Orión
Capítulo XXVIII
Las siguientes semanas transcurrieron entre gran tranquilidad. Llegaron al valle otros clanes con un total de ciento seis personas. Aproximadamente dos tercios de ellos eran adultos; los restantes, niños que oscilaban entre la lactancia y la preadolescencia. En aquella sociedad neolítica en que la existencia era tan breve, los adolescentes se convertían en adultos en cuanto alcanzaban la madurez sexual. Las muchachas de doce años parían hijos y los adultos cuarentones estaban demasiado débiles y desdentados para cazar o comer y eran dulcemente asesinados por sus congéneres.
—Nos quedaremos en el valle hasta que el grano se convierta en oro —me dijo Ava—. Entonces lo cosecharemos y lo guardaremos para el invierno. — Frunció el entrecejo y añadió—: A menos que lleguen las nieves antes de que madure.
Y repentinamente comprendí el porqué de la presencia de Ahrimán en aquel lugar y cuáles eran sus propósitos.
Nos encontrábamos en otro de los puntos cruciales en la historia de la humanidad. Aquellos clanes, aquellos sucios, harapientos y vagabundos cazadores debían efectuar la transición de la caza a la agricultura. Ellos debían crear la revolución neolítica, el paso que transformaría a la humanidad de nómadas salvajes en civilizados constructores de ciudades. Y Ahrimán trataría de reprimir por todos los medios aquel proceso, de evitar que llegara a producirse.
Si el Oscuro lograba impedir que aquellos primitivos cazadores dieran semejante paso, no me cabía ninguna duda de que incluso conseguiría llegar a eliminar a todas las tribus dispersas que vagaban por aquel mundo ancestral. Podía aniquilar a toda la humanidad clan por clan, tribu por tribu, hasta hacer desaparecer de la Tierra al último ser humano. Y entonces habría triunfado.
Pero si la humanidad realizaba la transición a la agricultura, si los humanos iniciaban la vasta explosión demográfica que culminaría en las civilizaciones egipcia, sumeria, del valle del Indo y de China, entonces ni siquiera Ahrimán con todos sus poderes podría aspirar a extinguir a la especie humana, que emprendería la marcha hacia el dominio del planeta: ya no serían algunas tribus dispersas, de cazadores nómadas al borde de la inanición, sino prósperos campesinos sedentarios con una población en constante crecimiento.
¿Se inventaría la agricultura allí, en aquel valle donde el clan de Dal y sus aliados pasaban el verano? Imaginaba que aunque Ahrimán impidiese que surgiera en aquel lugar el invento, se produciría en algún otro punto, en cualquier otro clan, en alguna zona privilegiada. Pero inmediatamente comprendí que, con su innato dominio del tiempo, Ahrimán podía visitar todos aquellos lugares donde estuviera a punto de producirse aquel cambio y extinguir la idea en cada ocasión y momento en que se suscitase. Cada vez más apesadumbrado, como si una pesada carga gravitase en mi espíritu, calculé que Ormuzd me enviaría a cada uno de aquellos lugares en cada instante en que se produjese tal hecho, y me obligaría a enfrentarme en interminable batalla al Oscuro.
Semejante consideración era más de lo que podía soportar. Me consoló el pensamiento de que, puesto que Ahrimán estaba allí, aquél debía ser el momento en que se originó realmente la idea de la agricultura. Si lograba detenerle en aquel instante y lugar no tendría ninguna necesidad de volver a enfrentarme con él en aquella época. Evidentemente ya nos habíamos encontrado por lo menos en otra ocasión, en un tiempo precedente. Acaso durante la Guerra a la que él aludía.
