Orión

Ben Bova · Capítulo 7 de 52

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Orión

Capítulo VI

 

No me resultó difícil localizar el cuartel general de los manifestantes. Pertenecían a una organización que respondía al nombre de STOPP, las siglas en inglés de una frase que significaba «Acabemos con la tecnología que sojuzga a la gente».

El cuartel general de STOPP era un viejo caserón de cuatro pisos situado en el extremo de la avenida principal que surgía del campus universitario. Aparqué mi coche de alquiler frente al edificio y permanecí un rato sentado observando su entorno. Deambulaban por allí muchos estudiantes, la mayoría de los cuales se reunían en las pizzerias y hamburgueserías de la calle. En aquel extremo de la avenida se habían levantado en otro tiempo magníficas residencias victorianas; sin embargo, ahora, ante el desarrollo alcanzado por la universidad, aquellas mansiones se habían convertido en apartamentos y oficinas y muchos de los bajos habían sido destinados a establecimientos comerciales.

Al otro lado de la calle se hallaba el campus universitario formado por graciosos edificios, setos cuidadosamente podados y corpulentos árboles cuyas desnudas ramas se recortaban contra un cielo gris. El lugar donde yo me encontraba había sido pasto de la codicia de los especuladores: aquella zona sórdida, bulliciosa y concurrida, estaba explotada lucrativamente. En toda la extensión de la avenida circulaba un tráfico constante: coches ruidosos que se sucedían sin interrupción haciendo sonar sus bocinas, camiones, autobuses, motocicletas…

Salí del coche decidido a abordar directamente el asunto. Me dirigí a la escalera de madera, crucé el porche delantero y pulsé el anticuado y enmohecido timbre. Al comprobar que no obtenía respuesta, abrí la puerta y entré.

La fachada era de estilo victoriano-americano y denotaba muy mal gusto; el interior estaba decorado en un estilo estudiante-neo-activista. Pósters sensacionalistas cubrían la mayor parte de las paredes del vestíbulo y en ellos aparecían personalidades tan dispares como Martin Luther King y Jane Fonda. El más moderno de todos, que estaba muy descolorido, exigía: ESTADOS UNIDOS FUERA DEL BRASIL - NO MÁS DESASTRES COMO EN EL SALVADOR. A un lado se veía una mesa biblioteca cubierta con una montaña de octavillas. Estuve examinando aquel material y comprobé que trataba desde el aborto hasta el desarme, pero en ningún caso se mencionaba el laboratorio de fusión.

A derecha e izquierda del vestíbulo aparecían varias puertas abiertas. Me asomé a la primera de la izquierda. Era espaciosa, de lecho alto y estaba vacía. Su mobiliario consistía en dos viejos sofás, tres catres del ejército desvencijados y una mesa grande y cuadrada con un ordenador antiguo y estropeado. Pero no se veía a nadie.

Pasé seguidamente a la habitación de la derecha. Una joven de aire despierto estaba sentada ante una centralita telefónica portátil y ultramoderna, incongruentemente instalada sobre una mesa maciza de caoba de estilo Victoriano. Sobre sus cortos cabellos rubios llevaba un aparato compuesto de auricular y micrófono. Sin interrumpir su conversación, con un ademán me invitó a entrar y me señaló una de las desvencijadas sillas que se alineaban contra la pared.

Me quedé de pie aguardando a que concluyese su conversación. Me sentía como ausente. De nuevo veía el rostro finamente cincelado de Aretha, sus cabellos negros como la noche y sus luminosos ojos grises. Alejé aquella imagen de mi cerebro y me esforcé por concentrarme en la muchacha que mascaba chicle ante la centralita.

La rubia concluyó por fin su conversación y me miró. Observé que no disponía de pantalla telefónica.

—Bien venido a STOPP —exclamó alegremente—. ¿Qué podemos hacer por usted, señor…?

