Orión

Ben Bova · Capítulo 27 de 52

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Orión

Capítulo XXIV

 

Durante días y días seguí al Clan de la Cabra en su marcha por aquel paisaje neolítico. Tenía que conseguir que me aceptasen, pero eran acérrimos xenófobos: si no se había nacido dentro del clan o se estaba unido a uno de sus miembros, se seguía siendo un extraño al que debía evitarse y temerse.

Pero las órdenes de Ormuzd habían sido terminantes: tenía que salvar a aquel clan de los planes de Ahrimán, fueran cuales fuesen, tenía que utilizarles para atrapar al Oscuro.

Y en cuanto a la mujer de ojos grises cuya hermosura no podía ocultarse siquiera bajo su capa de suciedad e ignorancia, aunque no daba muestras de reconocerme, sabía que era la misma que había conocido como Agía y antes como Aretha. ¿Cómo era posible que renaciera cada vez al igual que yo, aunque sin recordar en absoluto sus anteriores existencias? ¿Por qué hacía aquello Ormuzd?

Creía conocer la respuesta. Al igual que cualquier otro miembro del clan, como un ser nacido en el tiempo y lugar donde nos encontrábamos, ella se convertía en mi barómetro local. Si lograba que me aceptase, sus compañeros también me aceptarían.

Y yo deseaba que ella me aceptase, quería que me amase como me había amado diez mil años antes, como yo la había amado en todos los tiempos.

Pero eran unos seres supersticiosos, un grupo temeroso de salvajes, dotados de instintos primarios, que huían ante lo desconocido… y mataban a los extranjeros.

Yo los observaba desde lejos. Pasaban gran parte de su tiempo cazando. Las mujeres jóvenes batían la maleza en busca de conejos, ardillas y todo cuanto pudieran encontrar, mientras que los hombres se alejaban más en buscan de caza mayor, sin obtener generalmente ningún éxito. En cuanto a las ancianas, permanecían junto al fuego del campamento atendiendo a los pequeños y recogiendo plantas comestibles y bayas.

Al oscurecer se reunían todos en tomo al fuego: las mujeres guisando sus escasos alimentos, los hombres fabricando utensilios de pedernal que conservaban en sacos de cuero o afilando las puntas de las lanzas en las llamas. Formaban un grupo cerrado y autosuficiente que vivía de la tierra, superando escasamente el nivel del hambre mientras no naciesen demasiadas criaturas.

Los ecólogos del siglo XX se desesperaban ante la que calificaban de cultura del derroche, propia de los hombres modernos, y enaltecían a las tribus primitivas que, según ellos, vivían en armonía con la naturaleza. Sin embargo, ante mis ojos aparecían los orígenes de la cultura del despilfarro. Cuando aquellos cazadores neolíticos llegaban a un lugar donde decidían acampar, cortaban la maleza y podaban las ramas más pequeñas de los árboles para hacer fuego, mataban todo cuanto podían encontrar, arrojaban los huesos cuando habían acabado de roerlos y desechaban trozos de pedernal, instrumentos y armas que ya no les eran útiles.

El humo producido por sus hogueras no perjudicaba la pureza del aire neolítico, los montones de basura que diseminaban no contaminaban el suelo, sus pequeños y míseros campamentos no enturbiaban las aguas potables, ni ponían en peligro las especies animales con sus actividades cinegéticas. El comportamiento de aquellos sencillos cazadores nómadas arraigaría en sucesivas generaciones de seres humanos y lo que resultaba aceptable tratándose de algunas bandas dispersas de cazadores primitivos se convertiría en un grave problema de medio ambiente cuando sus descendientes comenzaran a contarse por millones.

Pero, aun a pesar mío, cuando los observaba día tras día y pensaba en los absurdos presupuestos que los moralistas ecológicos del siglo XX habían elaborado sobre aquellos pueblos primitivos, no podía reprimir una sonrisa.

