Orión

Ben Bova · Capítulo 45 de 52

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Orión

Capítulo XLI

 

Y comenzó a llover. Cuando caía la oscuridad y los hombres regresaban a la cueva desde sus distintos destinos, se levantó un fuerte viento y retumbaron los truenos en el cielo. Kedar, que fue el último en regresar, llegó cojeando dificultosamente, empapado hasta los huesos, con los cabellos pegados a la cabeza y gruñendo entre dientes.

Mientras nos regalábamos a base de conejo y marmotas, los hombres hacían animados comentarios sobre la caza que habían visto más abajo, siguiendo la corriente del río; a juzgar por sus descripciones, se trataba de antílopes y bisontes. Por añadidura, en aquel paisaje del período glacial abundaban los mamuts, los caballos y gran diversidad de animales. Consciente de que pronto los dejaría, les expliqué cuanto sabía acerca de ellos.

—Y también hay lobos —dijo Kedar—. Cuando regresaba hacia aquí he visto un par de ellos entre la lluvia.

—Es posible que incluso haya osos.

—Mientras tengamos una buena hoguera en la cueva, los osos no nos molestarán.

—A menos que los controlen los brutos.

—Sólo queda uno con vida —les dije mientras nos sentábamos alrededor del fuego. Sus rostros iluminados por las vacilantes llamas estaban impregnados de grasa y suciedad—. En cuanto cese la tormenta me propongo ir en su busca.

Durante un instante permanecimos en silencio. Kedar formuló seguidamente una propuesta para organizar una expedición a fin de cazar el antílope. Dirigí una mirada a Adena y dejé que elaboraran sus planes: en aquellos momentos les preocupaba más llenar sus estómagos que continuar su guerra.

La tormenta arreciaba en intensidad a medida que avanzaba la noche. El viento, furioso, se introducía en nuestro refugio trayendo consigo frío, humedad y lluvia hasta casi extinguir nuestro fuego. Cogimos algunas teas encendidas y nos resguardamos más adentro, lejos del alcance del agua.

Retumbaban los truenos y los relámpagos rasgaban las tinieblas. Mis compañeros se dispusieron a dormir sobre el frío suelo, pero una extraña sensación me mantuvo a la expectativa escudriñando las sombras entre la tormenta.

Comprendí que todo aquello era obra de Ahrimán, que él se encontraba allí tratando de alcanzamos: aquel temporal era obra suya.

Adena yacía en el suelo profundamente dormida. Sonreí mirando a aquella diosa que había adoptado forma humana por mi causa. Su respiración era lenta y regular; su hermoso rostro aún era más delicioso en reposo. Me pregunté cómo habría efectuado su transición para volverse tan plenamente humana y cómo habría realizado Ahrimán la suya para convertirse en superhumano.

Seguramente habría iniciado su vida como cualquier ser de su especie. Hasta entonces, en aquel tiempo y lugar, no había dado ninguna muestra de poseer facultades sobrehumanas. En otras eras se había trasladado él y me había desplazado a mí en el tiempo y en el espacio con tanta facilidad como alguien cruzaría una puerta abierta. ¿Cómo habría adquirido semejantes poderes?

La luz de un relámpago iluminó por un breve instante el ámbito exterior y vi algo que me resultó sorprendente. Había sucedido demasiado rápidamente para que pudiera estar seguro de ello, pero cerré los ojos un instante y reviví la escena en mi mente.

Al resplandor del relámpago y a menos de cien metros de la entrada de la cueva había distinguido la corpulenta masa de Ahrimán y junto a él, apoyado en sus cuatro patas, un enorme oso que empequeñecía la poderosa figura del Oscuro, que se encontraba frente a él, levantado el potente y musculoso brazo y señalando con el dedo como si estuviera dándole instrucciones: aquella bestia, guiada por la inteligencia de Ahrimán e impulsada por su odio, podía matamos a todos. Me levanté y asiendo en cada mano ramas encendidas fui corriendo hacia ellos.

Un relámpago atravesó los cielos y el corpulento y temible oso se adelantó hacia nuestro refugio ocultando la tormenta con su cuerpo, con un furioso rugido que se fundió con el estrépito del trueno y conmocionó el suelo.

