Orión
Capítulo XLV
El «poblado» se encontraba en los árboles, no entre ellos, sino realmente en el interior de los gigantescos troncos de aquellas altas y robustas secuoyas. Habían excavado en ellas complicadas habitaciones a gran altura del suelo, a las que accedían por largas escaleras hechas de fibras vegetales que colgaban por el interior de los troncos y conducían a sus moradas.
Las anchas y fuertes ramas que se extendían hacia arriba, a unos quince metros sobre el suelo, hacían las veces de patios y terrazas de aquellas residencias.
Al principio pensé que su tecnología era lamentablemente limitada. No distinguía nada sofisticado: sólo hachas y cinceles de piedra e instrumentos menores fabricados de pedernal o cuarzo. Pero conocían la existencia del fuego, tenían tanta inteligencia como Einstein o Buda y contaban con una especie de telepatía mental que les permitía vivir en armonía con el mundo animal y vegetal que los rodeaba.
En los casos en que nosotros los sapiens hubiéramos inventado una máquina para que realizase un trabajo imposible para la resistencia de nuestros brazos, los neandertalenses domesticaban, aleccionaban o utilizaban a un animal o una planta. Las escaleras de fibras vegetales por las que subían y bajaban velozmente eran ejemplo de ello. Consistían en viñas vivas que crecían con las raíces hundidas en el suelo y sus anchas y verdes hojas se extendían a la luz del sol entre las altas ramas de los gigantescos árboles.
No cazaban ni cultivaban la tierra: no tenían ninguna necesidad de ello. Eran recolectores en el sentido más estricto de la palabra. Controlaban rebaños de animales mentalmente e inducían a los más viejos y débiles a entregarse a muertes rituales valiéndose de alguna forma de estímulo telepático.
Tenían animales domésticos, como perros, pero incluso con ellos los vínculos que establecían eran mentales.
Carecían de lenguaje hablado: sus gargantas no estaban dotadas de semejante facultad, se comunicaban entre sí mediante una complicada combinación telepática o por silbidos y gestos. Me esforcé muchísimo y al cabo de algunas semanas de vivir entre ellos comencé a estar en condiciones de iniciar un tosco intento de contacto mental, aptitud que tenía incorporada en mi cerebro, como lo estaba en ellos por evolución, pero me costó un largo período de entrenamiento hasta que pude comunicarme tan fácilmente como lo hacían sus criaturas.
Los neandertalenses no temían a los extranjeros; las guerras y conflictos eran virtualmente desconocidos para ellos. Al principio lo atribuí a sus aptitudes telepáticas que les impedirían atacar a alguien sin que lo advirtiera previamente y se pusiese en guardia. Pero aunque no iba muy desencaminado, me equivocaba.
Eran pacíficos porque sus aptitudes telepáticas les permitían comprenderse entre sí más plenamente que con la auténtica comprensión que se logra mediante el habla. Según fui comprendiendo de modo progresivo, tampoco estaban leyendo constantemente las mentes ajenas. Pero desde que nacían se les enseñaba a comunicar sus sentimientos y emociones, así como sus ideas y pensamientos racionales. Cuando uno de ellos estaba enfadado, preocupado o tenía miedo, todos cuantos le rodeaban lo sabían al instante y se esforzaban por indagar la causa del problema y solucionarlo. Y asimismo, si alguien estaba contento, todos lo sabían y compartían su alegría.
¡Qué solos estamos los sapiens! Encerrados en nosotros mismos con nuestros individualismos, establecemos débiles intentos de comunicación por medio del lenguaje, mientras que los neandertalenses compartían sus pensamientos con tanta naturalidad como el calor que fluye del fuego. No necesitaban psicoterapeutas; es más, todos eran psicólogos.
Pese a sus cuerpos tan musculosos, eran de naturaleza amable. Sus inocentes ojos castaños me recordaban al gamo y los cervatillos que había visto el primer día que me encontré en aquella época. No sabían — posiblemente les era imposible— disimular. Incluso el sistema utilizado para sacrificar a los elementos más débiles de sus rebaños era tan benigno que el calificativo de sacrificio resulta inexacto. Se limitaban a ejercer cierto control mental sobre el animal hasta provocarle un paro cardíaco. La bestia sufría un colapso y moría instantáneamente, sin sufrir ningún dolor.
