Orión

Ben Bova · Capítulo 28 de 52

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Orión

Capítulo XXV

Dal y Ava permanecían constantemente cerca de mí en tanto que el clan proseguía su migración por aquel país próspero y fértil.

Dal era un jefe responsable que asumía sus obligaciones seriamente. Tenía casi mi misma estatura, aunque estaba mucho más delgado, era muy musculoso y sus ojos penetrantes y despiertos me vigilaban estrechamente en todo momento. No temía que yo pudiera ser un espíritu, que representase una amenaza sobrenatural para sus camaradas. Su inquietud era mucho más práctica y realista: le preocupaba que fuese un espía de otro clan que se hubiera infiltrado para, valiéndome de los medios que fuese, conducirlos a todos a una emboscada.

Al principio no lo comprendí, pero al cabo de pocos días de observar con cuánto recelo y precauciones me vigilaba, llegué a esta conclusión. De noche, cuando los ancianos contaban sus historias alrededor del fuego, oía tantos relatos que versaban sobre sangrientas batallas que llegué a la conclusión de que, incluso en aquella especie de paraíso donde los clanes humanos estaban tan dispersos que apenas entraban en contacto, la guerra y la muerte eran ya bastante comunes entre ellos, e incluso ensalzados.

Al parecer, en sus rutas migratorias coincidían con otros clanes con los que solían enfrentarse por el control de los terrenos de caza. Aunque a mí me parecía que aquella zona rebosaba de animales, aquellos cazadores nómadas consideraban vitales para su supervivencia los derechos territoriales. Se requerían muchos kilómetros cuadrados de terreno para obtener el sustento necesario del clan más reducido ya que aquellos seres dependían básicamente de la caza para su supervivencia y nunca conseguían suficientes capturas para mantenerse de modo conveniente.

Según Dal y sus compañeros, algunos clanes emparentados mediante matrimonios solían compartir la misma zona para pasar el verano. A la sazón nos dirigíamos a los terrenos de los campamentos estivales, situados en lo alto de las colinas próximas al enorme volcán de doble cumbre que dominaba el paisaje. Los clanes pasarían juntos el verano, bastante próximos para visitarse regularmente, concertar matrimonios e intercambiar noticias e informaciones. Al llegar el otoño se separarían y tomarían distintas direcciones hacia sus campamentos de invierno, lejos, en el sur.

A va también sospechaba de mí, pero centraba todos sus temores en lo sobrenatural. Ella era la chamán del clan, una combinación de doctora naturista, sacerdotisa, psicóloga y consejera de Dal, el jefe del grupo. Casi me divirtió comprender cuán tempranamente en la historia de la humanidad se habían unificado las funciones de sacerdote y doctor junto al poder de la corona.

Ava marchaba junto a mí casi todo el día, pero el interés que me demostraba parecía puramente profesional. Quería asegurarse de que si yo demostraba finalmente ser un demonio, ella se enteraría a tiempo y podría intervenir antes de que perjudicase a sus compañeros. Me interrogaba constantemente acerca de mi procedencia y se interesaba por saber cómo era mi clan. No me importaba. Me sentía feliz estando con ella, aun sabiendo que cada noche, cuando yo tenía que alejarme de su campamento, se acostaba con Dal.

Yo había imaginado que el chamán del clan o el brujo sería una anciana, una vieja que hubiera sobrevivido a su pareja o que jamás hubiera estado unida a nadie. Al principio me sorprendió que una persona tan joven como Ava desempeñara aquel papel estando emparejada con Dal, pero luego comprobé que entre ellos no había ninguna anciana. Por lo visto no había ninguna mujer mayor de treinta años. Los dos ancianos, ambos varones, superaban escasamente la cuarentena. Sus tupidas barbas comenzaban a blanquear, pero no había ninguna mujer de cabellos grises en el clan de la Cabra. Y de los ocho niños que pertenecían al grupo, sólo tres eran hembras, una de ellas una criatura que su madre aún transportaba a la espalda.

Pregunté a Ava qué les sucedía a las mujeres cuando se hacían mayores.

—Mueren —dijo tranquilamente—. El espíritu abandona su cuerpo.

—¿Cómo mueren? —pregunté.

Ella encogió sus delgados hombros.

—Muchas veces mueren de parto o poco después. Y algunas están demasiado enfermas o débiles para seguir la marcha del clan.

—¿Y las abandonáis?