El animal venía a mi encuentro con sus patas delanteras levantadas mostrando las garras afiladas como cuchillos que resplandecían a la luz del fuego y la boca entreabierta armada de poderosos colmillos capaces de desgarrar fácilmente un miembro.

En lugar de retroceder, grité con todas mis fuerzas atacándole con el extremo encendido de una de las antorchas. El oso anduvo unos pasos hacia atrás, gruñendo, y lanzó un potente zarpazo que me arrancó la antorcha de la mano. Hice una finta pasándola a mi otra mano y seguidamente se la clavé en la cintura. El animal retrocedió nuevamente tambaleándose y lanzó un rugido de dolor y de ira.

Me sumí en una actividad febril. Con todos mis sentidos y los nervios en tensión, reaccionando con mayor rapidez que cualquier ser humano, observé de reojo cómo despertaban los demás, se levantaban como en cámara lenta y rodeaban al oso a derecha e izquierda con teas encendidas adelantándose y retrocediendo, acosándolo con el fuego. El oso rugió furioso, pero no salió de la cueva: Ahrimán ejercía sobre él un férreo control.

Comprendí que nos encontrábamos en un punto muerto que únicamente podía concluir con la muerte de alguno de nosotros entre las garras del animal. De pronto un tronco encendido pasó silbando sobre mi cabeza y alcanzó a la bestia en el hombro.

—¡Échalo de aquí! —gritó Adena.

Comprendí que había sido ella quien había lanzado el proyectil.

Pero los propósitos de aquella bestia eran muy distintos. En lugar de retroceder, se adelantó hacia mí haciendo caso omiso de los demás y de las antorchas que le arrojaban. Advertí que su piel se había encendido y que despedía un intenso olor a carne y piel quemadas, pero siguió avanzando ineluctablemente hacia mí.

Fue como una pesadilla en la que todo sucedió lentamente, como si el mismo tiempo retardara su paso, y sin embargo ni siquiera así era posible eludir el terror en que nos sumíamos de modo inexorable. La antorcha que llevaba en la mano parecía tan frágil como una cerilla junto a la inmensa figura del oso, que se erguía ante mí con sus casi tres metros de estatura entre espantosos rugidos que acallaban los gritos y exclamaciones de mis compañeros, mientras fijaba en los míos sus ojos enrojecidos por el odio.

Vi llegar el zarpazo, pero había retrocedido tanto que ya no podía ir más atrás sin caer en el fuego. Sentí su calor chamuscándome las pantorrillas al tiempo que la zarpa de aquel oso gigantesco descendía lenta e implacable sobre mí. Intenté esquivar el golpe y estuve a punto de lograrlo.

Pese a mis intentos de rehuirle, su zarpa se desplomó sobre mi nuca con el impacto de una roca desprendida desde gran altura. Caí cuan largo era con la visión confusa y distinguiendo unos puntos negros.

Ignoro cuánto tiempo permanecí inconsciente, aunque probablemente sólo fueron unos minutos, durante los cuales seguí tendido de espaldas, pero advertí que Adena saltaba sobre la bestia empuñando sendas antorchas en las manos, que el animal rechazó alejándola de su lado. Derribó a otros dos compañeros nuestros que se interpusieron en su camino y finalmente surgió ante mí. Y aunque vi acercarse sus afilados colmillos, me sentí incapaz de apartarme de su camino.

El primer impacto doloroso recorrió mi cuerpo como una descarga eléctrica. Oí crujir mis huesos mientras el oso clavaba sus dientes en mi hombro y me levantaba bruscamente del suelo. Le golpeé débilmente el hocico con la mano libre y advertí vaga y oscuramente que los demás seguían atizándole inútilmente con sus antorchas. El oso derribó a otro soldado en el suelo, salió torpemente de la cueva y se adentró en la noche y la fría lluvia, en tanto yo oscilaba como un muñeco de trapo sujeto por sus mandíbulas.

