Orión
Capítulo XVI
Intenté explicárselo a Agía, pero ella no pareció comprender todo el alcance de la situación. Pasé largas horas sentado junto a ella en nuestra pequeña choza hablándole de Ahrimán y de las otras vidas que ambos habíamos vivido, de Ormuzd y de la titánica lucha que se prolongaba a lo largo de los siglos.
—Ahrimán trata de destruir el continuo del espacio-tiempo —dije levantando la voz para hacerle comprender la importancia de la cuestión, como si hablando más fuerte resultara todo más claro para ella.
Agía me escuchó pacientemente tratando de comprender, pero, pese a haber vivido en el siglo XX y en otras épocas, no comprendía lo que le estaba diciendo: en aquella encarnación, era totalmente una criatura del siglo XIII.
—Ahrimán es un brujo maligno —dijo al fin dándome su versión de los hechos—. Y tiene poderes que le permiten mostrarte el pasado y el futuro.
—Pero lo que me mostró ha sucedido realmente —insistí—. Y no se limitó a mostrármelo. Estábamos allí: a miles de kilómetros de distancia.
—Tú no te fuiste de mi lado —protestó con una débil sonrisa.
—Sí lo hice. Pero me moví en una referencia de tiempo distinta: para ti no transcurrió ni un instante; yo pasé casi doce horas en la llanura de Mohi.
—Eso es lo que tú crees: es un brujo dotado de grandes poderes. De eso estoy muy segura.
Decidí convenir con ella en ese aspecto y desistí de convencerla. Aquella noche hicimos el amor intensamente, como si los dos temiéramos no volver a pasar juntos otra noche.
Casi amanecía cuando me venció finalmente el sueño. Soñé que Ormuzd, ataviado con dorada armadura y cabalgando en un caballo palomino, cabalgaba por un sendero que atravesaba un verde bosque o un parque. El sol brillaba intensamente y el cielo era azul, sin nubes. Pero mientras le estaba observando, el bosque se hizo más denso y oscuro, y poco después el sol se ocultó tras espesas y gruesas ramas llenas de follaje. Comprendí lo que iba a suceder e intenté gritar para advertirle, pero ningún sonido brotó de mi garganta. Me sentía paralizado, impotente, incapaz de moverme, ni siquiera de hablar, viendo cómo pequeños y oscuros reptiles se deslizaban por el camino de Ormuzd y crecían convirtiéndose en ágiles y nerviosos guerreros mongoles que treparon sobre el caballo y derribaban a Ormuzd en el suelo encharcado en sangre, apuñalándole una y otra vez, ininterrumpidamente, salpicando su sangre por doquier, amputándole brazos y piernas, acuchillándole la garganta y desvendándole y rasgando sus intestinos.
—¡Orión, ayúdame! —vociferaba pese al estado en que se encontraba—. ¡Orión, ayúdame, ayúdame!
El mundo que nos rodeaba se llenó de sombras y de frío y yo me quedé inmóvil, paralizado, en aquel insondable espacio sin estrellas mientras todo el planeta Tierra empequeñecía y desaparecía en la oscuridad.
Desperté y me senté en el lecho. Agía yacía a mi lado durmiendo apaciblemente, sumida en la más profunda inconsciencia.
Me concentré en mis pensamientos. ¿Cómo podría derrotar a Ahrimán si ni siquiera imaginaba lo que se proponía llevar a cabo?
Cerré de nuevo los ojos y consideré los hechos que conocía. Ahrimán trataba de destruir la estructura del espacio-tiempo, de alterar el continuo de tal modo que todo el universo se desmoronase. Según él, los humanos habían exterminado su raza y estaba empeñado en una absoluta venganza, en la aniquilación de nuestra especie en todo tiempo y espacio, lo que significaba que también quería destruir a Ormuzd, a quien consideraba nuestro creador.
Era mucho lo que yo ignoraba o no podía comprender.
Pensé cómo podría llegar hasta Ormuzd para recabar más información de él. Pero sin duda debía pensar que yo ya contaba con todos los elementos necesarios, puesto que me había enviado allí, a aquel tiempo y lugar, dotado de todos mis poderes corporales y mentales e incluso con la capacidad de comprensión del lenguaje mongol impresa en el cerebro. Y también me había facilitado a Agía como una especie de guía nativa, un barómetro de las actitudes y comportamientos de la gente de aquella época. Tal era el papel de Agía, al igual que Aretha en el siglo XX había sido la encargada de revelarme la tarea que me había sido encomendada de encontrar a Ahrimán.