Me dirigió una relampagueante mirada.

—¡Naturalmente que no! Dejamos que se desangren a fin de que sus espíritus puedan seguir con nosotros. ¡No podríamos permitir que el espíritu de uno de los nuestros vagase por el mundo completamente solo!

—Comprendo —dije sin insistir en el tema.

Tampoco me pareció necesario informarme sobre sus prácticas selectivas de infanticidio femenino, que se evidenciaban mediante el simple recuento de la población infantil.

Las mujeres eran un estorbo en aquella dura existencia cazadora. Aunque necesarias para la procreación, su excesivo número significaba un índice elevado de nacimientos y demasiadas bocas que alimentar. Por consiguiente, las niñas eran eliminadas cuando nacían y, en contrapartida, cuando una mujer ya no era capaz de traer hijos al mundo, dejaba de ser útil en la comunidad y, al parecer, se libraban de ella. Los hombres tampoco alcanzaban edades muy avanzadas, pues fallecían víctimas de enfermedades y accidentes; y por si fuese poco, siempre estaban en guerra. Mucho antes de que los seres humanos aprendieran a domesticar los caballos salvajes que cazaban para su sustento, los cuatro Jinetes del Apocalipsis mantenían equilibrado su número de acuerdo con los rigores del entorno neolítico.

Comprendía que, sin habérmelo propuesto de modo consciente, estaba cambiando aquel equilibrio. Tardé varias semanas en darme cuenta de que era así, pero mientras enseñaba al clan a fabricar arcos y flechas y a preparar trampas para que los animales cayesen en ellas, comencé a observar que, aunque muy levemente, estaba alterando el equilibrio ecológico de aquella era. Porque no se había establecido previamente que los seres humanos vivieran en grupos pequeños y diseminados y que se dedicasen a la caza y sobreviviesen lindando la inanición. Únicamente su desconocimiento y su falta de instrumentos adecuados los mantenía en aqueja situación de debilitamiento y vulnerabilidad. Facilitándoles mayores conocimientos y mejorando sus útiles, llegarían a dominar el mundo.

Y también sabía que acabarían construyendo bombas nucleares y vastas ciudades que se sumirían en su propia inmundicia. Sin embargo, cada mañana, cuando me despertaba en aquel alborear de la historia de la humanidad y veía cómo aquellas gentes se disponían a trabajar de nuevo con poco más que sus propias manos, comprendía que aquello era lo único que podía hacer. También yo como ser humano formaba parte de ellos. Negarme a ayudarlos sería lo mismo que negarme a respirar. No importaba cuáles fuesen las consecuencias: tenía que escoger la vida sobre la muerte, el conocimiento sobre la ignorancia, la humanidad sobre cualquier otra forma de existencia en el mundo.

Y entonces veía a Ava moviéndose graciosamente entre su gente, bebiendo agua de una calabaza, atendiendo a un niño que lloraba, y comprendía que todos mis esfuerzos por ayudar a aquel clan los hacía porque ella se encontraba allí y no podía soportar la idea de que un día, cuando ella fuese demasiado débil para seguir su marcha, sus compañeros le abrirían las venas para liberar su espíritu de su cuerpo.

Los conocimientos que yo tenía de la tecnología del neolítico eran sumamente vagos, pero recordaba haber visto grabados representando lanzadores de jabalina de mangos largos y acanalados que prolongaban de modo efectivo la longitud del brazo que las proyectaba y permitían dirigir el arma duplicando la distancia que alcanzaba habitualmente. Estuve realizando pruebas durante gran parte de la semana y finalmente conseguí fabricar uno y utilizarlo de modo conveniente.

Las sospechas que Dal albergaba sobre mí se desvanecieron casi por completo cuando le demostré cómo arrojar una lanza a una distancia jamás alcanzada hasta entonces. El arco y las flechas que había elaborado anteriormente no consiguieron su aceptación porque yo estaba muy lejos de ser un experto y la flechas habían resultado muy rudimentarias y escasamente eficaces. Pero el instrumento para impulsar la jabalina se acomodaba perfectamente a su experiencia y necesidades.

En la primera ocasión que la utilizó derribó a una gacela que sirvió para alimentar a todo el clan durante dos días y al momento me acosaron pidiéndome muchas más. Hice otras tres bajo los vigilantes ojos de los varones del clan y seguidamente comenzaron ellos mismos a fabricarlas; al cabo de una semana las hacían mejor que yo.