La última visión que tuve de la cueva a través de mis ojos nublados por el dolor y la sangre fue la de Adena levantándose del suelo y corriendo detrás de nosotros, pero Kedar y otro soldado la contuvieron reteniéndola a pesar suyo mientras el animal me llevaba consigo.

La bestia anduvo a cuatro patas arrastrándome bajo la lluvia. Los relámpagos iluminaban el negro cielo; la boca de la cueva en la que seguía encendido el fuego se convirtió en un resplandor distante, en un punto cálido tan remoto como la estrella más lejana.

Por fin la bestia me dejó caer bruscamente dentro de un charco y se retiró a lamerse sus heridas. Yo seguí allí tendido, inmóvil, sintiendo cómo la fría lluvia se deslizaba por mi rostro y mi maltrecho cuerpo. El dolor era tan intenso que me había insensibilizado. Me sentía demasiado conmocionado para pensar siquiera en tratar de controlarlo. Mi hombro derecho había quedado inutilizado: el brazo me colgaba inerte sostenido por algunos ligamentos y restos de carne desgarrada y sangrante.

Tosí y me estremecí. Casi delirante, pensé que posiblemente así habría sido creado Prometeo, el semidiós que da a la humanidad el don del fuego para, a su vez, verse tan terriblemente castigado por los dioses. Creo que mientras yacía desangrándome mortalmente incluso debí de reír con sarcasmo: aquélla ni siquiera era una muerte digna de un semidiós.

Otro relámpago rasgó las tinieblas y la siniestra forma de Ahrimán apareció amenazadora a mi lado.

—Te he vencido —dijo con aquel susurro atormentado que apenas resultaba perceptible entre el gemido del viento.

—Me has matado —reconocí.

—Y también a ellos. Ellos morirán pronto, desprovistos de sus armas y sus generadores de energía.

—No —repuse—. Ellos vivirán: yo les he enseñado a sobrevivir. Poseen el fuego, dominarán este mundo y poblarán la Tierra.

La oscuridad me impidió distinguir la expresión de su rostro; sólo lograba captar la ira y el odio que irradiaban sus ojos inyectados en sangre.

—Entonces tendré que atacarlos por otro lado —murmuró Ahrimán—. He de descubrir los puntos débiles que existen en la estructura del continuo…

Hice acopio de todas mis fuerzas para negar con la cabeza mientras seguía tendido en el barro. Mi voz era cada vez más débil, mi respiración cada vez más penosa, más difícil.

—Ahrimán… no te servirá de nada —balbucí—. Cada vez que lo intentas… aparezco yo… para detenerte.

Estuvo largo rato en silencio, inmóvil, irguiéndose junto a mí como un sombrío y tenebroso presagio.

—Entonces me remontaré al mismo principio —dijo finalmente—, y allí te mataré para siempre, Orión. Y a Ormuzd contigo.

Sentí ganas de reírme. Hubiera deseado decirle que era un necio, pero ya no me quedaban fuerzas. No podía hacer otra cosa que yacer tendido; mi sangre se mezclaba con la lluvia y el barro, mientras notaba escaparse la vida de mi cuerpo.

Ahrimán levantó sus poderosos brazos al cielo, echó atrás la cabeza y profirió un grito espantoso que me heló la sangre en las venas, como el aullido de una bestia a la luna. Gritó dos o tres veces extendiendo sus gruesos dedos hacia las negras nubes que ocultaban las estrellas.

Los relámpagos atravesaron las nubes y se hundieron en el suelo formando un círculo a nuestro alrededor. Con ojos desorbitados por el asombro vi cómo uno tras otro se hundían en el suelo a escasos metros de nosotros y permanecían allí ardiendo y chisporroteando hasta que nos vimos rodeados por una jaula eléctrica. El suelo empapado por la lluvia burbujeaba mientras los relámpagos se retorcían. Un dulzón olor a ozono llenó el aire.

La silueta de Ahrimán se recortaba contra el resplandor blancoazulado de aquellas descargas eléctricas. Seguía con los brazos extendidos hacia el cielo convertido en un resplandeciente diablo de energía pura que se desbordaba en mí, martirizando todos los nervios de mi cuerpo hasta que no quedó en el universo nada más que dolor.

Y luego reinó la oscuridad.