—Orión —me presenté—. Quiero ver al jefe de esta asociación.

Su alegre y jovial sonrisa se ensombreció.

—¿Pertenece usted al ayuntamiento o al cuerpo de bomberos?

—No. Soy un empleado de la empresa RTC, el laboratorio de fusión.

La joven lanzó una exclamación de sorpresa: el enemigo se había introducido en su propio campo.

—Quiero ver a la persona que dirige esta institución.

—¿A Don Maddox? En estos momentos está en clase.

—No, deseo hablar con la persona para quien él trabaja.

Pareció sorprendida.

—¡Don es el presidente, él fue quien organizó STOPP y quien…!

—¿Es él el responsable de la manifestación que ha tenido lugar hoy ante el laboratorio de fusión?

—Sí… —repuso algo indecisa.

—Quiero saber quién le incitó a llevarla a cabo.

—Aguarde un momento, señor…

Y comenzó a manipular con nerviosismo el teclado de la centralita. Sobre su labio superior se había formado una tenue capa de sudor y su respiración era más agitada.

—Bien —dije tratando de aliviar un poco la tensión—, ¿de quién partió entonces la idea de organizar la manifestación en el laboratorio? Me consta que no fue obra de ningún estudiante.

—¡Ah! ¡Usted se refiere al señor Davis! —exclamó irguiéndose en su asiento. Y agregó con acento convencido—: Él nos alertó sobre su experimento de fusión y la propaganda que estaban difundiendo entre el público.

Hubiera sido inútil discutir con ella. El señor Davis. No pude evitar una sonrisa. Con un leve cambio de pronunciación se convertía en Daevas, el dios del mal en la antigua religión zoroástrica.

—Muy bien —repuse—. Pues deseo ver al señor Davis.

—¿Por qué? ¿Se propone usted detenerle o enfrentarse a él? —inquirió.

Su ingenuidad me arrancó nuevamente una sonrisa.

—¿Cree que se lo diría si así fuera? ¿Acaso han arrestado a alguien por lo sucedido esta mañana?

Movió negativamente la cabeza.

—Pero, según me han dicho, contaban con un buen equipo para romper cabezas.

—¿De verdad? Insisto en que quiero ver a Davis. ¿Se encuentra aquí?

—No. —Era evidente que mentía—. Tardará un rato en volver… suele salir a hacer gestiones.

—Muy bien —respondí con un encogimiento de hombros—. Póngase en contacto con él y dígale que quiero hablar con él en seguida.

—¿Cómo dijo que se llamaba?

—Orión. Dígale simplemente Orión: él ya me conoce. Esperaré afuera en mi coche. Lo he aparcado delante mismo de este edificio.

La joven frunció el entrecejo.

—Puede que tarde mucho en regresar. Quizá no aparezca por aquí en toda la semana.

—Póngase en contacto con él y dele mi mensaje. Esperaré.

—De acuerdo —repuso en un tono muy significativo, como si considerase que yo estaba loco.

Aguardé en el coche durante casi una hora. Era una tarde gris y fría, pero me adapté con bastante facilidad a la temperatura ambiental. Anulé el funcionamiento de mis vasos sanguíneos periféricos a fin de reducir la rápida irradiación del calor de mi cuerpo e incrementé por otra parte el promedio metabólico quemando parte de la grasa almacenada en mis tejidos, con lo que logré mantener la temperatura a pesar del frío. Hubiera alcanzado idénticos resultados yéndome a la esquina a comer alguna cosa, pero aquello me resultaba más fácil y no quería abandonar el coche: había demasiadas cosas en juego para que yo volviese la espalda. No obstante, me sentía hambriento porque, como he dicho, no soy un ser sobrehumano.

La rubia apareció en el porche temblando de frío pese a que se había echado un ligero suéter sobre los hombros. Comprobé que trataba de localizarme. Salí del coche y me hizo señas de que la siguiera. Entré tras ella en la casa y la encontré aguardándome en el vestíbulo con los brazos estrechamente cruzados sobre sus pequeños senos.