Sin embargo, de aquel modo no lograba llevar a cabo mi misión. Después de pasar varios días vigilándolos, la mayor parte del tiempo a escondidas, pero de vez en cuando con cierta osadía dejándome ver para que supieran que los seguía, se me ocurrió un sistema que confiaba los obligaría a aceptarme.

Aunque me había jactado ante ellos de mi pericia como cazador, las mías habían sido unas palabras vanas: la única vez que había salido de caza fue en aquella ocasión que acompañé a Ogotai en la enorme matanza mongola. Pero sabía que mis reflejos y sentidos superaban en mucho a los suyos, lo que me situaba muy ventajosamente por encima de ellos en cuanto requiriese esfuerzo físico y habilidad. Después de observar cómo perseguían la caza y elaboraban sus rudimentarias trampas, con las que raras veces conseguían capturas, comprendí que podía mejorar sus métodos.

De modo que me dediqué a cazar para ellos dejando las piezas cobradas junto a los rescoldos de sus hogueras nocturnas, mientras dormían. Con su innata inocencia, aquellos seres neolíticos no apostaban ningún vigilante nocturno porque consideraban que el fuego los protegía de las bestias peligrosas que pudieran merodear de noche, pues se encontraban demasiado lejos de otras tribus humanas para que éstas pudieran representar una amenaza para ellos, y a mí me resultaba muy fácil dejar un puñado de aves o algún conejo que corriese entre la maleza y al que hubiese dado muerte a pedradas.

Tras varios intentos infructuosos, finalmente conseguí confeccionar un arco muy rudimentario y aprendí a hacer flechas que volaban con mediana seguridad. Con mi nueva arma logré capturar a un joven gamo, aunque me vi obligado a rematarlo con el cuchillo. Dejé la pieza junto al fuego poco antes de que amaneciese.

Cada mañana los observaba a cierta distancia, ocultándome siempre tras las rocas y los matorrales. Al principio se mostraban asombrados y se preguntaban de dónde procedían los animales que aparecían en sus dominios. En una ocasión pasaron largas horas discutiendo puesto que, al parecer, creían que aquella proeza había sido obra de algunos de ellos, pero nadie se reconoció autor de la misma y, al cabo de varios días de descubrir aquellos regalos junto al fuego, empezaron a comprender que eran obra de un extraño.

Semejante descubrimiento les hizo sentir temor, aunque dieron buena cuenta de aquellos víveres como si los hubiesen capturado ellos mismos, pero comenzaron a apostar centinelas nocturnos. Al principio eran jóvenes muchachos que se dormían fácilmente y yo conseguía deslizarme sin dificultad junto a ellos. Posteriormente, aunque montaron guardia los adultos, siempre lograba aprovechar algún descuido para infiltrarme y dejar mis ofrendas junto a los rescoldos del fuego.

Poco a poco comencé a dejarme ver, pero siempre a cierta distancia, llevando ostensiblemente algún ave en la mano o cargado con un joven gamo sobre los hombros. Ellos se reunían en grupo y me miraban asustados. Entre las sombras de la noche me deslizaba cerca de la chisporroteante hoguera para escuchar sus conversaciones y, antes de despuntar el alba, depositaba en su terreno la pieza que me habían visto transportar el día anterior.

En breve me convirtieron en un ser mítico. Orión tenía una estatura de más de tres metros, sus ojos despedían llamaradas, podía cruzar los ríos de un salto y detener las lanzas en el aire simplemente con su fiera mirada: era un poderoso cazador que abatía a los mastodontes con las manos desnudas.

Su alusión a los mastodontes me intrigó. Al parecer los clanes se reunían a fines de año y emprendían campañas de auténtica caza mayor. Los ancianos, que podían tener unos treinta y cinco o acaso cuarenta años, contaban historias de grandes campañas en las que habían cazado rebaños enteros de animales dotados de poderosos colmillos, desde el borde de una roca, y luego se habían alimentado con sus carnes hasta saciarse.