Las nuevas sospechas que Dal albergaba sobre mí se extendieron rápidamente entre sus compañeros, y los restantes clanes que se habían reunido con nosotros en el valle se mantenían muy apartados de mí. Se me consideraba como un ser entre divino y humano, al que temían y respetaban. Sabían que podía enseñarles cosas maravillosas, pero aunque recurrían a mí para aprender a fabricar arcos, flechas y lanzadores de jabalinas, e incluso les iniciaba en el pastoreo y en los sistemas de estabular a los animales que capturaban, aprovechando la situación de las rocas en lugar de sacrificarlos inmediatamente, seguían manteniéndome apartado de su vida social cotidiana.
Todos, con excepción de Ava. Ella pasaba largas horas conmigo, aprendiendo todo cuanto podía acerca de las estrellas, a hilar y tejer la lana de las ovejas y las más elementales normas de higiene y desinfección.
Pero cada noche regresaba a la cabaña de Dal y le preparaba la cena; aunque me invitaban a reunirme con ellos con cierta frecuencia, él evidenciaba claramente que le molestaba mi presencia y que se sentía celoso de la atención que me dedicaba su mujer.
Yo solía comer solo, fuera de mi reconstruida cabaña, guisando la carne y las verduras que la gente del clan me daba a cambio de las lecciones que les impartía para la fabricación de útiles y la cría de ganado. Resultaba divertido, aunque me parecía trágico, pensar que aquellos seres primitivos aprendían de mí. En realidad yo me limitaba a exponerles ideas que no se les habían ocurrido: una vez se infiltraba en sus mentes la noción básica, entraban en acción y realizaban las cosas mucho mejor que las hubiera podido hacer yo. Aprendieron a fabricar flechas certeras, a construir corrales, a hilar. Yo me limitaba a plantar las semillas: ellos las cultivaban y las cosechaban.
La vida en el valle era grata y sencilla. Con la llegada del verano, los días se prolongaban sin sometemos a un calor bochornoso ni a la humedad. El grano crecía y maduraba llenando el valle de frondas doradas que ondeaban a efectos de las suaves brisas estivales. Pensé que aquél era el color de Ormuzd y comprendí que era bueno. Por las noches refrescaba y con frecuencia corrían ligeras brisas. Pasaba largas horas haciendo observar a Ava las fases de la luna, las trayectorias de los planetas, el auge y ocaso de las constelaciones, el triángulo estival que formaban las estrellas en el cielo: Deneb, Altair y Vega. Ella aprendía rápidamente y las preguntas que me formulaba demostraban su afán por seguir instruyéndose.
Dal nos acompañaba en nuestras salidas nocturnas, al principio porque desconfiaba de que estuviésemos a solas, cosa que no podía censurarle. Pero, sin darse cuenta, también él comenzaba a sentir más interés por la astronomía.
—¿Quieres decir que puede prevenirse el cambio de las estaciones antes de que se inicie realmente ese cambio? —preguntaba, incrédulo.
—Sí —repuse—. Por las estrellas puedes saber cuándo debes plantar semillas y cuándo cosechar el grano.
Hizo una mueca de escepticismo.
—¿Plantar semillas? ¿Qué quieres decir?
Aquella sugerencia fue origen de largos debates nocturnos sobre el crecimiento de las plantas. Creo que debí de ser el primero en explicar la semejanza existente entre los pájaros y las abejas, el crecimiento de las plantas y la sexualidad humana, pero en términos totalmente opuestos a los que utilizaban los padres en el siglo XX para ilustrar a sus hijos, es decir, basándome en la sexualidad humana, que Dal y Ava comprendían perfectamente, para explicar el crecimiento de las plantas a partir de las semillas.
Al igual que sucedía con los niños, les resultó difícil aceptar aquella idea.
—¿Quieres decir que si depositamos unas diminutas semillas en el suelo crecerá un inmenso campo de trigo?
Ante mi respuesta afirmativa, Dal movió incrédulo la cabeza, pero Ava se quedó pensativa fijando sus grises ojos en un punto indefinido.