—Hace mucho frío ahí afuera —dijo frotándose los brazos—. Y usted ni siquiera lleva abrigo.

—¿Ha localizado a Davis? —pregunté.

Hizo una señal de asentimiento.

—Sí, ha entrado por la puerta posterior. Le espera abajo.

Le di las gracias y me dirigí hacia la puerta que estaba al final del vestíbulo, donde un tramo de escalera conducía al sótano. Pensé que era un lugar muy apropiado para él y me pregunté cuántas leyendas de tinieblas y perversión habría contribuido a crear en el decurso de milenios.

El sótano estaba oscuro: la única claridad que se percibía procedía de la escalera que llegaba desde el vestíbulo del piso superior. Logré distinguir una anticuada estufa de carbón, voluminosa y de forma achaparrada, que proyectaba hacia arriba sus tuberías, como una gigantesca medusa metálica. Cajones, cajas de embalaje y objetos de extrañas formas se confundían entre las sombras.

Llegué a tientas al pie de la escalera, avancé unos pasos entre la oscuridad y me detuve.

—Estoy aquí —exclamó una voz masculina en un bronco susurro.

Me volví ligeramente y descubrí su oscura presencia entre las tinieblas. Era muy alto, casi como yo, y muy corpulento, de anchas espaldas y hombros caídos, cuerpo recio y sólido y brazos musculosos. Me adelanté. No podía distinguir su rostro: estaba rodeado de sombras. Se volvió y me hizo señas para que me dirigiera hacia la estufa. Me agaché para pasar por debajo de una tubería…

De pronto me encontré en una habitación magníficamente iluminada. Parpadeé y, vacilando, retrocedí un paso y tropecé contra un sólido muro a mis espaldas. La estancia era acogedora: cubrían el suelo mullidas alfombras, las paredes estaban revestidas de paneles de excelente madera y el mobiliario consistía en cómodas sillas y sofás. No había ventanas ni aparecía decoración alguna en las paredes. Y no se veía ninguna puerta.

—Ponte cómodo —dijo señalándome un diván con su mano de dedos gruesos, corta y potente.

Me senté y le estuve examinando mientras él ocupaba pausadamente un sillón de suave piel. Su rostro no parecía del todo humano. Si se le encontrara por la calle, tal vez no llamaría la atención, pero cuando se le examinaba detenidamente se advertía que tenía las mejillas demasiado separadas, que era excesivamente chato y que sus ojos tenían un destello rojizo. ¡Sus ojos! Parecían ascuas encendidas, reflejaban una constante tormenta de furia y, profundizando en ellos, podía leerse también un odio implacable, en el que se mezclaba algo más, un sentimiento que yo no lograba penetrar. Pero no me importaba. El odio que refulgía en sus ojos también se lo devolvía mi mirada.

Llevaba los negros cabellos rapados muy cerca del cráneo y su tez tenía una palidez cerúlea. Vestía pantalones vaqueros y una camisa ligera desabrochada en el cuello. Era tan musculoso como un halterófilo profesional.

—Tú eres Ahrimán —dije por fin.

Su expresión era torva, sin alegría.

—Como es natural, no me recuerdas, pero ya nos conocíamos.

Hablaba en un susurro, como si fuese un fantasma o estuviese profiriendo su último estertor.

—¿Es cierto eso?

Asintió gravemente.

—Sí, pero nos movemos en distintas direcciones por el tiempo — prosiguió—. Tú retrocedes hacia la Guerra y yo avanzo hacia el Fin.

—¿La Guerra? ¿El Fin?

—Retroceder y avanzar son términos relativos en los viajes del tiempo, pero lo cierto es que nos hemos encontrado antes. Tú acudirás a esos lugares en su momento y, si sigues con vida, recordarás lo que te he dicho.