Oyéndolos hablar, me enteré también de sus nombres. El jefe de roja barba se llamaba Dal y el adolescente de voz chillona, Kralo. No tardé en descubrir que Ava, la mujer que yo había amado en otros tiempos, era la compañera de Dal. Aquello me hirió profundamente. Durante varios días estuve vagando lejos del clan, sintiéndome solo y traicionado por una mujer que no compartía mis recuerdos, que sólo me había visto en una ocasión el primer día, en que sorprendí y asusté a todo el clan. Estaba enfurecido. Pero ¿qué otra cosa podía esperar? Aquellos salvajes no tenían tiempo ni recursos para permitir que las mujeres se mantuvieran célibes. ¿Acaso esperaba que ella aguardase mi llegada? Hasta hacía unas semanas, Ava ni siquiera conocía mi existencia, quizá entonces incluso me creyera un demonio o un dios, no un hombre que la amaba y deseaba poseerla.

Aun así, estaba triste y abatido, rebosante de autoconmiseración y candente ira contra Ormuzd, por cuya causa me encontraba en semejante situación y sin que hubiera mostrado consideración alguna hacia mis sentimientos.

Al cabo de tres días de permanecer alejado, sumido en profundo abatimiento, comprendí que mi comportamiento no era beneficioso para nadie, ni para ellos ni para mí, y decidí reanudar la tarea que me había sido impuesta. En realidad, no podía hacer otra cosa. Yo no era más que un peón en las manos de Ormuzd, y a un maestro ajedrecista no le importan las emociones de un peón.

Aquella noche acudí sigilosamente al campamento y oí que se preguntaban por qué los había abandonado el poderoso Orión y qué podían haber hecho que ofendiese al gran cazador. Tuve que hacer un esfuerzo para no soltar una carcajada al comprobar con cuánta rapidez lo milagroso se convertía en vulgar. Los obsequios de víveres que al principio les habían asustado les parecían ya completamente normales: lo que entonces les preocupaba era dejar de recibirlos.

Decidí obsequiarlos con un auténtico regalo. Primero reconsideré los desplazamientos que hacían diariamente, las distancias que recorrían entre un campamento y el siguiente. Era evidente que, en la época primaveral, se trasladaban con un objetivo previsto. Calculé aproximadamente dónde acamparían dentro de dos días y hacia allí encaminé mis pasos. Descubrí complacido que aquella zona sin duda había sido utilizada previamente como lugar de acampada. Junto al arroyo de aguas rápidas y cantarinas se veía una extensión de suelo ennegrecido por las hogueras que habían encendido anteriormente en innumerables acampadas y un montículo de huesos desgastados por el tiempo en el lugar donde habían arrojado sus desperdicios.

Pasé aquella noche y todo el día siguiente cazando ininterrumpidamente. Con mi tosco arco y con una honda que había fabricado, acumulé un inmenso montón de carne para el clan: pájaros, conejos, venados e incluso un suculento y joven jabalí. Deposité la comida en el futuro campamento, pasando casi tanto tiempo defendiendo las capturas de los perros salvajes como el que había dedicado a la caza.

Los perros eran mi mayor problema: todavía no eran los dóciles compañeros del hombre. Se comportaban más como lobos que como animales domésticos. Eran feroces e inteligentes, cazaban en manadas y me habrían despedazado si no hubiera sido bastante rápido para anticiparme a ellos. Me dolió, pero tuve que sacrificar a varios hasta que finalmente renunciaron a su empeño y abandonaron aquel lugar.

Estuve vigilando mis capturas durante toda aquella noche y la mayor parte del día siguiente. Por fin, cuando las sombras del atardecer se extendían hacia poniente, vi acercarse a lo lejos en el horizonte a los dos adolescentes que Dal solía enviaren vanguardia precediendo al resto del clan. Crucé chapoteando las rápidas aguas y me oculté entre el follaje de la otra orilla.

