Fue creada al mismo tiempo que tú.
—Entonces…
—Y las demás, Aretha, Ava, Agía… nacieron de madres humanas, como nacen todos los seres desde que el grupo de soldados de Adena luchaban por su supervivencia en aquel período glacial.
—Pero eras siempre tú.
—Sí, yo habité sus cuerpos durante toda su vida. Me hice humana.
—¿Por mí?
—Al principio no fue así. Al principio simplemente sentía curiosidad ante aquella novedad, deseaba ver cómo era la obra de Ormuzd. Pero luego comencé a sentir como ellos el dolor, el miedo… y cuando te conocí empecé a comprender lo que era el amor.
Me volví y pregunté a Ormuzd:
—¿Nos impedirás estar juntos?
Ya no lucía en su rostro aquella risa burlona. Tenía un aire sombrío, profundamente preocupado.
—Puedo darle una vida llena y muy rica, Orión, incluso muchas vidas si lo deseas, pero no me es dable convertirte en uno de nosotros: eso es imposible.
—Porque te niegas a hacerlo posible… —repuse amargamente.
Hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—No, es imposible porque ni siquiera yo puedo conseguirlo: no puedo transformar a una bacteria en un pájaro ni convertir a un hombre en un dios.
—¿Es cierto lo que dice? ¿No puede hacer nada para conseguirlo? — pregunté volviéndome a Anya.
—Trata de comprenderlo, Orión —repuso suavemente.
—¿Cómo quieres que lo comprenda? —exclamé iracundo. Observé el cuerpo aprisionado de Ahrimán y adiviné en parte el odio que ardía en sus ojos—. No me has permitido que comprenda. Me creaste para que cumpliese la misión que me habías asignado y cuando la he concluido quieres desembarazarte de mí.
—No —intervino Anya—. No es así.
Pero Ormuzd hizo caso omiso de sus palabras.
—Acepta lo que es inalterable, Orión. Tú has actuado perfectamente. Los seres humanos te adorarán a lo largo de todos los tiempos de una u otra forma. Se olvidarán de mí, pero siempre recordarán a Prometeo.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué me creaste? ¿Por qué creaste a la humanidad? ¿Por qué se hizo la Guerra contra la gente de Ahrimán? ¿Por qué provocaste tanta agonía y derramamiento de sangre?
Ormuzd permaneció silencioso. Su áureo fulgor se contrajo y le envolvió como una capa protectora. Bajó la cabeza y se negó a responderme.
Anya le dirigió una relampagueante mirada con sus grises ojos de destellos plateados hasta que le obligó a fijar la vista en ella.
—Merece una respuesta, dios de la luz —dijo en un tono apenas perceptible.
Ormuzd no respondió. Se limitó a mover lentamente la cabeza en sentido negativo.
—Entonces se lo diré yo —insistió ella.
—¿De qué le servirá? —repuso Ormuzd—. Ahora ya me odia. ¿Quieres que también te odie a ti?
—Quiero que comprenda —repuso.
—¡Eres una necia!
—Quizá, pero merece saberlo todo.
El aura resplandeciente de Ormuzd comenzó a latir y a enrojecer por sus extremos y su luminosidad se hizo cada vez más intensa hasta que me resultó imposible mirarle directamente. Su cuerpo humano se desvaneció entre aquel fulgor y se transformó nuevamente en una radiante esfera dorada, como un resplandeciente y diminuto sol. Acto seguido se remontó sobre nuestras cabezas y fue disminuyendo en la monótona distancia hasta convertirse en un lejano punto del firmamento, luminoso como una estrella.
Me volví a mirar a Anya.
—¿Estás dispuesto a conocerlo todo, Orión? —preguntó mirándome con toda la tristeza del mundo.
—¿Significa eso que debo perderte? —respondí.
—En cualquier caso deberás perderme. Ormuzd ha dicho la verdad: no puedes convertirte en uno de nosotros.
Sentí deseos de pedirle que pusiera fin a aquella situación en aquel momento, que extinguiese mi existencia y mi dolor, pero en lugar de ello respondí de un modo mecánico:
—Si debo existir sin ti, por lo menos deseo saber para qué fui creado.
—Fuiste creado para perseguir a Ahrimán —repuso.
—Sí, pero ¿por qué? No creo lo que me ha dicho Ormuzd. Es imposible que Ahrimán destruya el universo; es absurdo.
—No, amor mío —dijo suavemente Anya—. Es absolutamente cierto.
—Entonces ¡demuestrámelo! ¡Deseo comprender!
Su hermoso rostro reflejaba una profunda gravedad.
—Tendrás que entrar de nuevo en la corriente del tiempo.
Debo enviarte a un lugar del espacio-tiempo anterior a la época glacial, cuando aún no existían seres humanos sobre la Tierra.
—Bien, envíame. Estoy dispuesto.
Vaciló un instante.
—Yo no me encontraré presente bajo ninguna forma: estarás solo… exceptuando…
—¿Quién?
—Ya lo verás —repuso Anya—. Por ahora te bastará con saber que no habrá otros seres humanos en la Tierra, ninguna criatura como tú.
Comprendí al punto lo que aquello significaba.
—Ormuzd aún no las había creado, ¿verdad?
—Así es.
—¿Pero habrá otros seres? —indagué. Como un relámpago se iluminó mi mente—. ¡La gente de Ahrimán! ¡Serán ellos quienes poblarán la Tierra!
Anya no respondió, pero por la expresión de sus ojos deduje que era cierto. Aparté mi mirada de ella y observé al Oscuro, que seguía aprisionado en la onda de energía. Sus ojos ardían con una furia que amenazaba con destruir el mundo si lograba quedar en libertad.