Cada noche contemplaba anhelante las estrellas y examinaba sus eternas paulas en busca de algún indicio del lugar de la Tierra donde podía encontrarme. La mayoría de las constelaciones me resultaban familiares: reconocía a Boyero, Andrómeda, Perseo y la Osa Menor. Era evidente que me encontraba en el hemisferio norte. La Osa Menor parecía desproporcionada, con sus estrellas dispuestas extrañamente. Si mi instinto no me lo hubiera hecho comprender, aquello me habría bastado para convencerme de que me había trasladado muchos milenios en el tiempo.

El volcán de doble pico que se levantaba amenazador sobre nosotros me parecía extrañamente familiar, aunque no podía situarlo. Cuando pregunté a Dal cómo se llamaba me dirigió una extraña mirada: o bien su clan no daba nombre a las montañas o el que le correspondía era demasiado sagrado para pronunciarlo alegremente.

El terreno se volvía más escarpado, ascendíamos por laderas herbosas que día tras día se hacían más agrestes. Al cabo de una semana aproximadamente llegamos a una extensa meseta cubierta por un sombrío y tenebroso bosque de pinos y píceas de enormes troncos que alternaban con bosquecillos de abedules y robles macizos. Bajo los árboles apenas crecía la maleza, pero en aquellos puntos en que el enorme y verde dosel que cubría nuestras cabezas permitía filtrarse los rayos de sol hasta el suelo se volvía densa y enmarañada. Dal nos guiaba por un sendero que serpenteaba entre las sombras de los árboles, sobre un suelo muellemente alfombrado por las agujas de los pinos.

En el bosque abundaba la caza. Por las mañanas, los hombres y los muchachos salían en busca de jabalíes, ciervos y todo cuanto podían encontrar, acompañados frecuentemente por algunas mujeres, mientras que las restantes hembras y los niños más pequeños se quedaban en el campamento, algunos de ellos preparando trampas para la caza menor. Me volví un experto con la honda y solía capturar un par de conejos o ardillas en menos de una hora. La gente estaba bien alimentada en aquel bosque y me sorprendía que no se quedaran allí.

Así se lo pregunté a Ava una tarde en que ella se quedó en el campamento en lugar de acompañar a los cazadores.

—Nos dirigimos al valle, a nuestro campamento habitual de verano —me dijo—. Allí nos reuniremos con otros clanes y se celebrarán matrimonios y festines.

Me senté apoyando la espalda contra el tronco de un inmenso roble mientras ella se arrodillaba sobre el escaso césped escogiendo las hierbas y raíces que había estado recogiendo toda la mañana.

—¿Por qué no se reúnen los clanes en este bosque? —pregunté—. Aquí hemos encontrado más caza que en ningún otro lugar.

Me sonrió pacientemente como un maestro que se dirigiera a un alumno rebelde.

—En el valle se está mejor. Allí hay muchísima caza y otras clases de alimentos. Aquí, en el bosque… —Miró en torno, a las tenebrosas sombras proyectadas por los árboles, iluminadas de vez en cuando por los rayos de un sol fantasmal que se filtraban entre las hojas, sobre nuestras cabezas—. Aquí se encuentran los espíritus de las tinieblas, peligrosos y perversos.

Yo conocía la existencia de un espíritu de las tinieblas que era muy real. Me pregunté si Ahrimán estaría acechando en aquel sombrío bosque.

—Y enemigos que pueden tendemos una emboscada —nos interrumpió la firme voz de Dal—. El bosque es un lugar propicio para que nos cerquen nuestros enemigos.

Se adelantó hacia nosotros, fuerte, confiado y sonriente. Sobre un hombro llevaba un joven jabalí, cuyas patas traseras estaban atadas con una cuerda.

Ava se levantó bruscamente, mostrándose tan satisfecha al verle que al instante sentí celos y resentimiento.

—¿Por qué has regresado tan pronto?

Dal dejó caer en el suelo el animal. Lo señaló e indicó:

—Hemos encontrado un nuevo abrevadero más lejos, hacia la colina, donde acuden a beber todos los animales, y que no existía el pasado año. El arroyo se ha represado formando un gran estanque y al anochecer podremos conseguir bastantes capturas para alimentamos camino del valle.