Hacía varias semanas que vivía con ellos, en el hogar del adolescente de mayor estatura de los cuatro que había conocido en el bosque. Al igual que todas ellas, la casa se encontraba a unos quince metros del suelo, en el interior de una añosa secuoya. La familia estaba formada por los padres, Tohón y su mujer Huyana, su hijo Tunu y su hija Yoke, que tendría unos cinco o seis años. Me habían aceptado como invitado tras celebrar una asamblea en la que se reunió todo el poblado, unas cien personas, en un claro al pie de sus viviendas, para discutir qué harían conmigo.
Fue una extraña y perturbadora sensación encontrarse en medio de ellos sin saber qué decían de mí y sin poder oír palabra. Salvo sus característicos silbidos y algún que otro ademán o movimiento de cabeza, la discusión discurrió en el más absoluto silencio.
Como no podía oírlos me dediqué a estudiar sus rostros. No tenían en modo alguno el torvo y cejijunto aspecto que los sapiens del siglo XX les atribuíamos. Sus rostros eran más anchos que el mío, poseían gruesos arcos superciliares y las mejillas eran menos prominentes, pero en conjunto sus rasgos faciales no se diferenciaban tanto de los míos. No eran más peludos que yo y no se dejaban crecer la barba. Tras varios intentos penosos de afeitarme con una navaja de pedernal, me enteré de que ellos eliminaban fácilmente el vello facial con un ungüento que obtenían de las hojas de un arbusto.
Al parecer decidieron que me quedase a vivir con ellos y el padre de Tunu asumió la obligación, o el honor según creí entender, de alojarme en su casa.
El primer día tuve ocasión de comprobar cómo se las ingeniaban para excavar las distintas habitaciones en los troncos de los árboles. Una vez que Tunu me presentó dificultosamente a toda su familia, señalándome uno por uno a cada uno de los miembros y pronunciando cuidadosamente su nombre varias veces en un difícil y seco susurro, su padre me condujo a la casa.
Subí en pos de Tohón por la sólida escalera vegetal hasta la sala principal, una espaciosa cámara abombada excavada en el interior del árbol, con una ventana redonda a un lado y una puerta que conducía a una rama bastante ancha para poder sostenemos a los cinco al mismo tiempo sobre su lisa superficie. El mobiliario consistía en sillones y objetos parecidos a mesas que resultaban extrañamente fuera de lugar, aunque singularmente familiares. Luego comprendí que se trataba de gigantescas setas, hongos que habían sido modelados para el servicio de los neandertalenses. Empecé a darme cuenta de que alteraban el mundo que les rodeaba, tanto vegetal como animal, para satisfacer sus necesidades.
Tohón me hizo salir a la ancha y verde terraza y me mostró cómo ampliaban su vivienda para hacer sitio a un invitado. Envió a Tunu a toda prisa por la enorme rama hacia otra de proporciones más reducidas donde crecían densos puñados de agujas. El muchacho regresó con un cuenco lleno de un espeso líquido, como un jarabe que, supuse, se trataba de una especie de savia.
Seguí a Tohón al interior y estuve observando cómo embadurnaba la pared de la sala principal con aquel jarabe que olía intensamente a resina de pino. Afuera se encontraban Huyana y Yoki estudiando silenciosamente un despliegue de hierbas y hojas que habían extendido en el suelo. Sin duda se trataba de una lección de botánica o, más probablemente, de nutrición.
Y todo aquello se llevaba a cabo en el más absoluto silencio. Nunca me había fijado en lo acostumbrados que estamos los humanos a nuestra constante charla: el ruido nos acompaña desde los primeros gritos del nacimiento hasta nuestras últimas palabras en el lecho de muerte. Los neandertalenses vivían en un mundo de silencio, interrumpido únicamente por los sonidos naturales del viento, el crujido de las hojas, el canto de los pájaros y las voces de los animales. A medida que pasaba el tiempo y me iba acostumbrando a aquel silencioso modo de vida, comenzaba a preguntarme si su falta de violencia estaría asociada con su ausencia de ruidos.
Aquel primer día, mientras seguía observando el trabajo de Tohón, sentí que se me desorbitaban los ojos por la sorpresa al advertir que aquel líquido que manchaba la curvada pared de la habitación comenzaba a consumir la madera. Al principio desgastó lentamente la lisa superficie del muro produciendo un levísimo y silbante sonido y un olor ligeramente acre. Luego la madera pareció disolverse y, por último, se fundió.
Tunu me sonreía: su boca sin apenas labios mostraba un generoso despliegue de blanquísimos dientes.
Tohón hizo señas apremiantes a su hijo y ambos comenzaron a extender con gran energía aquel líquido por los lados y tras el hueco que acababa de crearse.
Fue un misterio para mí que aquel material que excavaba el interior de los árboles pareciera no producir ningún efecto en sus manos cuando las hundían en el cuenco y lo extendían sobre la pared.
