Orión
Capítulo XLVII
Me sumergí totalmente en la negra noche. A medida que avanzaba, sentía más frío: me estremecía el horror que sentía en mi interior. El bosque estaba absolutamente silencioso, no se oían los gritos de las lechuzas ni el chirrido de los grillos. Únicamente silencio, oscuridad y frío.
Ignoro cuánto tiempo anduve solo, sin rumbo fijo. No podía regresar al poblado y enfrentarme a los acusadores rostros de los neandertalenses; no podía soportar la presencia de Ahrimán, comprobar cómo aprendía a odiar, a matar, a hacer de la venganza el único móvil de su existencia.
Distinguí una luz que resplandecía ante mí y creí que estaba amaneciendo. Pero mientras avanzaba hacia ella, agobiado por los remordimientos, vi que los árboles se desdibujaban, desaparecían literalmente y la luz era un resplandor dorado de origen desconocido que iluminaba una desnuda y monótona llanura que se extendía por doquier hacia el infinito.
A lo lejos me aguardaba una solitaria figura cuyas ropas despedían argénteos destellos. Comprendí que era Anya y encaminé mis pasos hacia ella, incapaz de apresurarme, deseando retrasar el momento final. A medida que me acercaba apareció ante mí otra figura, taciturna y sombría: Ahrimán seguía encerrado en su prisión de energía mirándome con encendida furia. Estaba mucho más envejecido que el Ahrimán que yo acababa de conocer: el odio y el dolor le habían castigado más que el tiempo.
Escudriñé el rostro de Anya a medida que me acercaba a ella y leí en sus ojos luminosos la tristeza de la eternidad.
—Ahora ya lo sabes todo —me dijo.
Hice una señal de asentimiento.
—Lo sé todo, exceptuando lo más importante: la respuesta. ¿Por qué todo esto?
—Eso debes preguntárselo a Ormuzd.
—¿Dónde está?
Se encogió de hombros y me sonrió sin alegría.
—Está aquí: puede vemos y oímos…
—Pero está demasiado avergonzado para dejarse ver, ¿no es eso?
Anya pareció sorprenderse.
—¿Avergonzado, Orión?
Dirigí una mirada a la dorada bóveda que brillaba sobre nosotros.
—¡Hazte presente, Ormuzd! ¡Ha llegado el momento de rendir cuentas! ¡Muestra tu rostro asesino!
El vacío pareció contraerse en una dorada burbuja, una esfera resplandeciente que se deslizó hacia abajo yendo a nuestro encuentro.
—¡Aquí estoy! —dijo una voz procedente de aquel globo.
—¡Comparece en forma humana! —exigí—. ¡Quiero ver un rostro, deseo poder observar tu expresión!
—Presumes mucho, Orión —repuso la esfera dorada.
—Te he servido bien, merezco cierta consideración.
La esfera tremoló y se diluyó en la nada y la alta y áurea forma de Ormuzd apareció ante nosotros sonriendo, en parte divertida y en parte tolerante hacia la insolencia de una criatura menor.
—¿Te place así? —preguntó.
Observé a Anya, cuyo rostro sólo reflejaba temor.
—¿Por qué? —pregunté a Ormuzd—. ¿Por qué matar a los neandertalenses? ¡Eran inofensivos!
—Precisamente por eso, eran inocuos, inofensivos. Estaban magníficamente adaptados a su entorno. —Extendió las manos en un claro ademán de resignación.
—¿Por qué destruirlos entonces? ¿Por qué iniciar una guerra?
—Porque eran un punto muerto en la evolución, Orión. Nunca habrían progresado del estado en que los encontraste.
—¿Cómo puedes saberlo?
Se echó a reír.
—¡Oh, miserable criatura! ¡Lo sé muy bien! He estudiado todos los posibles senderos del continuo. Hubieran vivido su idílica existencia en el tiempo que les hubiera sido asignado y luego se hubieran extinguido como los dinosaurios.
El rostro de Ahrimán estaba contraído por la angustia. Podía oír nuestras palabras, pero le era imposible mover un solo músculo contra nosotros.
—Créeme, Orión —prosiguió Ormuzd—. Examiné ludas las posibilidades, incluso trasplanté algunos de ellos a distintos planetas para ver si evolucionaban de un modo más eficaz, pero las mejoras fueron insignificantes.