Cuando llegó la puesta del sol todos los miembros del clan se apostaron junto al abrevadero, un estanque grande y tranquilo alimentado por un diminuto arroyo que discurría por los bosques, desde muy arriba, donde las nieves aún cubrían las laderas de las montañas. Sólo quedaron detrás los dos ancianos, los bebés y las cuatro mujeres más viejas. Dal fue acompañado por todos los demás y juntos supervisaron cuidadosamente nuestra situación en tomo al estanque y a ambos lados del sendero que conducía hasta él.

Dal se sentía muy seguro de sí mismo hasta el extremo de que me envió a un escondrijo. Acepté sus órdenes con una sonrisa: ya no me temía y aquello me hacía muy feliz pues comprendía que había sido aceptado por ellos.

Aguardamos agazapados en el suelo cubierto de hojas y de follaje, confiando que no cambiara el viento y revelara nuestro escondrijo a los animales que se acercasen al estanque a beber por la noche.

Observé una procesión de hormigas que avanzaban a pocos centímetros de mí. Mientras permanecía tendido de bruces en el suelo, dolorido y sudoroso pese al frescor del umbroso bosque, la luz del atardecer desaparecía y los pájaros gorjeaban y revoloteaban entre los árboles.

Me había apostado bajo la rama de un roble y junto a mí tenía tres lanzas. A ambos lados se encontraban otros miembros del clan, escondidos y camuflados de modo similar. Todos esperábamos a que Dal diera la señal.

Aguardamos. Las sombras se intensificaron. Los gritos de los pájaros se iban silenciando, pero ningún animal acudía al estanque. Comencé a preguntarme qué habría sucedido.

De pronto oí una especie de resoplido a nuestras espaldas. No me atreví a volverme para averiguar de qué se trataba. Permanecí absolutamente inmóvil conteniendo la respiración y sintiendo en mis oídos los apresurados latidos de mi corazón. Tenía las palmas de las manos sudorosas: estaba tan excitado como cualquiera de aquellos cazadores neolíticos, acaso más que ellos.

Por separado o en parejas los animales avanzaban cansadamente por el sendero para beber en el estanque. Ciervos, jabalíes, singulares especies de cabras y otras clases de animales que no podía identificar acudían cautelosamente sabiendo muy bien que los perros cazadores y los lobos acechaban en los bosques, pero sin adivinar la presencia de los predadores que permanecíamos escondidos entre la maleza.

Dal se puso en pie de un salto y gritó desaforadamente al arrojar su lanza contra el ciervo de mayor tamaño. Alcanzó al animal tras sus patas delanteras y éste cayó derribado en la orilla del estanque mientras todos nos levantábamos al unísono gritando con pasión contenida e iniciando la matanza.

Ava era la más salvaje de todos, intrépida y cruel como un diablo surgido de los infiernos. Atravesó a un cervatillo con su primer lanzazo y luego saltó al sendero para bloquear la vía más fácil de escape de los animales. Un jabalí poderosamente armado con sus colmillos la embistió con ojos encendidos por el odio. Ava trató de ensartarlo con otra lanza, pero la bestia arremetió furiosamente contra ella y le arrancó el arma de las manos. Corrí a su lado y clavé al animal en el suelo por sus cuartos traseros con la única arma que me quedaba. Sin vacilar un instante Ava montó a horcajadas a lomos del jabalí y le rebanó el cuello de oreja a oreja.

Se puso en pie de un salto levantando los brazos, blandiendo su ensangrentado cuchillo en el aire y chillando como un animal salvaje mientras nos salpicaba un chorro de sangre.

Yo me quedé súbitamente paralizado ante aquel espectáculo de primitivo entusiasmo, aquel afán asesino sin disimulos, desenfrenado, estimulado por la sangre de la presa. A nuestro alrededor aún seguía desarrollándose la matanza, el aire estaba impregnado de gritos y hedor de sangre. Ava me echó los brazos al cuello, riendo y llorando al mismo tiempo.

—¡Somos compañeros de sangre! —gritó—. ¡Lo matamos juntos! ¡Hemos compartido una muerte!

Yo deseaba compartir amor con ella y no muerte, pero en Ava se confundían las pasiones.

Acarreamos las bestias que habíamos cazado y las transportamos hasta el campamento, donde los ancianos y las mujeres celebraron nuestras capturas con exclamaciones de asombro. Estábamos sucios de sangre y despedíamos hedor a muerte y a las entrañas de nuestras víctimas. Ninguno de nosotros había sufrido heridas graves, únicamente uno de los jóvenes presentaba un rasguño en la pantorrilla, aunque no parecía nada serio.