Los muchachos divisaron rápidamente el montón de carne y comenzaron a dar saltos y a proferir salvajes gritos. Sus compañeros se apresuraron a llegar junto a ellos y cuando descubrieron el preciado botín que les aguardaba echaron a correr por el campo, boquiabiertos y extasiados. Nunca habían visto tanta comida junta. Se congregaron en torno a ella, apartando las moscas con las manos y contemplándola atemorizados.

Desde mi escondrijo entre los matorrales oí cómo Dal, su jefe, les anunciaba gravemente:

—Esto sólo puede ser obra de Orión.

—¿Será para nosotros? —preguntó A va.

—Somos su pueblo —repuso Dal—. Éste ha sido el campamento de nuestro clan desde tiempos inmemoriales, según recuerda el viejo Makar. Es un regalo que nos hace Orión. Ha vuelto con nosotros, con su gente. Ya no está enfadado.

Los dejé preparando su fuego e instalándose para celebrar un festín mientras el atardecer tendía lentamente su manto violeta sobre un cielo sin nubes. Me alejé en silencio bordeando el río hasta un punto en que se arremolinaba formando una amplia charca, donde un solitario y magnífico venado hundía su astada cabeza para beber.

Dispuse una flecha en el arco y avancé lentamente hacia el animal, que se me quedó mirando sin inmutarse: estaba tan poco acostumbrado a la presencia de los seres humanos, que me permitió aproximarme de manera sorprendente y derribarlo de un único flechazo en el cuello. Acto seguido le degollé rápida y limpiamente. Sentí ciertos remordimientos al recordar que en siglos posteriores los cazadores acosarían tan hermosos animales simplemente por deporte, no por necesidad. Me cargué la pieza sobre los hombros con gesto decidido y volví mis pasos hacia el campamento del clan. El animal pesaba mucho, por lo que me veía obligado a avanzar cautelosamente entre la incipiente oscuridad.

Aparecían en el negro cielo las primeras estrellas cuando, con el ciervo sobre los hombros, me adentré en el campamento escasamente iluminado. Los miembros del clan todavía estaban comiendo, atiborrándose como sólo pueden hacerlo aquellos que acostumbran pasar prolongadas etapas de privación, con los dedos y los rostros llenos de sangre y grasa y brillantes los ojos junto al calor del fuego.

Llegué hasta el centro del círculo que formaban y dejé caer pesadamente mi carga a los pies de Dal.

Nadie pronunció palabra. Durante unos momentos únicamente se distinguió el chisporroteo de la carne espetada asándose en las llamas.

—Soy yo, Orión —dije por fin—, os traigo otro regalo.

Eran víctimas de su propia propaganda: habían exagerado hasta tal punto los rumores que circulaban sobre mí que en aquellos momentos parecieron aterrarse ante mi presencia. Permanecieron absolutamente inmóviles, con los rostros tensos por el temor y la sorpresa, acaso temiendo que los exterminase con un rayo o con algún otro procedimiento fulminante.

Ava fue la primera en reaccionar. Se puso lentamente en pie y me tendió los brazos.

—Te damos las gracias, ¡oh poderoso Orión! ¿Qué podemos hacer para demostrarte nuestra gratitud?

Estaba sucia, tenía el rostro y las manos manchados de sangre, y carbonilla de la carne que había estado comiendo, pero al resplandor del fuego distinguí aquellos serenos ojos grises que yo había conocido y amado en otros tiempos y tuve que hacer acopio de toda mi sangre fría para no estrecharla entre mis brazos.

Aspiré profundamente e intenté expresarme en el tono enigmático que sin duda esperarían oír de un semidiós.

—Tanta soledad me agobia —dije—. Desearía estar algún tiempo entre vosotros.

Aquello provocó un murmullo general. Dal se levantó situándose detrás de Ava.

—Os enseñaré los sistemas de caza que utilizo. Os mostraré cómo podéis conseguir tanta caza como jamás habíais imaginado.