—Pero eso no justifica… su aniquilación.
—¿Lo crees así? —replicó bruscamente—. De todos modos tenían que morir. Las ciegas fuerzas de la naturaleza los habrían exterminado antes o después. Yo me limité a sustituirlas por una fuerza directa acelerando su desaparición. Los ayudé a salir de su miseria con más eficacia que la propia naturaleza.
—Su existencia no era miserable.
Ormuzd me dirigió una tímida sonrisa.
—Orión, permíteme una metáfora, por favor.
—¿Con qué derecho cometiste un genocidio? —pregunté en tono exigente —. ¿Quién te ha hecho dispensador de vida y muerte?
Levantó una mano. El resplandor dorado que nos rodeaba se ensombreció y en las tinieblas se recortaron las líneas chispeantes de los relámpagos.
—¡Tengo el poder! —dijo con voz tonante—. ¡Por eso tengo derecho!
Anya levantó sus manos en el aire. Los relámpagos se desvanecieron y la dorada y monótona extensión recobró su antigua apariencia.
Ormuzd la obsequió con una leve inclinación de cabeza.
—Desde luego, también otros poseen poderes, no tantos como yo, pero suficientes para efectuar algunos pequeños trucos.
Ahrimán paseaba su mirada de uno a otro.
—¡Pregúntale por qué decidió eliminar a los neandertalenses, Orión! ¡No consientas que te confunda! ¡Pregúntale por qué lo hizo!
—¡Sí! —respondí—. ¡Deseo conocer la razón!
—Lo decidí así.
—Ésa no es una respuesta —insistí.
—Vuestros científicos justifican su desaparición recurriendo a la evolución que se produjo durante más de un siglo —dijo—. Pues bien, yo soy la evolución, Orión. Yo dirijo las idas y venidas de vuestro pequeño mundo.
Miré a Anya, que me hizo una breve seña incitándome a proseguir.
Pero aún no había concluido.
—Consideremos un pequeño y prometedor mundo llamado Tierra, poblado por una especie de criaturas inteligentes y bípedas que pueden comunicarse entre sí de modo directo, mentalmente, que controlan a los animales menores y a las plantas que los rodean y que se han adaptado perfectamente a su entorno. Aburridísimo, Orión, y carente de sentido: jamás progresarían.
—¿Porqué tendrían que progresar?
Hizo caso omiso de mis palabras y prosiguió:
—De modo que los borré del mapa. Acaso te parezca cruel, pero era necesario. Creé una raza de guerreros, de soldados, para llevar a cabo la cruenta tarea de eliminar a los nativos. A esa raza perteneces tú. Tú y todos los sapiens fuisteis destinados a matar. Os complacéis en ello. Cuando no podéis encontrar una razón para mataros entre vosotros mismos, sacrificáis a las bestias indefensas que os rodean. Todos vosotros sois poderosos cazadores.
Recordé cuán fácil y cruelmente había asesinado a otros seres de mi propia especie y las expediciones de caza en las que nos habíamos empapado con la sangre de indefensos animales y temblé de vergüenza e ira contra el dios que nos había hecho de aquel modo.
—Así que os asigné la función de eliminar a los neanderlalenses. Otros seres de tu especie construyeron máquinas enormes en un mundo que llamáis Titán, las cuales podían alterar las radiaciones solares para provocar períodos glaciales en la Tierra. Los glaciares acabaron de eliminar a los indígenas del planeta… así como a las criaturas asesinas que yo había creado.
—Pero no sucedió así.
—No, Orión, no fue así. —Parecía divertirle todo aquello—. Tú les ayudaste a sobrevivir. Tú enseñaste a aquella última escuadrilla de guerreros sedientos de sangre cómo podían vivir en la Tierra: en lugar de un ejército autodestructor de asesinos, conseguisteis una raza autoperpetuadora de Homo sapiens sapiens. Gracias a ti, Orión.
—¡Entonces debimos morir en el período glacial!
Aquella noticia me dejó vacío, me dio la sensación de que caía de los cielos al infierno.
—Sí, desde luego. Me proponía crear una raza auténticamente superior. Ni en tus más imposibles sueños podrías imaginar las criaturas que habría engendrado. Los ángeles con los que fantaseáis los seres de tu especie no son nada comparados con los que yo habría creado.