Llegué a la conclusión de que la clave de todo radicaba en Ogotai. La primera vez que me capturaron los guerreros mongoles yo había manifestado instintivamente que era un emisario que había sido enviado para entrevistarme con el Gran Kan. Ormuzd había fijado aquella idea en mi mente. Ignoraba la razón, pero estaba profundamente convencido de que todo dependía de que el Kan y yo nos encontrásemos frente a frente.
Cuando el sol naciente filtraba sus rayos oblicuos a través de la única ventana de nuestra habitación, llenando la polvorienta y despojada cámara de motas danzantes, decidí conseguir como fuese que Ye Liu Chutsai me concediese una audiencia con el Gran Kan.
Agía me acompañó a visitar al mandarín. Con su túnica y sus collares, hacía las veces de un control de radiación merced a su sensibilidad para captar los matices de aquel extraño mundo que yo jamás escogería para vivir. Pero también era la mujer amada por mí y quería tenerla a mi lado para poder protegerla de Ahrimán o de cualquier otro peligro.
Estuvimos casi toda la mañana tratando de conseguir nuestros propósitos, convenciendo a los contumaces guardianes y a los administradores chinos de suaves modales que custodiaban el ordu, hasta que logramos acceder a una pequeña tienda situada junto al pabellón principal de Ogotai. El interior estaba espléndidamente decorado con suntuosas alfombras y un mobiliario compuesto por cofres y bargueños adornados con complicadas volutas incrustadas de oro y marfil que representaban dragones y pagodas, lo que evidenciaban su procedencia de Catay.
Liu surgió detrás de un biombo de ébano de más de dos metros de altura moviéndose como siempre suave y misteriosamente y ataviado con su túnica talar, y se sentó en un mullido sillón, junto a una larga mesa cubierta de pergaminos y mapas. Nos saludó sonriente con una inclinación de cabeza y, sacando una mano que escondía en sus amplias mangas, nos hizo señas para que ocupásemos unas sillas más pequeñas que tenía a su lado.
Tras un breve intercambio de corteses saludos, el mandarín me interrogó acerca de los motivos de mi visita.
—Vengo a rogarte que me consigas una audiencia con el Gran Kan —le dije—. Es preciso que vea urgentemente a Ogotai.
Guardó silencio largo rato jugueteando con su escasa barba. Concentré en la mente del anciano todos los átomos de mi ser, todas las vibraciones de mis sinapsis desde las miríadas de neuronas de mi cerebro. El hombre pareció captar mi mensaje: se envaró y fijó en los míos sus ojos castaños con mirada algo confusa primero y mostrando después una absoluta comprensión de mis propósitos.
—Te he estado protegiendo de todo posible peligro —dijo casi disculpándose—. Si ves a Ogotai y llega a la conclusión de que eres la amenaza que Ahrimán le profetiza, te hará matar.
—Es muy peligroso seguir esperando —repuse—. Debo verlo ahora.
—De acuerdo —dijo Liu moviendo afirmativamente la cabeza—. Te conseguiré una audiencia. Aguarda un momento.
Se levantó como un sonámbulo y se perdió de vista tras el biombo de ébano. Me volví a Agía y le sonreí.
Ella me observaba con extraña expresión.
—¡Le has obligado a hacer tu voluntad! —dijo.
—Le convencí de lo que debía hacerse.
Apartó un mechón de cabello de su frente y recibió una leve sacudida de electricidad estática en los dedos.
—¡Tú también eres un brujo! —Se expresaba en un susurro, atemorizada —. ¿Por qué no me lo has dicho?
—No soy un brujo.
—Sí, lo eres: como Ahrimán. Eres un hombre dotado de grandes poderes. Debía habérmelo figurado cuando sanaste tan rápidamente.
—Mis poderes procuran el bien, no el mal —aduje—. Pero no soy un brujo.
—No te das cuenta de lo poderoso que eres —insistió Agía—, lo que has hecho a Chutsai… yo he podido advertirlo.
Intenté restar importancia a aquel insignificante truco de hipnosis, pero Agía sabía tan bien como yo lo que aquello significaba.
