Orión

Ben Bova · Capítulo 50 de 52

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Orión

Capítulo XLVI

Los neandertalenses no aplaudieron: no hubiera sido propio de ellos semejante manifestación ruidosa, pero con mi escasa y torpe habilidad telepática pude captar la enorme oleada de aprobación y agradecimiento que se extendió rápidamente entre todos los presentes. Algunos tenues silbidos y sordos murmullos evidenciaron su complacencia. Ahrimán respondió con algunas inclinaciones de cabeza agradeciendo su aprobación. Seguidamente la multitud se dispersó y todos regresaron a sus tareas.

Me enjugué las lágrimas que empañaban mi visión y fui hacia él.

—Tú eres Orión, ¿verdad? —me preguntó silenciosamente.

Nos encontrábamos solos en el claro: todos habían desaparecido. Ahrimán me observaba expresando únicamente una gran curiosidad, como si nunca me hubiese visto. Comprendí que era yo quien tenía recuerdos, no él. Recordé los sentimientos que había experimentado cuando le vi por vez primera en aquella cámara que había creado en las profundidades de la tierra, en el siglo XX, y cuán confuso me había sentido entonces porque él lo sabía todo y yo todo lo ignoraba. A la sazón yo estaba al corriente de todos nuestros encuentros, de la Guerra y sus consecuencias, y él era tan inocente como un recién nacido y, sin embargo, se sentía confuso, inseguro.

—Me ha gustado mucho tu canción —dije en voz alta, sabiendo que él podía comprender el significado de mis palabras.

—Gracias.

No sabía qué decirle. Me pregunté hasta qué punto podía él profundizar en mi mente. Al parecer, a los demás les resultaba imposible leer mis pensamientos, adivinar mis recuerdos: bastante difícil me había resultado poder comunicarme en una conversación ordinaria. Pero los poderes telepáticos de Ahrimán eran muy superiores.

—¿De dónde vienes? —me preguntó, y me sentí auténticamente preocupado. O no podía escudriñar en mi mente o era demasiado cortés para intentarlo.

—De muy lejos —repuse. Hice una pausa y añadí—: Más lejos en el tiempo que en la distancia. Procedo del futuro, de miles de años en el futuro.

Asombrado, enarcó las espesas cejas.

—¿Del futuro?

—Habrás visto que no soy de vuestra especie.

—Es cierto.

—Nací hace más de cien mil años y he sido enviado a esta época.

Capté fugazmente en él la sensación de que yo debía estar loco, pero se esfumó rápidamente.

—Es absolutamente cierto —dije—. No sé cómo ha sucedido, pero he sido enviado a este tiempo y lugar.

—¿Enviado por quién?, ¿con qué fin?

Ignoré aquellas preguntas.

—Tú también aprenderás de un modo u otro a trasladarte por el tiempo y el espacio. Nos encontraremos muchas veces, en distintas eras…

—¿Dices que yo viajaré por el futuro?

Parecía auténticamente fascinado ante aquella posibilidad.

—Sí.

—¿Contigo?

Negué con un movimiento de cabeza.

—No viajaremos juntos, como si fuésemos compañeros. Pero nos encontraremos en el futuro una y otra vez.

Su rostro de rasgos graves se distendió en una amplia sonrisa.

—¡Viajar en el futuro! ¿Acaso el tiempo puede dominarse, desviarse como los hombres anudan un trozo de cuerda?

—Ahrimán —me sentí obligado a decirle—. En ese futuro, en esos tiempos venideros, seremos enemigos.

Su sonrisa desapareció.

—¿Cómo es posible?

—Cada vez que nos encontremos en el futuro, yo trataré de matarte y tú intentarás acabar conmigo.

—¡Eso es imposible! —exclamó instintivamente.

Comprendí que lo sentía realmente así: imaginar cualquier violencia le resultaba tan repugnante que hasta mí llegaba la sensación de rechazo que inconscientemente emitía.

—Me gustaría que fuese imposible —dije—, pero ya ha sucedido. En muchas ocasiones nos hemos encontrado y hemos luchado. Y más de una vez me has dado muerte.

Me miró a los ojos y percibí mentalmente un levísimo e inquisitivo toque. Hice una señal de asentimiento, me relajé y le permití que viera cuanto yo había experimentado: la Guerra, la inundación del período neolítico, el bárbaro esplendor de Karakorum, la espléndida tecnología del reactor de fusión…

—¡No! —susurró Ahrimán con aquella voz tan torturada y desapacible que yo conocía perfectamente—. ¡No!

Estaba temblando, su poderoso corpachón se estremecía de pies a cabeza, se sentía asqueado y herido por las escenas que había presenciado en mi mente. Percibí sus pensamientos con tanta facilidad como si estuviera expresándolos por medio de un megáfono.

—¡No puede ser! ¡Es imposible quesea yo! ¡Yo no…! ¡Está loco! ¡Su mente está enferma y es perversa! ¡Nadie podría…! ¡Es imposible tanta muerte, tanta perversión y sadismo! ¡No! ¡Yo… no…!