Exceptuando aquella noche de locura en que se celebró el ritual sangriento, Ava y yo apenas nos rozábamos. Yo seguía deseándola, pero era la mujer de Dal y aún tardaría cien siglos en inventarse la palabra que calificaría el interés que demostraba hacia mí: platónico. Ava buscaba mis conocimientos, no mi amor ni siquiera mi compañía.
Una tarde en que Dal había salido al frente de una expedición de caza en el extremo opuesto del valle, donde podían acorralar fácilmente a los animales contra las rocas, descubrí que Ava observaba gravemente los campos donde maduraba el grano. Como los restantes miembros del clan, había engordado ligeramente. Puesto que ya no teníamos que efectuar largas marchas diarias porque la caza era abundante, todos habíamos ganado peso.
Pero Ava mostraba una expresión tan concentrada que me decidí a interrogarla sobre el problema que la preocupaba.
—¿Qué ocurre, A va?
Ella pareció sorprendida.
—¡Ah! ¡Eres tú!
—¿Sucede algo malo? —le pregunté.
—¿Malo? ¡No, no, nada de eso! —repuso volviendo su mirada hacia el mar de doradas espigas que oscilaba suavemente bajo el sol a impulsos de la brisa.
—¿No crees lo que te dije hace unas noches acerca de la posibilidad de plantar simientes y cultivar cosechas de grano? —indagué.
Me sonrió con tristeza.
—Yo sí te creo. Comprendí perfectamente tus explicaciones. Pero estaba pensando… —Vaciló y por la concentrada expresión de su rostro me di cuenta de que se esforzaba por ordenar sus ideas.
Aguardé en silencio. Estaba muy hermosa y yo ansiaba abrazarla, pero sabía muy bien que ella no lo deseaba.
—Supongamos… —comenzó en tono lento y vacilante—, supongamos que pudiera realmente cultivarse el grano tal como dices, supongamos que nos quedásemos aquí, en este valle, constantemente, en invierno y en verano. Podríamos cultivar cereales y disponer corrales para los animales contra las rocas, no tendríamos que salir cada día de caza y podríamos establecemos aquí y vivir mucho más cómodamente…
Hice una señal de asentimiento. Por lo menos en la mente de una mujer neolítica se había iniciado la transición de una existencia de caza y recolección a otra agrícola y sedentaria.
—¿Y en el caso de que el grano no creciese? —preguntó.
—Crece cada año, ¿no es así? Lo comprobáis siempre cuando regresáis al valle.
Ella lo admitió de mala gana.
—Comienza a crecer cuando estamos lejos. ¿Crecería de igual modo si permaneciésemos aquí constantemente?
—Sí —le aseguré—. Incluso encontraréis sistemas para mejorar su cultivo.
—¿Y no preferirá su espíritu la soledad? ¿No morirá el grano si nos quedamos aquí?
—¡De ningún modo! El espíritu del grano se hará más fuerte si le ayudáis vigilándolo, eliminando las malas hierbas que lo ahogan y extendiendo la semilla por otros puntos del valle donde aún no crece.
Me daba cuenta de que ella se esforzaba por creerme, pero las antiguas supersticiones, los hábitos que le habían sido inculcados y la pertinaz obstinación de cualquier cambio que pudiera despertar la ira de los dioses eran más fuertes en ella que la brillante promesa de aquella nueva idea.
—Voy a dar un paseo —dije, presa de repentina inspiración—. ¿Me acompañas?
Ava aceptó mi invitación. Emprendimos la marcha atravesando el campo de altas y doradas espigas hasta las rocas que el glaciar había arrinconado en el extremo más apartado del valle.
Durante el camino fuimos hablando. Ava insistía una y otra vez en el tema de la agricultura y la ganadería, tratando de descubrir cuáles serían sus puntos débiles y dónde podría esconderse algún fallo, una trampa que pudiera representar la desgracia del clan.