—¿Te propones destruir el reactor de fusión? —le pregunté.

Sonrió de un modo desagradable.

—Me propongo destruir a toda tu especie.

—Estoy aquí para impedírtelo.

—Acaso lo logres —repuso acentuando con cierta ironía el acaso.

—Ormuzd dice que lo conseguiré… que ya lo he logrado.

Pero no le revelé que también conocía mi próximo fin. Por alguna razón ignorada, no me sentía inclinado a ello. Confesar algo semejante podría convertirlo en realidad, infundirle fuerzas que yo perdería.

—Orión sabe muchas cosas —respondió lentamente—, pero sólo dice algunas de ellas. Por ejemplo, sabe que si en esta ocasión impido que me detengas…

¡Había dicho en esta ocasión! ¡Así pues, había habido otras ocasiones!

—… entonces no sólo daré fin a toda tu especie, sino que destruiré la estructura del continuo del espacio-tiempo y aniquilaré al propio Ormuzd.

—¿Quieres acabar con todos nosotros?

Sus ojos enrojecidos, abrumados por el dolor, parecieron taladrarme.

—Sí, deseo aniquilaros, derribar los pilares del universo, acabar con todo: estrellas, planetas, galaxias… ¡todo!

Apretó los puños. Estaba convencido de cuanto decía y yo también comenzaba a creerlo.

—Pero ¿por qué? ¿Por qué deseas semejante cosa?

Me silenció con una mirada.

—Si Ormuzd no te lo ha dicho ¿por qué debo hacerlo yo?

Intenté comprender más allá de sus palabras, pero mi mente tropezó con un muro implacable.

—Sólo te diré una cosa —susurró—. Ese reactor de fusión constituye un punto culminante en el desarrollo de vuestra especie. Si lograrais desarrollar el proceso de fusión, alcanzaríais las estrellas en una generación. No permitiré que Lo consigáis.

—No lo comprendo.

—Ni lograrás entenderlo. —Se inclinó hacia mí difundiendo un olor a cenizas y muerte—. Esa máquina de fusión, ese RTC como vosotros lo llamáis, es la clave de vuestro futuro. Si constituye un éxito, la fusión suministrará energía ilimitada, riqueza y abundancia para todos. Dejaréis de jugar con vuestros insignificantes cohetes químicos y comenzaréis a construir auténticas naves espaciales que podrán extenderse por la galaxia.

—Ya lo hemos hecho —puntualicé.

—Sí, es cierto, pero si yo logro cambiar este nexo en este instante del tiempo, si consigo destruir ese reactor de fusión…

Sonrió nuevamente provocando en mí un estremecimiento. Intenté serenarme.

—Es imposible que el fracaso de una máquina acabe con toda la especie humana.

—Sí lo es, gracias a vuestra naturaleza maníaca. Cuando estalle el reactor de fusión…

—No puede estallar —repliqué bruscamente.

—Naturalmente que no… en circunstancias corrientes. Pero yo dispongo de recursos extraordinarios. Puedo crear una repentina sobretensión de los lásers y provocar una detonación de la pantalla protectora de litio que cubre la cámara de encendido del reactor. En lugar de fusionarse un microgramo de deuterio produciendo una pizca de energía, estallará un cuarto de tonelada de litio y metales pesados.

—No es posible.

—En vez de una estrella artificial pequeña que irradie energía con fluidez controlada, crearé una supernova, una bomba de litio cuya explosión destruirá totalmente Ann Arbor. La lluvia radiactiva exterminará a millones de personas desde Detroit a Nueva York.

Me desplomé en mi asiento: estaba abrumado.

