Orión

Ben Bova · Capítulo 37 de 52

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Orión

Cuarta parte. La guerra

Cuarta parte

 

LA GUERRA

CAPÍTULO XXXIII

Del ardiente fuego del infierno me sumergí en un frío tan intenso que parecía quemarme. Abrí los ojos y descubrí que estaba acurrucado, protegiéndome de un furioso vendaval. El frío me azotaba el rostro y el suelo estaba cubierto de hielo y gruesos bancos de nieve.

El viento silbaba con fuerza y sentía cómo se me helaba el semblante. Me esforcé por mantener los ojos semicerrados para resguardarme de los copos que caían sobre mí como dolorosos aguijones.

Tropezando, resbalando, encorvándome contra el violento vendaval, avancé a tientas hacia el único abrigo que pude encontrar en forma de un banco de nieve que se levantaba poderoso entre aquella blanca ventisca.

Me puse en cuclillas y recosté la espalda contra la pared de hielo buscando refugio en ella. Aunque el frío era inevitable, por lo menos quedaba resguardado de la fulminante intensidad del viento. A través de mis pestañas cubiertas de hielo comprobé que iba cubierto de la garganta a los pies con algo semejante a una blanca armadura cuya estructura me pareció más plastificada que metalizada. Descubrí que —con excepción de la cabeza, que sentía helada— estaba resguardado y que disfrutaba de una temperatura muy agradable, lo que me hizo comprender que el traje estaba dotado de algún sistema calefactor. Llevaba las manos enfundadas en unos guantes tan suaves y flexibles que parecían constituir una segunda capa de piel, pero que mantenían un grato calorcillo. En algún lugar debería encontrarse un casco que completaba aquel equipo, pero sin duda se habría extraviado entre la furiosa ventisca que cubría aquel mundo de una blancura monótona.

Seguí sentado, desconcertado y helándome lentamente, durante un tiempo que me parecieron horas. Hice fluir la sangre en mis capilares para mantener la cabeza lo más caliente posible, pero sabía que con ello simplemente aplazaba lo inevitable. Entre aquellas temperaturas bajo cero me limitaba a utilizar las reservas internas de energía de mi cuerpo para evitar la congelación y acaso la muerte. Tenía que encontrar un refugio.

Pero ¿dónde? La nieve se extendía por todas partes. Ni siquiera podía discernir dónde se encontraba el horizonte. Todo se confundía en una infinita blancura helada.

¿En qué era me encontraba? Todo cuanto me había sucedido hasta entonces me hacía comprender que me trasladaba retrospectivamente en el tiempo: hacia la Guerra. De ser así debía encontrarme en una época precedente al Neolítico. La cegadora tormenta que se desencadenaba a mi alrededor me hacía sospechar que había sido enviado a un período glacial; no obstante, las ropas que vestía me daban a entender algo muy distinto pues eran resultado de una tecnología altamente sofisticada… con excepción del casco, desde luego. En la cintura de mi traje blindado aparecían unos bolsillos de plástico que contenían un complicado equipo electrónico cuya aplicación ni siquiera imaginaba. Anteriormente siempre había estado vestido de un modo apropiado para la era en que había sido situado, pero aquéllas no eran las pieles con que debían cubrirse los cazadores de las épocas glaciales.

¿Dónde estaba? ¿Y en qué tiempo?

Aquellas preguntas eran secundarias ante el problema de supervivencia que se me presentaba. Intenté poner en funcionamiento una tras otras las distintas piezas del equipo que llevaba en los bolsillos y que, en su mayoría, carecían de sentido para mí. Una de ellas se asemejaba vagamente a un teléfono o aparato de comunicación: tenía el tamaño de la palma de la mano con una rejilla en su base y un diminuto plástico ovalado en la parte superior, que recordaba sospechosamente la diminuta pantalla de un vídeo. Pulsé uno tras otro los tres botones que aparecían en el centro, y que eran de color rojo, amarillo y azul, respectivamente, como respondiendo a un código preestablecido, pero no sucedió nada.

En mi apresuramiento por examinar el equipo deposité el comunicador en la nieve, a mi lado, junto con otro objeto que también había sacado de los bolsillos, y seguí examinándolos tratando de determinar inútilmente cuál sería su funcionamiento y finalidad.