Me dio la espalda y se marchó rápidamente, casi corriendo, alejándose del claro donde me encontraba.

Cerré los ojos e intenté desechar mis pensamientos. Cuando los abrí de nuevo, Ahrimán ya no se veía, pero varios hombres y muchos ancianos estaban en el borde del claro mirándome con expresión preocupada. ¿Habrían captado mis pensamientos o las reacciones de Ahrimán al conocerlos? ¿Qué me harían si supieran que había sido creado para matar al mejor de todos ellos?

Lentamente, con desgana, regresé a la casa de Tohón. Tunu estaba al pie del árbol conversando con algunos amigos y me recibió con su habitual sonrisa. Valiéndose de algunas señas me indicó que su padre estaba junto al río, donde crecían los árboles frutales, recogiendo comida para el festín que se celebraría aquella noche.

Le indiqué que había comprendido y subí por la escalerilla en dirección a la casa. Huyana tarareaba algo entre dientes mientras guisaba un caldo que despedía un aroma muy agradable en un pequeño fogón de la cocina. El puchero era una tosca y hueca calabaza de las mayores proporciones que había visto en mi vida, el fuego estaba encendido en un hueco del suelo revestido de piedras lisas. Por una estrecha hendidura del techo salía el humo. Me sentía mentalmente agotado y descontento de mí. Saludé a Huyana con una leve inclinación de cabeza. Anduve casi a rastras hasta mi habitación por la breve curva del pasillo y me dejé caer en el lecho.

Me despertó Tunu sacudiéndome ligeramente. Profirió un rápido y musical silbido y señaló por la ventana indicándome que era casi de noche.

—¡El festín! —me transmitió mentalmente.

Me pregunté si Ahrimán acudiría a aquel acontecimiento que se celebraba en su honor o si las terribles visiones que le había mostrado habrían provocado su huida.

Cuando llegué le encontré sentado con las piernas cruzadas entre los ancianos del poblado. La enorme hoguera que presidía la ceremonia en el centro del claro nos envolvía en una luz cálida, roja y vacilante. Los poderosos troncos de los árboles nos rodeaban, como las columnas de templos que aún debían ser construidos, proyectando sus sombras en el bosque, de modo que el claro constituía un círculo de luz entre profundas oscuridades. Inconscientemente había esperado encontrarme con música, retumbar de tambores, la silueta de los bailarines recortándose contra la fantástica luz del enorme fuego; en lugar de ello los allí reunidos estaban tranquilos, casi silenciosos, exceptuando un murmullo general consistente en sonidos susurrantes, gruñidos y algún tenue silbido.

Sin embargo, mentalmente reían y charlaban entre sí intercambiando anécdotas y cánticos felices. Podía captar retazos de sus comunicaciones, como un radiorreceptor de escasa potencia que interceptase fragmentos de emisiones procedentes de distintas emisoras haciendo girar el dial.

Mas cuando miraba a mi alrededor sólo advertía un absoluto silencio. Examiné el rostro de Ahrimán, que seguía sentado junto al fuego: permanecía tan impasible como una estatua de granito. Aunque los ancianos que se encontraban a su lado no parecían preocupados, respetaban su necesidad de aislamiento e intimidad. Comprendí que esperaban que más tarde nos obsequiara con otra canción.

La hoguera cumplía una función estrictamente ceremonial puesto que la comida había sido preparada por las mujeres en sus propios domicilios. No había carne de venado ni lechones asados, ni la gente narraba anécdotas tratando de destacar su astucia y valor. Por el contrario, los neandertalenses se alimentaban principalmente de vegetales, huevos, nueces y bayas y bebían zumos de frutas o agua fresca del río que traían los jóvenes más veloces. La escasa carne que comían procedía de animales escogidos de sus rebaños y la ofrecían como un manjar exquisito, un obsequio especial con el que honraban a su huésped.

Desde el lugar que ocupaba entre los ancianos, Ahrimán no dejaba de observarme. Yo me sentaba con Tohón y su familia a una docena de metros de distancia del arco que los neandertalenses habían formado en tomo al fuego. Sentía en el rostro el calor de las llamas y sudaba, pero no solamente por causa del fuego.

Durante la comida capté retazos de las conversaciones generales, aunque nada procedente de Ahrimán. Sin embargo, cada vez que le observaba, veía sus ojos fijos en mí. La expresión de su rostro era más que sombría: parecía estar sufriendo una agonía mortal. Ya sabía a qué atenerse respecto a mí. Había comprendido que no estaba loco, que le había dicho la verdad. La incógnita radicaba, pues, en la decisión que finalmente adoptaría.

Cuando lodos hubieron satisfecho su apetito, se intensificaron los murmullos dirigidos a Ahrimán. Percibí mentalmente sus insistentes ruegos para que les dedicara otra canción. Ahrimán permaneció largo rato sentado con la cabeza inclinada, como si tratara de ignorar sus peticiones, pero ellos arreciaron en su empeño, aunque todo se desarrolló en el más absoluto silencio. Los coros mentales crecían por momentos; no le permitirían irse sin disfrutar de otra actuación suya.

