Orión
Epílogo A
No soy un superhombre.
Poseo habilidades que exceden a las de cualquier criatura normal, pero soy tan humano y mortal como cualquier otra persona.
Sin embargo, soy un hombre solitario. Me he pasado la vida solo, obsesionado por extrañas pesadillas; cuando estoy despierto, acuden a mí velados recuerdos de vidas distintas, de otras existencias tan fantásticas que sólo pueden ser compensaciones de mi subconsciente solitario e introvertido.
Como tengo por costumbre, acudí a almorzar tardíamente al pequeño restaurante próximo a mi despacho en el que como casi cada día. Ocupé la mesa de costumbre y estuve jugueteando con la comida mientras meditaba que gran parte de mi vida había transcurrido entre soledad.
Dirigía casualmente la mirada a la puerta del restaurante cuando ella entró. Era extraordinamente hermosa, alta y graciosa, con los cabellos del color de la noche y radiantes ojos grises que parecían guardar en ellos toda la eternidad del mundo.
—¡Anya! —murmuré para mí.
Aunque no tenía ni idea de quién se trataba, me sentía exultante de alegría, como si la conociera hacía siglos.
Ella también parecía conocerme, pues avanzó sonriendo hacia mi mesa. Me levanté de la silla, dichoso y confundido al mismo tiempo.
—¡Orión! —exclamó.
Me tendió una mano, que cogí entre las mías. Me incliné a besarla y le ofrecí una silla. El camarero se acercó y ella pidió un vaso de vino tinto. El hombre marchó pesadamente hacia la barra.
—Siento como si te hubiera conocido toda la vida —le dije.
—Nos conocemos hace muchas vidas —repuso con voz muy femenina—, ¿no lo recuerdas?
Cerré los ojos para concentrarme y acudió a mi mente un remolino de recuerdos que me quitaron la respiración. Vi un globo grande y resplandeciente de luz dorada, la sombría y taciturna figura de un ser fiero y maligno, un bosque de árboles gigantescos, un enorme desierto barrido por el viento y un mundo de infinito hielo y nieve. Y allí se encontraba ella, aquella mujer vestida con una armadura plateada que resplandecía contra el oscuro infinito.
—Yo… recuerdo… la muerte —balbucí—. Todo el mundo, el universo entero… el espacio-tiempo derrumbándose…
Ella asintió gravemente.
—Y renaciendo en un nuevo ciclo de expansión: eso fue algo que ni Ormuzd ni Ahrimán habían previsto. El continuo no acaba: comienza de nuevo.
—Ormuzd —murmuré—. Ahrimán.
Aquellos nombres hacían vibrar una fibra sensible en mi mente. Sentí crecer la ira en mi pecho, ira no exenta de miedo y rencor. Pero no podía recordar quiénes eran y por qué despertaban tan intensas emociones en mí.
—Están lejos de aquí —dijo—, siguen luchando a brazo partido. Pero gracias a ti saben que el continuo no puede ser destruido tan fácilmente, que persiste.
—Tú estabas en todas aquellas otras existencias que recuerdo…
—Sí, como estaré en ésta.
—Entonces te amaba…
—¿Me amas ahora? —preguntó con una sonrisa que iluminó el mundo.
—Sí.
Y era muy cierto. Lo sentía en todos los átomos de mi ser.
—También yo te amo, Orión. Siempre te he amado y nunca dejaré de quererte.
—Pero debo partir en breve —protesté.
—Lo sé.
Por encima de su hombro, a través de la ventana del restaurante, pude distinguir todo el espectacular creciente de Saturno suspendido en el horizonte, dividido por la tensa línea de sus anillos. Más arriba, el cielo de Titán proyectaba su habitual resplandor anaranjado. La nave espacial estaba en su órbita, esperando a que ultimásemos los preparativos para embarcar.
—Estaremos ausentes veinte años —dije.
—Sí, viajaremos al sistema sirio.
—Es un viaje muy largo.
—No tanto como algunos que ya hemos hecho, Orión —repuso—. Y como otros que emprenderemos algún día.
—¿Qué quieres decir?
—Te lo explicaré por el camino —sonrió de nuevo—. Tendremos mucho tiempo para recordarlo todo.
El corazón me dio un vuelco en el pecho.
—¿Tú vienes también?
—¡Naturalmente! —repuso riendo—. Hemos resistido juntos la destrucción y el renacer del universo, Orión. Hemos compartido muchas vidas y muchas muertes. A partir de ahora no pienso separarme de tu lado.
—Pero no he visto tu nombre en la lista de tripulantes. No figuras en…
—Ahora sí. Viajaremos a las estrellas juntos, amor mío. Nos espera una existencia larga y plena. Y quizá algo más que eso.
Me incliné sobre la mesa y la besé en los labios. Por fin había concluido mi soledad y me sentía capaz de enfrentarme a cualquier cosa en el mundo. A su lado podría desafiar al universo.
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