Cuando regresamos al campamento yo aún seguía temblando. Anteriormente había cazado solo y también había capturado algunas piezas con Dal y otros miembros del clan, pero la expedición de aquella tarde había sido algo muy distinto, una campaña salvaje y apasionante que había despertado el instinto asesino que todos llevamos dentro. Habíamos sacrificado más animales de los que necesitábamos para nuestro sustento: la mayor parte de la carne se corrompería antes de que pudiéramos consumirla. Pero, con la febril avidez de los tiburones, habíamos exterminado todo cuanto nos había salido al paso; únicamente se habían librado de nuestra furia aquellas bestias que fueron bastante veloces o afortunadas para escapar a nuestras lanzas.

En el camino de regreso, Dal me observaba con desconfianza, aunque no parecía preocuparle que yo fuese un espía de otro clan ni un espíritu que pudiera robarle el alma. Estaba sencillamente celoso como cualquier varón: había visto cómo me abrazaba Ava y no le había gustado en absoluto.

Los dos ancianos del clan insistieron en que se llevase a cabo un ritual sangriento para dar gracias a los dioses por tan milagrosas capturas. Incluso propusieron que yo participase en él como representante de la divinidad. Pero Dal se opuso rotundamente.

—Orión afirma ser un hombre y no un espíritu —insistió.

—¡Jamás habíamos obtenido tal cantidad de carne antes de que él llegase! —protestó el más anciano—. Diga lo que diga, por modestia o por prudencia divina, con su presencia disfrutamos de extraordinaria buena suerte.

Por modestia o por prudencia me abstuve de intervenir en la discusión, al comprender que era preferible que decidieran por sí mismos.

En aquel momento intervino Ava:

—Orión me ayudó a matar al jabalí: somos compañeros de sangre. Debería tomar parte en el festejo.

Lo que, como es natural, indispuso aún más a Dal contra mí. El clan se regía por una especie de democracia: Dal no era un jefe absoluto. Pero, como en la mayoría de democracias, a veces podía prevalecer la obstinación de una minoría sobre los deseos de los más. Dal se opuso firmemente a que yo participase en el ritual de la tribu impulsado por los celos y las sospechas; en cuanto a los demás, les movía únicamente un sentimiento de justicia y bondad. Salió victorioso Dal.

De modo que me quedé solo en la oscuridad, lejos del chisporroteante fuego del campamento, mientras los miembros del clan bailaban salvajemente y perturbaban la tranquilidad nocturna con sus extraños cánticos y gritos. Los troncos de los árboles que me rodeaban se alzaban negros y amenazadores recordándome que Ahrimán, sumido en sombríos y malvados pensamientos, planeaba la extinción de nuestra especie.

Pasé largas horas viéndolos bailar y escuchando sus alaridos y gritos mientras me repetía a mí mismo una y otra vez que me alegraba de no ser como ellos, que podía sentirme satisfecho de ser más civilizado que aquellos salvajes y orgulloso de mantenerme apartado de ellos.

Por último, el horripilante griterío se redujo a silencio y la encendida hoguera se circunscribió al rojo resplandor de los rescoldos que distinguía entre las negras columnas de los árboles. Me tendí sobre las agujas de los pinos y cerré los ojos disponiéndome a dormir.

Intenté convencerme de que me enorgullecía no ser como ellos. Estuve dando vueltas a aquella idea de un modo casi enfermizo hasta que llegué a la amarga conclusión de que realmente no era como ellos, que estaba solo, absolutamente solo, a miles de años de distancia de un auténtico camarada, con los recuerdos tan bloqueados que incluso ignoraba si tendría un amigo en algún punto del prolongado continuo del espacio y del tiempo.

Y entonces fue cuando Ava acudió a mi lado. Entre la profunda oscuridad percibí el olor a sangre y entrañas que despedía su cuerpo desnudo.

—Como no has podido estar presente en el ritual —susurró con la voz aún agitada por la excitación—, he venido a traerte algo de él.

Por una parte me molestaba su primitiva avidez de sangre, por otra comprendía que Dal nunca me perdonaría que hiciese el amor con su mujer, aunque también me repugnaba la idea de abrazarla y revolcarme en su hedor y violencia. Pero con un repentino impulso que superó cualquier otra consideración, me volví tan fiero y salvaje como ella y por unos momentos dejé de sentirme solo.