Por fin levantó la cabeza y la agobiante insistencia se interrumpió tan bruscamente como si hubiera sido cortada por una guillotina. Me miró con frialdad y se puso en pie lenta y dolorosamente.

Los neandertalenses respiraron aliviados, felices ante la expectativa de ver satisfechos sus deseos. Para muchos de ellos, no obstante, aquél fue su último suspiro.

Una luz roja y tenue como un lápiz procedente de un fusil de rayos láser cruzó las tinieblas entre los árboles, sobre la cabeza de Ahrimán, que se cubrió el rostro con las manos y se echó a un lado esquivando otros rayos que relampagueaban entre los árboles. Oí el estrepitoso alarido de los soldados sapiens que, cubiertos con sus blancas armaduras, se precipitaban hacia el claro.

Disparaban a quemarropa sobre los neandertalenses, sus destellos destrozaban a hombres, mujeres y niños al igual que una navaja afilada destriparía un muñeco de trapo.

Entonces me enteré de que los neandertalenses sabían gritar. El dolor y el pánico les arrancaban los mismos aullidos propios de cualquier animal salvaje, como los hubiésemos proferido nosotros mismos.

Eran únicamente unos doce soldados sapiens, pero iban armados con fusiles láser. Los neandertalenses se levantaron rápidamente y corrieron en todas direcciones perseguidos por aquellos rayos abrasadores que los exterminaban. Mientras Tohón buscaba a su hija, un soldado cubierto con un casco con visor se acercó a nosotros. Al verme vaciló un instante, sorprendido sin duda al encontrarse con uno de los suyos entre aquellos brutos que se proponían asesinar. Yo estaba desarmado y, aún peor, con la mente en blanco. No sabía qué hacer ni hacia dónde huir.

Tohón echó a correr llevando a Yoki en brazos. El soldado disipó todas sus dudas disparando contra ellos. Sus cuerpos quedaron tendidos en el suelo cubiertos de sangre.

—¡No! —exclamé—. ¡Basta!

Agité los brazos y corrí hacia el soldado vociferando como un energúmeno. Él intentó echarse a un lado y disparar contra Huyana, que se había quedado como paralizada junto a los cadáveres de su marido y su hija. Le arrebaté el fusil y, cuando trataba de recuperarlo, Tunu se abalanzó sobre su cuerpo y le derribó.

Cogí el arma mientras que Tunu, desesperado y lleno de odio, cogía una piedra con ambas manos y aplastaba el cráneo del soldado abollando y hendiendo finalmente la armadura plástica con sus rápidos golpes. La sangre manó en abundancia por el aplastado visor hasta que el soldado se quedó rígido e inerte.

Paseé mi mirada en tomo observando la carnicería que habían provocado los soldados. Los neandertalenses yacían grotescamente tendidos por doquier y los supervivientes huían buscando el relativo refugio de los árboles y la oscuridad. El fuego ardía con fuerza proyectando brillantes destellos en la blanca armadura de los soldados. Yo tenía un fusil de rayos láser en las manos y curvaba el dedo en el gatillo.

Pero no podía apretarlo; no podía disparar contra aquellos soldados. Detrás de aquellos visores anónimos podían encontrarse Marek, Lissa o incluso Adena: no podía dispararles ni siquiera para salvar a los indefensos neandertalenses.

¿Estaban en realidad indefensos? Un soldado estaba tendido en el suelo y dos perros salvajes de aspecto maligno le mordían. Ahrimán había asido a otro de ellos por detrás y le mantenía los brazos sujetos a ambos lados con sus poderosas manos mientras un compañero suyo le arrebataba el casco al soldado y le estrangulaba. Seguidamente Ahrimán le arrebató su fusil y comenzó a disparar contra sus enemigos.

Los sapiens se dispersaron entre las sombras de los árboles y desaparecieron tan rápidamente como habían llegado. Durante unos momentos que me parecieron eternos, permanecimos inmóviles, jadeando de miedo e ira. La sangre de treinta y ocho víctimas empapaba la tierra. Arrojé el arma al suelo, me incliné para quitarle el casco aplastado al soldado que estaba muerto a mis pies, y una abundante melena rubia cayó sobre sus hombros, enmarañada y sucia de su propia sangre.

Tunu se arrodilló a su lado profiriendo mentalmente escalofriantes gemidos de dolor y agonía. Al principio no pude encontrar a Huyana; luego reconocí su cuerpo cercenado en el borde del claro.

Ahrimán avanzó por aquel campo de muerte sosteniendo un fusil en su poderosa mano hasta que se detuvo delante de mí. Tenía los ojos enrojecidos por el dolor.

—¡Han sido tus semejantes, Orión! —dijo con su susurro atormentado—. ¿Por qué?

No pude responderle, no podía hacer ni decir nada. Le di la espalda, me alejé de él y de toda aquella carnicería, y eché a andar por el oscuro bosque.