—No debes permitir que Ogotai y los guardianes que le rodean descubran tus poderes: son muy supersticiosos, te temerían y le quitarían la vida.
—Pero permiten que viva Ahrimán —dije.
—Sí, porque predice la victoria de sus batallas. Las mujeres dicen que Ahrimán es temido por sus oscuros poderes, pero que aún se atreven menos a contrariarle para que no vaticine derrotas. Son tan necios que creen que las profecías de Ahrimán crearán sus victorias o derrotas.
—¿Y no corre peligro en tales circunstancias? ¿No es probable que una noche le corten el cuello para librarse de él?
Agía hizo un gesto negativo y volvió a caerle un rizo sobre la frente, que echó nuevamente atrás sin que en esta ocasión sintiera ningún efecto adicional.
—Ahrimán es muy inteligente. Según tengo entendido, se presentó en Karakorum como sacerdote de una nueva religión, una religión propia de guerreros. Los mongoles no causan ningún daño a los sacerdotes y toleran todas las religiones. De modo que, aunque sientan gran temor por los poderes de Ahrimán, el Gran Kan no permitirá que sufra ningún daño mientras se cumplan sus profecías de victoria.
Comprendí que Ahrimán era mucho más inteligente que yo y que entendía perfectamente a aquellas gentes.
—Además —prosiguió Agía en tono más superficial—, los mongoles no derraman la sangre de los personajes importantes.
—¿Qué hacen entonces?
—Los estrangulan o los asfixian bajo una alfombra. La Yassa prohíbe el derramamiento de sangre de los mongoles, aunque no los exime de la necesidad de matar.
Me erguí en la dura silla de madera, reflexionando sobre todo cuanto Agía me había dicho. No se apartaba de mi mente el rostro de Ahrimán y su fantasmal sonrisa mientras consideraba el hecho de que ni siquiera el código legal del Gran Kan podía evitar que los seres humanos se mataran entre sí.
Ye Liu Chutsai regresó con expresión algo asombrada, como si no lograse recordar exactamente por qué se comportaba de aquel modo.
—Está todo arreglado —me dijo—. Esta noche, antes de cenar, serás recibido por el Gran Kan. Irás solo.
Miré a Agía.
—El Gran Kan —me explicó Liu— no respetaría a un hombre que fuese acompañado por una mujer. Es una costumbre de los mongoles. No debes sentirte ofendida, señora.
—No me siento ofendida —repuso Agía—. Sólo temo que Orión no sepa cómo debe conducirse en la corte de Ogotai.
—Yo estaré allí para orientarle —la tranquilizó Liu—. Bastante peligro corre con las profecías que Ahrimán difunde contra él, sólo le faltaría comparecer ante el Gran Kan acompañado de una mujer y, por añadidura, una mujer que es muy conocida como curandera en Karakorum y quizá también como bruja… —Interrumpió intencionadamente su frase.
—Comprendo —respondí. Mas recordando lo que le había sucedido a Aretha, añadí—: Pero me gustaría saber que Agía queda protegida durante mi ausencia. Ahrimán o quienquiera que sea pueden intentar vulnerarme atacándola a ella.
El mandarín hizo una leve inclinación de cabeza.
—Así se hará. Os he tomado a ambos bajo mi protección para cuanto sea necesario. Y, por añadidura, tú, Orión, aún estás bajo los auspicios de Subotai.
—Valoro la generosidad de Subotai —repuse con una sonrisa—, y aprecio la tuya, mi señor.
Mis palabras le complacieron, pero aún me hizo una última advertencia.
—Un escudo sólo posee la fuerza del brazo que lo usa. Tú tienes un poderoso enemigo en Karakorum: ve con cuidado.
—Gracias, señor. Así lo haré.
Al anochecer, cuando Agía regresaba nerviosa a nuestra morada y yo intentaba concentrarme en asimilar los conocimientos que había adquirido hasta entonces para poder prevenir mis acciones futuras y decidir lo que debía decirle a Ogotai, un criado me trajo ropas nuevas, obsequio de Ye Liu Chutsai.
Agía se quedó maravillada ante aquel atavío de cuero y finas telas.
—Pareces un príncipe, un príncipe fuerte y hermoso.