Excepto el último de ellos. Aquél, evidentemente, tenía la forma de una pistola y encajaba a la perfección en mi mano derecha. Su cañón consistía en una barra de cristal rodeada por aletas refrigerantes metálicas y su empuñadura apenas abultaba y desprendía cierto calor: sin duda contenía alguna clase de batería. Curvé el dedo en tomo al gatillo, apuntando hacia arriba, y lo oprimí lentamente. Despidió un suave zumbido y proyectó un rayo intensamente rojo, de tanta viveza que me vi obligado a desviar la mirada. Durante unos momentos reverberó en mi visión aquella imagen que casi había representado un alivio entre la mortal blancura que envolvía mi entorno.

Disparé de nuevo, en esta ocasión evitando observar directamente la luz que atravesaba el aire cargado de nieve. El rayo desapareció entre las grises nubes y me dio la impresión de que, llegado el caso, hubiera podido agujerear mi armadura o atravesar la ladera de una montaña.

Cuando enfundaba la pistola percibí una especie de silbido que en breve se hizo persistente y continuado. Desenfundé nuevamente el arma y la examiné con detenimiento, pero no advertí ninguna vibración ni sonido. Durante unos momentos pensé que podía haberse tratado de una ilusión acústica, ocasionada tal vez como consecuencia de haber disparado la pistola. Pero luego contemplé las diversas piezas del equipo que había diseminado en el suelo, a mi alrededor, y advertí que, con excepción del comunicador, casi todas estaban ya cubiertas por la nieve que acababa de caer.

Lo cogí y me lo llevé al oído. No sólo estaba algo caliente, sino que descubrí que el leve aviso electrónico procedía de él. ¡El pulsador rojo estaba encendido! ¡Alguien intentaba establecer contacto conmigo!

Estuve pulsando los botones y hablando atropelladamente por aquel pequeño aparato durante un tiempo que me pareció interminable. Pero sin ningún resultado, pues sólo obtuve aquel constante y penetrante silbido como respuesta. Me puse en pie pensando que quizá la voz o la transmisión de la imagen quedaban bloqueados por la blancura de la nieve en que me había agazapado. Sin embargo, tampoco estableció diferencia alguna, salvo que cuando me volví, el silbido cambió de tono.

Con los ojos casi cerrados, para resistir el furioso vendaval, giré lentamente en círculo. El silbido recorrió todos los timbres de la escala, percibiéndose con mayor intensidad frente a la dirección en que me había encontrado anteriormente y debilitándose de un modo casi total cuando me desviaba de ella.

Imaginé que se trataba de un indicador de dirección o, sintiendo crecer en mí un asomo de esperanza, de una especie de brújula. Me arrodillé para recoger del suelo el resto del equipo, lo guardé en los diversos bolsillos de mi cintura y seguidamente me encaminé en la dirección que me señalaba el indicador electrónico, doblándome casi por la mitad para hacer frente a la furiosa y helada ventisca.

Anduve dificultosamente entre montones de nieve que casi me llegaban a las axilas. Por fortuna, el traje que vestía me mantenía caliente y seco. Pero en mis cabellos se formaba una compacta masa de hielo y apenas podía ver a través de los carámbanos que entrecerraban mis ojos. Aunque las mejillas, las orejas y la nariz habían quedado insensibilizadas, aún podía respirar y seguí adelante, hora tras hora, sintiéndome cada vez más hambriento y más débil en mi penoso avance.

La tormenta no amainaba: por el contrario, parecía crecer en intensidad, mas a través de los remolinos de nieve comencé a discernir la confusa forma gris de una inmensa roca hacia la que me dirigía el indicador electrónico. Mientras avanzaba denodadamente entre la cegadora nieve constaté que se trataba de un amenazador peñasco de granito que aparecía totalmente despejado como consecuencia del furioso viento y que surgía resueltamente en el paisaje de monótona blancura y se proyectaba agreste, salvaje y sombrío contra el cielo gris.

Atravesé profundas acumulaciones de hielo, deteniéndome únicamente de vez en cuando para comprobar las señales del comunicador, a fin de asegurarme de que seguía constantemente sus indicaciones. Mis fuerzas menguaban por momentos y el frío se filtraba en mi cuerpo minando la energía de mis músculos y entorpeciendo mi voluntad de seguir adelante. Cada paso me resultaba más penoso: parecía como si tuviese las botas cargadas de plomo y pesasen toneladas. Lo único que deseaba realmente era tenderme y descansar en la blanda y cómoda nieve.