Yo hubiera podido decirle que una vez que interrumpieran su vagabundeo y renunciasen a la caza, se establecerían en poblados sedentarios, que seguidamente se convertirían en sociedades jerarquizadas de campesinos y reyes y que, finalmente, surgirían las diferencias de clase entre pobres y ricos. También hubiera podido decirle que los enfrentamientos que de vez en cuando se producían entre las tribus y con los que ella estaba familiarizada, se recrudecerían convirtiéndose en guerras entre pueblos, posteriormente entre ciudades y, por último, en conflagraciones que bañarían en sangre el mundo. Y asimismo hubiera podido hablarle de ciudades en las que hormiguearía la gente y de la contaminación y amenazas de superpoblación, holocausto nuclear y degradación ambiental.
Pero no dije nada. En aquel radiante amanecer de la civilización humana, permanecí en silencio y dejé que Ava reflexionase por sí misma sobre aquella perspectiva.
Cuando llegamos al pie de las rocas entorné los párpados para mirar a la cumbre que se recortaba contra el claro cielo.
—Creo que voy a escalar estos peñascos. ¿Quieres subir conmigo?
—¿Subir? —Se echó a reír—. Es imposible subir por esa pendiente. Bromeas.
—No, de ningún modo, estoy convencido de que podemos llegar a la cumbre.
—Es demasiado escarpado. Dal lo intentó en una ocasión y tuvo que renunciar. No es posible el ascenso.
Me encogí de hombros.
—Podemos probarlo nosotros dos. Quizá entre ambos lo consigamos, mientras que uno solo no lo lograría.
Ella me miró con curiosidad.
—¿Por qué quieres llegar donde nadie ha estado antes?
—Precisamente por eso —dije—, porque nadie lo ha logrado aún y deseo ser el primero. Quiero ver cómo es el mundo desde un lugar jamás hollado.
—Me parece muy disparatado.
—¿No has hecho nunca algo simplemente porque querías hacerlo? ¿Jamás has deseado hacer algo que nadie había hecho?
—No —respondió, aunque no parecía muy convencida. Contempló la masa rocosa con expresión de gran asombro—. Todos hacemos las cosas como se han hecho siempre: ése es el mejor sistema. Tal como lo hicieron nuestros padres y nuestros abuelos.
—Pero en algún lugar y momento uno de ellos debió de hacer algo por vez primera. Siempre ha habido una primera vez para todo.
Ella me miró severamente: estaba desafiando la cómoda rutina instituida en su mundo y no se sentía muy satisfecha con ello. Pero, suavizando su expresión, me preguntó:
—¿Crees realmente que podremos llegar arriba?
—Si lo intentamos los dos, estoy convencido de ello.
Se volvió y contempló nuevamente los peñascos. Sin duda eran muy escarpados, pero me constaba que incluso un aficionado se hubiera atrevido a escalarlos, y yo tenía la innata certeza de que Ormuzd me había programado con mucha más fuerza y habilidad que a cualquier aficionado.
Ava apartó su mirada de las amenazadoras rocas y se volvió a contemplar los campos dorados de grano que habíamos dejado atrás y que ondeaban a la suave brisa del atardecer.
—Sí —me dijo sonriente y llena de impaciencia—, también deseo ver qué hay sobre esas rocas.
Utilizamos cuerdas de fibras vegetales, y nuestros pies descalzos, endurecidos y encallecidos por el viaje, sustituyeron a las botas de escalar, pero la accidentada superficie no fue en ningún momento tan amenazadora como nos había parecido a simple vista. Invertimos dos horas de esfuerzos continuados hasta que, por fin, sudorosos y cansados, llegamos a la cima.
El espectáculo que desde allí divisamos justificaba nuestras fatigas.