Anya interrumpió su discurso en tono frío y tajante:
—Pero los sapiens vivieron y dominaron la Tierra. Y tú los habías hecho tan excelentes guerreros que no pudiste arrojarlos de ella.
—Sí —admitió Ormuzd dirigiéndome una feroz mirada—. Y al mismo tiempo descubrí que ése… —señaló con la cabeza al sombrío y taciturno Ahrimán— había sobrevivido a la carnicería y que, de algún modo, había obtenido poderes que casi se igualaban a los míos.
—Y entonces fue cuando me creaste —concluí.
—Te creé para que acabases con Ahrimán antes de que él encontrara el medio de destruir todo cuanto yo había construido. Sí, le creé… demasiado perfecto.
La cabeza me daba vueltas.
—Pero si sabías todo eso, si podías escudriñar todos los senderos del continuo y prever lo que sucedería…
—Ese es un pensamiento lineal, Orión —dijo Anya—. Los acontecimientos se suceden de modo paralelo, no en secuencias. Lo que tú experimentas como tiempo, como un progreso del pasado por el presente hacia el futuro, está sucediendo en realidad de modo simultáneo. Causa y efecto son intercambiables, Orión. Mañana y ayer coexisten.
—Sigo sin comprender…
—No es necesario que comprendas —intervino Ormuzd—. Aunque hayas avanzado a ciegas, has satisfecho mis deseos. Ahrimán ha sido atrapado para siempre: el continuo está a salvo.
—¡Tú estás a salvo! —dijo Anya.
—¡Y tú! —repuso él.
Ella se volvió de nuevo hacia mí.
—Aún no te has enterado de por qué ha hecho lodo esto, Orión. Te esquiva constantemente sin darte a conocer la razón fundamental.
Me sentí profundamente indefenso.
—¿Se lo digo yo? —preguntó Anya.
Ormuzd cruzó los brazos sobre el pecho.
—¡De todos modos piensas hacerlo!
Anya sonrió amargamente.
—Te creó y creó a aquellos que consideras seres humanos a fin de utilizaros para acabar con los neanderlalenses porque, sin los humanos, nosotros, los dioses, jamás habríamos existido.
Escuché aquellas palabras, pero su significado seguía siendo tan oscuro para mí como si no las hubiera oído.
—Ormuzd comprendió que los neanderlalenses llegarían a extinguirse sin dejar nada, de modo que creó a los sapiens para que los eliminasen, para limpiar la Tierra y preparar el camino a una nueva raza…
—… que superaría a los ángeles —murmuré.
—Pero lo que en realidad sucedió —prosiguió Anya— fue que los humanos aprendisteis a maniobrar y controlar vuestra propia evolución, a manipular los genes de vuestras células. Asumisteis el control de vuestro propio destino y, al cabo de muchos milenios, llegasteis a metamorfosearos en nosotros…
—¿Nos convertimos en dioses?
—Os transformasteis en criaturas como nosotros —dijo Anya—. En criaturas de energía pura que pueden controlar y manipular la energía para adoptar la forma que desean, criaturas que comprenden el más recóndito funcionamiento del continuo, que pueden trasladarse por el tiempo y el espacio tan fácilmente como si pasearan por un bosque.
Me volví hacia Ormuzd y exclamé:
—¡Nos convertimos en vosotros!
Ormuzd nos miraba torvamente.
—¡Nosotros os creamos! —grité.
—Ahora podrás comprender por qué Ormuzd decidió destruir a los neandertalenses: si hubieran vivido los humanos nunca hubierais sido creados y nosotros tampoco habríamos llegado a existir.
—¡Pero existís!
—Sí, y nos guiamos por las mismas reglas inexorables que unen todo el continuo. Ormuzd tenía que obrar como lo hizo: de otro modo este continuo, este universo, se habría derrumbado y extinguido.
No podía disimular ante ellos la profunda confusión que me dominaba: pasado y futuro, vida y muerte… lodo era un inmenso y vertiginoso remolino. Todo el universo giraba locamente y en sus constantes giros se formaban galaxias en rápida corriente, engendrando estrellas y planetas y criaturas que luchan y mueren…
—Ésa es toda la verdad, Orión. —La serena voz de Anya interrumpió mi agitación.
—Ahora podrás comprender cuán necesario era —dijo Ormuzd.
—Los neandertalenses tenían que morir para que nosotros pudiéramos vivir y evolucionar hasta convertirnos en vosotros.