Recordé haber visto fotografías de alguna distante era de esquimales, en que los perros se enroscaban satisfechos, se envolvían el hocico en sus peludas colas, y se refugiaban en pequeños agujeros que habían excavado en la nieve, de los que asomaban únicamente los oscuros ojos que observaban un mundo blanco y frío. Me detuve a respirar y di la vuelta para mirar hacia atrás: en el sendero que había ido siguiendo entre la profunda nieve mis huellas ya iban desapareciendo, borradas por la persistente tormenta. La severa masa gris de aquel montículo se levantaba silenciosa a mis pies y yo seguía perdido en una infinita blancura; me creía totalmente solo en el universo. Había llegado el momento de descansar, de tenderme y dormir.

Hasta los dedos se me estaban entumeciendo pese a los guantes y al sistema calefactor del traje que vestía. El pequeño comunicador se deslizó de mi mano y cayó al suelo, mientras que su rojo cuadro seguía destellando acusador ante mis ojos.

—Puedes insistir cuanto gustes —le dije con voz lacerada por el dolor.

El simple hecho de respirar me causaba un daño insoportable: el aire era ya tan frío que hasta los pulmones me ardían.

—¡Tengo que descansar! —exclamé.

La luz roja me contemplaba imperturbable. Se percibía claramente su tenue gemido electrónico sobre el fragor de la tempestad.

—De acuerdo —accedí a regañadientes—, daré diez pasos más. Si entonces no aparece ningún refugio a la vista, excavaré un agujero en el suelo y me echaré a dormir un rato.

Me esforcé por avanzar diez pasos, después otros diez y seguidamente cinco más. El peñasco de granito parecía cada vez más lejos. La tormenta arreciaba.

—Es inútil —dije a la inanimada cajita que tenía en la mano—. Es totalmente inútil.

Un cegador rayo de luz rojo cruzó sobre mi cabeza. Me eché al suelo instintivamente y busqué a tientas la pistola que llevaba en la cadera.

Otro rayo surgió en el espacio crepitando en el aire.

Me pregunté si procedería de amigos o enemigos y estuve a punto de echarme a reír ante tan ridículo planteamiento: el enemigo era aquella tormenta, el frío, la amarga agonía del hielo que me rodeaba. Quienquiera que pudiera disparar un arma debía disponer de alimentos y cobijarse en un lugar confortable. Levanté el arma y disparé a lo alto, calculando que el resplandor que proyectaría, que me hería la vista, resultaría visible a varios kilómetros a la redonda pese a la tormenta.

Observé atentamente la roca de granito y descubrí que, en respuesta al mío, alguien disparaba otro rayo, que se proyectó hacia las nubes. Me encaminé en aquella dirección sintiendo una oleada de adrenalina en mi dolorido cuerpo que me impulsaba a avanzar por el hielo con mis últimas reservas de energía.

A medida que me aproximaba descubrí una oscura hendidura en la roca y comprendí que se trataba de la boca de una cueva en la que se encontraban varias personas vestidas con la misma especie de armadura blanca que yo llevaba: también ellos me habían visto y agitaban enérgicamente las manos invitándome a acercarme, mas sin abandonar su seguro refugio.

Me abalancé hacia ellos agitando también los brazos en el aire y gritando hasta enronquecer.

—¡Esfuérzate! ¡Puedes conseguirlo! —gritó uno de ellos.

—¡Sólo te quedan unos metros! —exclamó otro.

Avancé tambaleándome y preguntándome mentalmente por qué no salían de su cueva y me ayudaban a salvar aquel último trecho, pero deseché rápidamente semejante cuestión ante la alegría que experimentaba al encontrarme con otros seres humanos en aquel interminable desierto de hielo.

El vendaval había modelado los bancos de nieve que rodeaban la base de la roca formando suaves rampas. Me deslicé por una de ellas, resbalé y caí sobre el hielo; llegué tambaleándome al acogedor refugio donde aquellas personas, sonrientes y satisfechas, me ayudaron a pasar al interior. En el fondo de la cueva vi unas cajas de embalaje y un enorme radiador eléctrico que despedía un agradable calor.

—¡Fijaos! —dijo uno de ellos—. ¡No pertenece a nuestra unidad!

Al oír aquellas palabras interrumpieron sus risas y sus abrazos.

—¿Quién diablos eres?

—¿A qué unidad perteneces?

—No sabíamos que hubiera otras unidades operando en este sector.

—¿Quién eres y qué haces aquí?

No podía responder a ninguna de aquellas preguntas. Me tambaleé entre sus brazos, agotado el último átomo de energía, se cerraron mis ojos y perdí el conocimiento.