Ava, aún jadeante, sonrió complacida observando boquiabierta el inmenso panorama que se extendía a lo lejos, de este a oeste, valle tras valle y río tras río, discurriendo hacia el sur entre los campos dorados. Por encima de nuestras cabezas se erguía amenazador el monte Ararat, que se recortaba en un cielo despejado, sin nubes, de cuya cumbre nevada, que brillaba bajo el sol, ascendía una delgada columna de humo. Y más allá, hacia el norte, aparecía una vasta extensión de hielo, resplandeciente como un inmenso diamante, que hería la visión cuando se contemplaba demasiado tiempo. Comprendí que aquel enorme glaciar que seguía cubriendo la mayor parte de Europa se estaba retirando hacia el norte a medida que aquel período desapacible cedía el paso a un clima más benigno.
—¡Hay tanto que ver! —gritó Ava—. ¡Mira qué pequeño se ve nuestro valle desde aquí!
—Es un gran mundo —convine con ella.
Contempló nuevamente el valle y su rostro perdió paulatinamente aquella exultante alegría. Volvió a fruncir el entrecejo.
—¿Qué sucede? —le pregunté.
—Si viviéramos lejos de los demás —comenzó volviéndose hacia mí—, si encontrásemos un lugar para nosotros, donde no estuviera nadie más… sólo tú y yo juntos…
Me quedé estupefacto.
—¿Qué estás diciendo?
Pero en su lenguaje no existían palabras para expresar lo que sentía.
—Orión —dijo con voz baja y temblorosa—, quisiera estar contigo, quisiera ser tu mujer.
Corrió hacia mí y la estreché entre mis brazos sintiendo contra el mío el contacto de su cuerpo fuerte y esbelto. Por un espacio de tiempo que nos pareció una eternidad seguimos estrechamente abrazados, acariciados por el cálido sol y sintiendo hervir nuestra sangre.
—Pero no es posible —susurró tan quedamente que apenas pude oírla.
—¡Sí, claro que es posible! Este mundo es muy grande y está vacío. Podemos encontrar un lugar para nosotros y fundar nuestro hogar en él.
Me miró y la besé. Ignoro si se había inventado el beso entre aquella gente, mas a ella le pareció algo muy natural.
Sin embargo, cuando nuestros labios se separaron, sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—No puedo irme contigo, Orión. Soy la mujer de Dal: no debo dejarle.
—Si quieres, puedes hacerlo.
—No, le avergonzaría ante todos. Tendría que organizar nuestra persecución por los hombres del clan. Se vería obligado a matarte y a llevarme de nuevo con él.
—¡Jamás nos encontraría! —le aseguré—. Y, si así fuera, no podría matarme.
—Entonces tendrías que matarle tú por mi culpa —repuso.
—¡No! ¡Podríamos irnos muy lejos…!
Pero ella movió negativamente la cabeza mientras se desprendía de mis brazos con suavidad.
—Dal me necesita. Es el jefe del clan. ¿Y cómo podría dirigirlo si su mujer le abandona? No está tan seguro de sí mismo como tú crees. Por las noches, cuando estamos solos, me cuenta sus dudas y temores. Él te teme, Orión, pero es lo bastante valiente para superar su miedo porque comprende que tu influencia puede ser beneficiosa para todos. Antepone su responsabilidad hacia los demás al temor que siente hacia ti. Y yo también debo anteponer mi responsabilidad hacia ellos por encima de mis deseos.
—¿Y yo? —pregunté sintiendo crecer la ira en mi pecho—. ¿Qué debo hacer yo?
Ella fijó en mí su profunda mirada.
—Tú eres fuerte: tus fuerzas superan las de cualquier ser humano. Has sido enviado para ayudamos, lo sé. Apartarme de Dal y del clan no serviría de ayuda para ellos. Los destruiría a todos y tú no te encuentras aquí para eso.
Podía haberle respondido, podía haberme limitado a cogerla y llevármela, pero ella hubiera huido para regresar con los suyos aprovechando cualquier descuido por mi parte y me hubiera odiado toda la vida.
De modo que me aparté de su lado y contemplé el sol que se ponía en el oeste.
—Es hora de que regresemos —murmuré—. ¡Vámonos!