Al cabo de unos momentos Tohón pareció satisfecho de su trabajo. Tunu se llevó fuera, por la rama, el cuenco casi vacío y su padre se sentó cruzando las piernas en el suelo y me hizo señas para que me acomodara a su lado.
Huyana nos sirvió la comida a base de verduras cocidas y fruta fresca. En breve descubrí que la cocina se encontraba en un nivel inferior de la sala principal. Cuando acabamos de comer, el líquido corrosivo había realizado su función: había creado una habitación pequeña pero cómoda para mí, que literalmente se había constituido a base de erosionar la madera del árbol y que estaba conectada con la sala principal por un corlo pasillo curvado de tal modo que no podía distinguirse el interior desde allí. No necesitaban puertas para mantener la intimidad: la conseguían a base de simple disposición geométrica.
Tohón inspeccionó la nueva habitación y por un momento pareció agitado. Sin moverse ni proferir sonido alguno frunció el denso entrecejo en profunda concentración. Tunu regresó llevando el cuenco y pintó en silencio una pequeña ventana redonda en una pared. Tohón asintió complacido al ver totalmente realizado el trabajo.
Creí que habían olvidado el interés que el primer día yo había mostrado por Ahrimán. Las semanas transcurrían apaciblemente y me iba acostumbrando a aquella existencia casi muda entre los neandertalenses, y casi había llegado a olvidarle yo mismo. Pasaba la mayor parte del tiempo tratando de aprender a comunicarme mentalmente con ellos y poco a poco comenzaba a conseguir el arte de «hablar» sin producir sonidos. Mis aptitudes eran ridículamente escasas, pero descubrí que algunos de ellos eran mejores transmisores que otros. Tunu, el sonriente y alegre adolescente, era con quien más fácilmente conversaba. E igual me sucedía con muchos otros jóvenes. Tenía más problemas con los adultos, quizá porque eran más introvertidos y circunspectos y, en cuanto a las mujeres —incluso la pequeña Yoki—, eran virtualmente incomprensibles para mí en cuanto a comunicación telepática. Estaba seguro de que aquello sucedía a propósito: ya era demasiado que los hombres conversaran con el larguirucho extranjero; las mujeres habían decidido mantenerse lejos de mí, sin establecer ningún tipo de comunicación.
De noche, mientras yacía insomne en un lecho de esponjoso musgo, me preguntaba qué estaría haciendo Anya, por qué me había enviado allí y cuánto tiempo permanecería entre los neandertalenses. Comencé a experimentar temores paranoicos. Tal vez Ormuzd había decidido mantenerme allí de modo permanente, aunque Anya deseara hacerme regresar a su lado. O, peor aún, los dos habían acordado mantenerme en aquel exilio selvático y se reían de mí sabiéndome solo e indefenso entre gente con la que ni siquiera podía hablar.
Me acordaba de Ahrimán, a quien Ormuzd pretendía mantener prisionero en aquella cáscara de energía, viviendo estático fuera del tiempo, pero atrapado, impotente, indefenso. Era consciente de que Ormuzd estaba haciendo lo mismo conmigo sin que yo pudiera hacer nada por impedirlo. Cada noche escudriñaba todas las moléculas de mi mente tratando de encontrar el medio de escapar de aquella idílica prisión y cada amanecer debía admitir mi derrota: no había escape posible a menos o hasta que Anya u Ormuzd decidieran permitirme el regreso.
Comencé a perder la cuenta de los días: todos eran casi iguales. Una bendición de paz y abundancia, sin cóleras, crímenes ni guerras.
Sin embargo, me resistía a aceptarlo: no podía sentirme satisfecho.
Por fin, una mañana, cuando había descendido por la escalera vegetal de la casa de Tohón dejándome caer en el suelo, Tunu vino corriendo hacia mí jadeante y excitado.
—¡Ahrimán! —balbució ruidosamente.
Parpadeé sorprendido.
—¿Ahrimán? —pregunté—. ¿Viene hacia aquí?
Tunu meneó la cabeza arriba y abajo.
—¡Sí! ¡Se acerca por el sendero!
Estaba tan excitado que no me di cuenta de que me hablaba telepáticamente y que yo le correspondía con toda claridad.
Me hizo señas para que le siguiera. Todo el pueblo salió de sus casas y se reunió en el claro empujándose unos a otros y comunicándose por tenues silbidos; seguidamente marcharon por el sendero llenos de expectación. Por sus vibraciones telepáticas comprendí que estaban muy excitados: Ahrimán era uno de sus más importantes cabecillas, estaba dotado de gran inteligencia y virtudes, era un poeta y filósofo muy afamado entre ellos.