La sonrisa que le dirigí me produjo escozor en el rostro recién afeitado: afeitarse con agua fría y una navaja terriblemente afilada era una auténtica prueba de valor. Agía me sonrió cálidamente como una muchachita, tratando de disimular su preocupación. Ambos sabíamos que quienes visitaban el pabellón del Gran Kan salían a veces colmados de oro, esclavos e incluso caballos, pero, otras, vertían en sus oídos plata derretida.
—Debes ir con mucho cuidado —me advirtió mirándome con expresión sombría y preocupada.
—Así lo haré.
—Deja que te guíe el mandarín. No reveles tus poderes: eso les asustaría como le sucedió a Hulagu.
—¿Crees que Ahrimán estará allí?
El pánico desorbitó sus grises ojos.
—No lo sé. Quizá sea así.
Sonó un golpe en la puerta.
—Bien, se encuentre o no allí —dije por fin—, ya deben estar aquí los guardianes que han de escoltarme al pabellón.
Agía me echó los brazos al cuello.
—¡Ojalá pudiera acompañarte!
—No me pasará nada —le aseguré. La besé rápidamente y fui a abrir la puerta.
Allí me aguardaban cuatro guerreros cubiertos de brillantes armaduras y cascos bruñidos. Comparados con ellos, nuestros dos vigilantes habituales se veían sucios y desaliñados.
Me volví, dirigí una última sonrisa a la joven y cerré la puerta. Mientras marchaba custodiado por mi escolta aún me volví para mirar a Agía, que había salido a verme estrechamente vigilada por nuestros dos guardianes.
Pasé entre las dos hogueras y aguardé pacientemente. El centinela que estaba apostado en la entrada de la tienda del Gran Kan me sometió a un riguroso registro para comprobar que no iba armado. No se trató de un examen rutinario: he sufrido exámenes médicos menos concienzudos.
Por fin se me permitió la entrada acompañado de los miembros de la escolta, que me llevaban en el centro como si fuese un invitado importante o un cautivo peligroso. Supuse que Ogotai y sus ayudantes se proponían averiguarlo.
La tienda del Gran Kan era mucho mayor que todas las que había visto, comprendida la de Hulagu. El suelo estaba cubierto de alfombras chinas y persas y de las paredes de fieltro colgaban tapices y sedas. A un lado se encontraba una larga mesa, al parecer de sólida plata, y sobre ella se veían recipientes que contenían leche de yegua, carne y sal, símbolo de la generosidad nómada con los invitados. A ambos lados de la mesa montaban guardia varios guerreros y muchos más estaban apostados en las diversas entradas del enorme recinto. Delante de mí, en un estrado algo elevado, se sentaba Ogotai, el Gran Kan, flanqueado a la izquierda por media docena de las mujeres más hermosas que había visto en mi vida y, a su derecha, por veintitantos mongoles, que supuse eran sus generales y otros guerreros. Sólo reconocí a Ye Liu Chutsai, que estaba de pie inmediatamente a la derecha de Ogotai, aunque algo más atrás, ataviado con una espléndida túnica de color celeste y oro.
El Kan no ocupaba ningún trono. Aparecía recostado sobre mullidos cojines y era un hombre robusto, fornido, que tendría unos cincuenta y tantos años.
Le examiné curiosa y abiertamente. Tenía el rostro redondo. Estaba engordando, pero no parecía preocuparle. En una mano sostenía una copa de oro con pedrería incrustada. Detrás de él se encontraba un muchacho chino portador de un jarro áureo: era el camarero encargado de escanciarle el vino.
Mientras seguía a mis acompañantes hasta la elevada tarima del Kan, escudriñé la enorme tienda tratando de descubrir la presencia de Ahrimán. Pero no logré distinguirlo. Pensé que aquello favorecía mis planes.
Mi escolta me obligó a detenerme a unos tres pasos de Ogotai. Incliné el torso y me erguí inmediatamente: no tenía intención de echarme de bruces en señal de acatamiento. Era un emisario, no un esclavo.
—Ilustre Gran Kan —tomó la palabra Ye Liu Chutsai—. Este es Orión, un emisario de lejanas tierras del oeste, allende las montañas y llanuras e incluso el ancho mar.
Ogotai ladeó levemente la cabeza y el camarero acudió presuroso a llenarle la copa. El Gran Kan bebió generosamente, hizo un chasquido con los labios y me examinó larga y detenidamente. Después de mirarme de arriba abajo, estalló en ruidosa carcajada.
—¡Mirad! —exclamó señalándome—. ¡No lleva zapatos!