—Aunque vuestros dirigentes fueran lo bastante sensatos para reconocer que se ha tratado de un accidente y no de un ataque nuclear, aunque se abstuvieran de lanzar sus misiles contra sus enemigos, la gente reaccionará con violencia contra la energía de fusión. Sus anteriores acciones de protesta que acabaron con todas las centrales de energía de fisión por uranio serán como juegos de niños comparadas con la reacción que se producirá ante este desastre. En todas partes se dará fin a las investigaciones nucleares. ¡Jamás conseguiréis la energía de fusión! ¡Jamás!

—Pero, a pesar de ello, sobreviviremos.

—¿Lo crees así? Tengo todo el tiempo del mundo para evitarlo y soy muy paciente. A medida que pasen los años vuestra población, siempre creciente, verá aumentar cada vez más su número y sus necesidades de energía, poderosas naciones se enfrentarán por la posesión de petróleo, carbón y recursos alimenticios… e inevitablemente estallará la guerra, en la que utilizaréis ingenios de fusión que sí funcionarán… bombas de hidrógeno.

—Será el Armagedón —respondí.

Parecía regocijado ante aquella idea.

—En la época en que deberíais lograr vuestra plena expansión llegando a las estrellas, os estaréis autodestruyendo en una guerra nuclear. Este planeta quedará desprovisto de vida, la propia estructura del espacio-tiempo se resquebrajará de tal modo que el continuo se desmoronará y encontrará su fin. Realmente será el Armagedón.

Hubiera querido interrumpirle, hacerle callar. Anhelaba aniquilar a aquel ser al igual que él había acabado con Aretha. Me abalancé contra él gruñendo y le así por la garganta: era real, no un holograma, e increíblemente fuerte. Se desembarazó de mí sin dificultades, derribándome como si yo fuera un niño.

Mientras yacía tendido a sus pies, y él se erguía a mi lado como la oscura fuerza del destino, dijo con su voz áspera y susurrante:

—Pese a lo que Ormuzd haya podido decirte, la victoria será mía y tú morirás aquí. Quedarás atrapado en esta cámara mientras yo destruyo vuestra máquina.

—Pero ¿por qué? —pregunté levantándome lentamente y acercándome al sofá—. ¿Por qué quieres exterminar a la humanidad?

Permaneció inmóvil un instante observándome con ardiente mirada.

—¿De verdad no lo sabes? ¿No te lo ha dicho Ormuzd… o acaso ha eliminado de ti el recuerdo?

—Lo ignoro —respondí—. ¿Por qué odias a la especie humana?

—Porque vosotros eliminasteis a la mía —repuso Ahrimán con voz casi estrangulada por la emoción—. Hace milenios tu pueblo mató al mío aniquilando a toda mi especie: yo soy el único que sobrevivió y me propongo vengarlos destruyendo a los tuyos y también a tus amos.

Sentí que se debilitaban mis fuerzas. Me senté cansadamente en el sofá, incapaz de desafiarle ni de moverme.

—Y ahora, adiós —dijo Ahrimán—. Tengo mucho que hacer antes de que se realice la primera prueba del reactor de fusión. Tú te quedarás aquí…

Hizo un ademán abarcando la reducida estancia, en la que no había puertas ni ventanas, salidas ni accesos de ninguna clase. Me pregunté cómo habíamos entrado allí.

—Si triunfo en mi empeño, dentro de unas horas todo habrá concluido — prosiguió Ahrimán—. Comenzará a fallar el tiempo y el universo se desplomará sobre sí mismo como un globo que se desinfla. Si fracaso… — exhibió nuevamente su fantasmal sonrisa—… nunca lo sabrás. Esta cámara será tu tumba. O, más exactamente, tu crematorio.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

—A cincuenta kilómetros bajo tierra, en una burbuja segura y compacta que se ha creado provisionalmente modelando las energías de los átomos que nos rodean. Mientras mueres abrasado piensa que sólo te separa el paso de un hombre de la casa de Ann Arbor, un paso pequeño si se comprende realmente de qué modo está construido el universo.

Se volvió bruscamente, atravesó la pared y desapareció.