Me dije que no podía ser el mismo que yo había conocido.
La imagen mental que recibía de la multitud nada tenía que ver con el sombrío, atormentado, airado y vengativo Ahrimán que yo conocía.
Pero cuando le vi avanzar por el camino sonriendo a la multitud que se había reunido para saludarle, comprendí que se trataba realmente de la misma persona.
Era el mismo Ahrimán. Un Ahrimán más joven, pero sin duda alguna el mismo. Más alto que los demás, de aspecto más fornido, sus ojos mostraban la inteligencia que había reflejado en otras eras, pero aún no eran los ojos enrojecidos y llenos de odio de aquel que trataba de destruir el continuo. Tenía el rostro de un hombre en la flor de la vida, satisfecho de su existencia y de su entorno, así como del lugar que ocupaba en él. Aún no había aprendido a odiar: todavía no tenía necesidad de vengarse.
La multitud se congregó a su alrededor mientras él avanzaba los últimos metros hasta el centro del claro. No podía discernir palabras ni significados específicos de sus comunicaciones mentales, pero captaba una insistencia general, el ruego de que hiciera algo, ignoraba de qué se trataba, que los complacería.
Ahrimán les sonrió y accedió a sus deseos. La multitud se sentó inmediatamente en el suelo, excitada y expectante. Yo me quedé de pie.
Ahrimán me miró y me dirigió su inmutable sonrisa. Sus ojos no revelaban ningún indicio de ira, antagonismo ni sorpresa: evidentemente ya le habían dicho que entre ellos se encontraba un extranjero y también debían de haberle comunicado mi nombre. Y era evidente que mi nombre, mi aspecto y mi presencia no significaban nada para él. No me temía ni estaba enfurecido: el único sentimiento que capté en él fue cierta curiosidad.
Finalmente me senté entre Tunu y otros adolescentes. Cerré los ojos y me concentré todo lo posible para captar telepáticamente cuanto dijera Ahrimán. No era necesario que me esforzara tanto: tenía la «voz» telepática más potente que había conocido hasta entonces. Podía entenderle casi sin esfuerzo.
Ahrimán se puso a cantar.
No lo hacía con palabras ni sonidos musicales como nosotros, los sapiens. Cantaba con pensamientos y conceptos mentales que liberaban en mi mente colores, formas, recuerdos, impresiones… Abrí los ojos y me sentí con la cabeza llena de belleza y armonía jamás conocidas. Los neandertalenses que me rodeaban estaban totalmente ausentes, embelesados desde el comienzo del cántico de Ahrimán.
Cerré de nuevo los ojos, pero en esta ocasión para desechar la contradictoria perspectiva del mundo que me rodeaba, a fin de poder compartir más plenamente la visión que Ahrimán proyectaba directamente en mi mente.
Era al propio tiempo canción, poema, especulación, historia e informe. Se me mostraron los múltiples lugares por los que Ahrimán había viajado desde la última vez que estuvo en el poblado: comprendí que era un vagabundo, un nómada que servía de enlace entre las desperdigadas colonias de neanderlalenses, al igual que los sapiens llegaríamos a unir nuestras comunidades con circuitos electrónicos.
Me fue dado contemplar los restantes poblados neanderlalenses situados muy lejos algunos de ellos, en rocas heladas, al norte, o a lo largo de suaves costas, en cabañas construidas de paja y adobe que se agrupaban en las desnudas estepas, sentí la unidad de todas aquellas comunidades, los vínculos establecidos entre aquellas gentes y los lazos comunes de sangre y afecto que compartían. Aún llegó más lejos Ahrimán: nos confió sus propios pensamientos, las ideas y preguntas que llenaban su mente por las noches, cuando contemplaba el cielo estrellado. Nos mostró la armonía de los astros, los ritmos de los planetas mientras se deslizaban entre los puntos fijos de los fuegos nocturnos, la gloria del sol que había sido creado de frío polvo y que había obtenido su fuerza abarcando en apasionado y amante abrazo todas las miríadas de átomos.
Ahrimán nos condujo entre las estrellas y nos hizo vagar por reinos de belleza indescriptible. Luego, lentamente, con enorme reverencia y ternura, nos devolvió a la Tierra, a aquel claro del bosque, a aquel instante del tiempo.
Abrí los ojos y advertí que los neandertalenses no sabían llorar. Pero cuando Ahrimán hubo finalizado su cántico, las lágrimas se deslizaban por mis mejillas.