Ormuzd asintió sonriente.
—En un principio yo no pretendía que fuese así, pero funcionó bastante bien.
Ya no podía mirar directamente a Ahrimán. En lugar de ello pregunté a Ormuzd:
—¿Y qué será de mí?
Su expresión se iluminó. Me sonrió condescendiente, como un creador benigno y generoso.
—Te concederé el don de la vida, Orión, una magnífica vida humana en la era que escojas.
—¿Y después la muerte?
Enarcó las cejas.
—Si escoges una era apropiada la existencia humana puede ser muy larga, incluso podrías vivir durante siglos.
—¿Y tú? —pregunté a Anya.
Ormuzd intervino sin darle tiempo a responder:
—Hemos evolucionado fuera de la humanidad, Orión. Ya no somos humanos. Como tampoco tú eres un mono homínido.
—De modo que viviré en la Tierra sin ti —le dije a Anya.
—Puedo darte más de una vida —ofreció Ormuzd—. Puedes vivir durante miles de años si lo deseas.
Sentí como si el corazón se me hundiera en el más profundo océano.
—¿De qué me sirven una o muchas vidas sin ti, Anya?
Ella avanzó un paso en dirección a mí y me tendió la mano.
Pero entonces me volví a Ahrimán, que seguía indefenso en su eterna prisión.
—¿Para esto contribuí a extinguir a su especie? ¿Para esto le conduje a ese infierno viviente?
—¡Salvaste a tu propia especie! —exclamó Ormuzd.
—¡Te salvé a ti, a los tuyos!
Me volví nuevamente a Anya y le dije:
—¡Ponlo en libertad! ¡Usa el poder que tienes para que quede libre!
Ella me miró boquiabierta.
—¿Qué estás diciendo? —gritó Ormuzd.
—¡Deja a Ahrimán en libertad! —dije—. ¡Mátame si ya no te soy de utilidad, pero devuélvele la vida a él y a los suyos!
—¡Jamás! —replicó Ormuzd.
Pero yo seguí insistiéndole a Anya.
—¡Hazlo aunque ello signifique el fin de todo! ¡Libérale! ¡Deja que él y los suyos tengan una oportunidad en la Tierra! ¡Déjalos vivir!
—¡Eso significaría la destrucción de todos nosotros! —gritó Ormuzd—. ¡No lo permitiré!
—¡Si no podemos vivir juntos —dije a Anya—, entonces muramos juntos!
Sus grises ojos hacían vibrar mi alma. Me miró, luego observó a Ahrimán y finalmente se volvió a Ormuzd.
—¡No lo hagas! —gritó éste—. ¡Ahora él se ha enterado telepáticamente de todo cuanto sabemos, ha visto lo que hay en nuestras mentes y ha asimilado nuestros conocimientos del continuo!
—Sí —dijo Anya—, así es.
—¡Y usará esos conocimientos para destruir el continuo! —gritó frenético Ormuzd mientras su imagen se agitaba trémula y vacilante.
—Orión tiene razón —repuso Anya quedamente como si estuviera comentando un tema de filosofía abstracta—. La especie de Ahrimán merece una oportunidad. Ya nos hemos resistido bastante.
—¡No te lo permitiré! —vociferó Ormuzd.
Y se convirtió de nuevo en un globo de áureos reflejos. Pero Anya persistió en su forma humana. Extendió sus manos hacia Ahrimán.
Un relámpago brilló cegadoramente, oí gritar a Ormuzd en tanto yo cerraba los ojos y sentía borbotear mi carne ante el terrible torrente de energía que se había liberado. El resplandor me quemó los cerrados párpados, ardió en mis ojos, abrasó tan profundamente mi cerebro que no sentí más que la ardiente luz mientras los átomos de mi cuerpo estallaban como una lluvia de efímeros estallidos de energía.
Sin ojos y sin cuerpo presencié cómo se desplomaba el continuo precipitándose confusamente toda la materia y la energía del universo en un titánico y oscuro remolino de espacio-tiempo, en un negro agujero multidimensional que giraba sobre sí mismo, en el que planetas, estrellas y galaxias eran absorbidos o sacudidos, disgregados y digeridos en una primitiva bola de fuego.
Finalmente todo ello estalló en un silencioso e inconmensurable espasmo de nueva creación.