Permanecieron impasibles. Dal y Ava seguían frente a mí y los demás continuaban sentados en semicírculo en tomo al chisporroteante fuego. En sus sucios rostros se adivinaban los contradictorios sentimientos que pugnaban en su interior. Me tenían un miedo espantoso, pero habrían dado cualquier cosa por poder cazar animales como yo lo hacía. Aquélla era una oferta tentadora. ¿Qué predominaría en ellos, el temor o el estómago?

Ava se adelantó hacia mí y examinó mi rostro a la vacilante luz del fuego. Imaginé que tampoco yo debía de presentar un aspecto muy lucido y que también estaría sucio y desgreñado.

—¿Eres un hombre o un espíritu? —preguntó resueltamente.

Era tan hermosa como siempre. Alta y esbelta, casi de mi misma estatura, más alta que la mayoría de los hombres del clan. Sin embargo, su cuerpo fuerte y ágil era rotundamente femenino. Presentaba los brazos y las piernas sucios y llenos de arañazos, tenía una costra en la rodilla y su cabellera densa y enmarañada era rojiza, como la de los demás, en lugar de los tonos más oscuros que yo recordaba. Pero era la misma mujer hermosa, inteligente y valerosa que yo había amado.

Me esforcé por sonreír.

—Un hombre —repuse—, sólo soy un hombre.

Dal se apartó de detrás de Ava para examinarme más de cerca. No empuñaba ningún arma, pero era evidente su actitud protectora hacia ella.

—Tienes apariencia humana —dijo—, sin embargo…

—Soy un hombre.

—Pero haces cosas que para nosotros serían imposibles.

—Os enseñaré a hacerlas.

—Si eres un hombre, ¿en qué clan has nacido? —preguntó Ava.

—Mi clan vive muy lejos de aquí. Hace muchísimo tiempo que estoy viajando.

—¿Todos los miembros de tu clan cazan como tú?

—Casi todos, algunos incluso mejor.

Por vez primera curvó sus labios en una sonrisa.

—Entonces deben de estar muy gordos.

Me eché a reír.

—Algunos sí lo están.

—¿Por qué estás solo? —preguntó Dal, aún receloso—. ¿Por qué has venido a nuestro encuentro?

—Mi clan está muy lejos. Hace mucho tiempo que me he separado de ellos. He sido enviado para ayudaros, para enseñaros a cazar y protegeros de vuestros enemigos. Hace tantos días que estoy solo que no podría ni contarlos y estoy cansado de tanta soledad. Vosotros sois el clan que he buscado: sois la gente con la que deseo estar.

Mientras pronunciaba aquellas palabras comprendía cuánta verdad había en ellas. Había estado solo toda mi vida, exceptuando aquellos breves meses que viví con Agía, hacía tanto tiempo en el futuro.

—No es bueno que un hombre esté solo —dijo Agía con actitud sorprendentemente cordial y comprensiva—. Hasta el cazador más poderoso necesita un clan y una familia.

Como todos los seres humanos que se enfrentan a una decisión difícil, llegaron finalmente a un arreglo. Dal conferenció gravemente con los dos ancianos del clan y seguidamente con todos los adultos, machos y hembras, y consintieron en que me uniera a ellos para enseñarles mis trucos cinegéticos, aunque insistiendo en que tendría que dormir solo, lejos del fuego de su campamento. La mayoría no estaban convencidos de que yo no fuese algún tipo de ser sobrenatural y no querían correr el menor riesgo conmigo.

Acepté su decisión: tenía que hacerlo. A nadie se le ocurrió indagar qué harían conmigo cuando les hubiera enseñado todas mis técnicas de caza. Aquella gente no pensaba mucho en el mañana. Vivían el presente como los animales, y sólo percibían confusamente que el mañana podía ser distinto del ayer.

Su decisión me satisfizo por el momento: me permitía ejecutar las órdenes de Ormuzd y me facilitaba la proximidad de Ava.